Cuando llegaba la hora del descanso… Julián entraba a la biblioteca hasta que el timbre sonara de nuevo para regresar al aula.

Por Francisco Javier Arias Burgos. Historias cortas.

Julián era un niño algo «raro», aunque en clases se comportaba normalmente, tenía una forma diferente de relacionarse con el resto de los niños y esto llamaba, un poco, la atención. Hasta que finalmente se descubrió, lo que podría ser, el origen de su proceder. Es una breve historia del escritor colombiano Francisco Javier Arias Burgos, que nos cuenta cómo encontró la causa de la introversión de Julián.

Amigos de EnCuentos, comparto con ustedes un recuerdo de mi infancia. Muchas gracias.

Francisco

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Julián

La historia de Julián - Cuento
Foto de PxHere

Cuando llegaba la hora del descanso entre clases, silencioso y con la mirada baja, Julián se retiraba de sus compañeros y entraba a la biblioteca hasta que el timbre sonara de nuevo para regresar al aula. Siempre tenía una excusa para no participar de los partidos de fútbol o de baloncesto, o para charlar con sus condiscípulos, a pesar de la insistencia de algunos de ellos, que lo estimaban y lo admiraban porque era el mejor estudiante y el más respetuoso.

No es que fuera antipático; al contrario, se reía con verdadera alegría de los chistes de sus amigos y de algunos de los profesores y felicitaba con efusión a cualquier compañerito que tuviera un logro notable. Era el más delgado de la clase, y uno de los más pequeños también. Tal vez por eso le daba miedo jugar fútbol o basquetbol, que son deportes de contacto.

¡Parecía tan frágil!

Lo que yo más admiraba de él eran las historias que escribía para la clase de español. Mientras todos los del grupo contábamos aventuras de superhéroes y de viajes a lugares exóticos, Julián narraba con una naturalidad mágica situaciones de la vida cuotidiana, cosas sencillas pero muy bonitas.

Julián era el primero en llegar a la escuela y el último en retirarse. Estábamos convencidos de que su padre o su madre lo traían temprano para poder irse a sus trabajos y de que lo recogían un poco más tarde que a nosotros, que siempre llegábamos y nos íbamos en la van que nos transportaba.

Picado por la curiosidad, un día lo seguí hasta la biblioteca sin que él lo notara.

Con algo de asombro vi que no leía ni escribía. Se limitaba a sentarse y a recostar su cabeza en la mesa de lectura. Parecía dormir. Durante la media hora que duraba el descanso no comía nada. Se levantaba de la mesa tan pronto sonaba el timbre que anunciaba el final del recreo.

Eso me dejó un poco intrigado, pero lo tomé como algo normal, puesto que en la biblioteca estaba prohibido consumir alimentos o bebidas. Durante toda esa semana, de lunes a viernes, continué con mi seguimiento sin que Julián se diera cuenta. Me pareció imprudente preguntarle por qué no comía nada, y lo dejé así.

A la semana siguiente le pedí a mi papá que me llevara al colegio más temprano.

Le inventé una justificación, algo así como que tenía que preparar un trabajo escolar. No recuerdo qué fue, pero llegué primero que Julián. Llegó diez minutos más tarde que yo, a pie. Y de alguna manera también hice que mi mamá me recogiera un poco más tarde a la salida, para no irme en la van. Vi que Julián se retiraba cuando todos se habían ido. Caminaba con paso rápido.

Con algo de temor, por no tener esta vez una excusa válida, le pedí a mamá que siguiera a Julián con todo el disimulo que fuera posible, que se aguantara los bocinazos de los conductores que la seguían. Yo quería saber dónde vivía mi compañerito. Lloré cuando lo vi llegar a su casa, si es que puede llamarse casa el rancho al que lo vi entrar. Una humilde y destartalada casucha hecha con tablas de madera y cubierta con un techo de plástico, incrustada entre algunas casas tan pobres como la suya.

Seguimos de largo.

Mamá no comentó nada y yo no dormí bien esa noche. A la semana siguiente y por el resto del año escolar, entre todos los de esa inolvidable clase de quinto llevábamos, por turnos, una mediamañana extra que le dejábamos al bibliotecario para que la entregara a Julián. Y como por casualidad, en las mañanas, nos turnábamos para toparnos con nuestro amiguito en el camino. Lo arrimábamos al colegio o lo llevábamos de regreso a la casa.

Lo recuerdo con cariño. Espero que haya terminado su bachillerato y logrado sus metas. Julián era uno de tantos migrantes, otro nómada que tuvo que alejarse de su país. No volvimos a verlo.

Fin.

Julián es una breve historia del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

Otra historia corta de Francisco Javier

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