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Destinos ⊛ Fue entonces cuando, casi llorando, nos dijo que nada lo hacía más feliz que lo que le estaba contando.

Por Francisco Javier Arias Burgos. Historias cortas.

En un parque, un anciano descuidado e ignorado por todos despertaba curiosidad en un joven, protagonista de «Destinos«, una historia de Francisco Javier Arias Burgos. A pesar de las advertencias de sus padres sobre no acercarse a desconocidos, el protagonista se sentía atraído por la misteriosa figura. Un día, encuentra un sobre con un relato fascinante escrito por el anciano y decide presentarlo como suyo en clase. El cuento nos enseña que a menudo subestimamos los tesoros que se encuentran en aquellos a quienes juzgamos superficialmente. Las apariencias engañan y el poder de la amistad y la inspiración pueden transformar vidas.

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Destinos

A mí también me asustaba el aspecto descuidado del anciano que se mantenía sentado en una banca del parque todo el día. No se movía de ella sino para esculcar en las canecas de los restaurantes cercanos, de las que sacaba algo para comer. Y para otras cosas que no es del cuento mencionar.

Destinos - Historia corta

«Es un loco», decían mis compañeros de colegio con los que yo pasaba a diario rumbo a clase. Algunos de ellos se burlaban de él, le tiraban cáscaras de banano o de naranja, le hacían muecas. Y él permanecía imperturbable, como si la cosa no le importara. A veces sonreía y dejaba ver una dentadura incompleta, algo que causaba mucha risa a mis amiguitos.

No sé cómo resistía el sol de los días calurosos y el frío de las noches que allí pasaba; no sé cómo se resguardaba de la lluvia. Mucho menos sé dónde se aseaba, si es que lo hacía. Supongo que sí porque, aunque su ropa fuera vieja, nunca lo vi sucio. Cuando les comenté a mis padres la curiosidad que el viejo despertaba en mí, fueron muy enfáticos en advertirme que no me le acercara por ningún motivo.
«Quién sabe de dónde vendrá», decían.

A veces, a la salida del colegio, me paraba en la esquina del parque a observarlo. Me parecía curioso que él, que con seguridad aguantaba hambre, compartiera lo poco que conseguía con las palomas y con las ardillas. También lo veía recoger las latas de refresco y las envolturas de papitas que la gente tiraba al piso y que él tiraba a las basureras cercanas.

En el colegio los profesores nos advertían de los peligros que los niños corremos en la calle: el tránsito alocado de conductores irresponsables, los ladrones, los oportunistas… todo representaba un riesgo, de todo debíamos cuidarnos.

«Nunca hablen con extraños en la calle y nunca les reciban nada», era la advertencia más perentoria que nos hacían y que acatábamos con absoluta obediencia.

Una mañana de abril, lo recuerdo con total claridad, al pasar junto al anciano, comenté en voz alta mi preocupación por no haber sido capaz de escribir el cuento que la profesora de español nos había dejado como tarea y que debíamos entregar al día siguiente. El tema era extraño para mí. Yo no sabía nada de folclor, no tenía idea de lo que eso significaba. Lo mío eran los juegos de computador, las películas de ciencia ficción, las aventuras espaciales. Con seguridad reprobaría esa materia, y con ella el curso.

El día de la entrega de la tarea, algo retrasado de mis compañeritos de clase, vi un sobre café tamaño carta recostado a un árbol cerca de la banca en la que el viejo se sentaba. Lo recogí por curiosidad porque pensé que contenía algo valioso y lo metí en mi morral. A lo mejor no era nada.

Abrí el sobre en el descanso entre clases, mientras comía la mediamañana. Contenía tres hojas con un relato manuscrito sobre la manera en que el mundo fue creado, muy distinto al que había oído en clase. Me encantó y lo presenté como tarea en la clase de español. Mi profesora y mis condiscípulos quedaron asombrados.

Fue el principio de una aventura que yo jamás imaginé. Desde ese día la profesora y mis compañeritos empezaron a pedirme que les leyera mis cuentos. Pero yo no había escrito ninguno y no tenía las agallas para confesar lo que pasó. Así lo lo dije casi gritando en medio de mi impotencia cuando volvimos a pasar junto al viejo del parque. El hombre se limitó a sonreír y me guiñó el ojo derecho.

Por muchas semanas, hasta el final del curso, leí sus cuentos en el colegio como si fueran míos.

Me sentía apenado. Les comenté el asunto a mis padres temiendo un reproche porque siempre me habían inculcado la honestidad como principio de vida.

¿El señor te dio permiso para hacerlo?, -fue lo que me preguntaron.

Les confesé que jamás había hablado con él, por las advertencias que siempre me habían hecho de no hablar con desconocidos.

Mi padre me pidió que lo acompañara al parque. Ahí estaba el anciano, como siempre, leyendo un periódico viejo, con un lapicero en la mano izquierda. Supongo que para llenar un crucigrama.

Papá lo saludó con cortesía, como solía hacerlo cada que saludaba a alguien. Se le presentó y le preguntó su nombre. También me presentó a mí con el viejo.

Ve a jugar un momento, -me pidió mi padre.

No sé de qué conversaron en esa media hora. Me acerqué a ellos cuando él me hizo la seña de que volviera.

Dale las gracias a este señor, -me dijo.

Así lo hice, cabizbajo, con la cara enrojecida de vergüenza. Le dije cómo les habían gustado sus cuentos a mi profesora y a mis compañeros, que siempre me pedían uno en cada clase.

Fue entonces cuando, casi llorando, nos dijo que nada lo hacía más feliz que lo que le estaba contando. Que tenía muchas más historias para relatar y que podría contar con ellas cuando yo quisiera.

Don Rafael, que así se llamaba, pidió permiso a mi padre para estrecharme la mano. No me aguanté. Le di un abrazo largo y caluroso, le acaricié la cabeza. Mi padre hizo lo mismo.

Dos semanas después, con mis padres, fui a visitarlo al ancianato en el que mi papá le consiguió un lugar para que pasara sus últimos días, que fueron muchos por fortuna. Seguí visitándolo cada domingo hasta el día de su muerte.

Sin quererlo, él trazó el rumbo de mi vida. Gracias a ese inolvidable viejo escribo las historias que ahora comparto con tantas personas. Cuántas veces ignoramos los tesoros escondidos en el alma de gente a la que miramos con indiferencia o con desprecio engañados por las apariencias.

Fin.

Destinos es un cuento corto del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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