Mil novecientos setenta y siete


Mil novecientos setenta y siete es un fascinante y detallado relato sobre las peripecias de un ordinario mortal ante el fallecimiento de su madre en tiempos de comunicaciones analógicas. Es un cuento del escritor venezolano Juan Emilio Rodríguez.

Por Juan Emilio Rodríguez.

Mil novecientos setenta y siete

Mil novecientos setenta y siete - Cuento sobre la vida

Después de una incertidumbre que duró más de media hora, finalmente accedió el chofer -del único autobús autorizado para cubrir la ruta- a trasladarnos desde Caracas hasta la ciudad de Maracay.

– «Los voy a llevar, no porque esté obligado a ello pues ya yo cumplí mi guardia, sino que me da vaina con ustedes.»

Apenas empezó la muchacha colectora a ejercer su trabajo nos dimos cuenta de cuál era «la vaina que le daba». Nos cobró tres veces el importe del pasaje.

Le fuimos entregando el dinero a la colectora junto con nuestras protestas a media voz. Se lucraba con nuestra necesidad de viajar, y todavía el sinvergüenza quería hacernos creer, que nos estaba haciendo un gran favor.

Total, que cerca de las once de la noche de aquel viernes dieciséis de diciembre arrancó el autobús.

La colectora apenas terminó de cobrar, apagó la luz y se sentó junto a mí que iba en el asiento más cercano a la puerta delantera. Yo cerré los ojos al igual que el resto de los escasos pasajeros, buscando robarle al viaje algo de descanso.

Pero después de varios minutos comprendí que era inútil tratar de dormir: Al estrépito del viejo autobús que parecía transitar por el pavimento más escabroso, se agregaba la representación dentro de mi mente de los detalles de la muerte de mi mamá ocurrida ese día.

A las tres de la tarde de ese viernes fue cuando pude despegarme del trabajo, y marcharme para mi casa. Pensaba acostarme temprano para ir el sábado, hasta el hospital donde se moría mamá desde hacía dos meses.

A medio camino, como impulsado por una fuerza que no controlaba, le dije al chofer del vehículo que me transportaba que me dejara en la próxima parada.

Me bajé del colectivo, crucé la avenida y tomé otro vehículo de pasajeros rumbo al hospital. Mi mamá estaba bastante delicada de salud, pero por esos días le habían comenzado a aplicar un novedoso tratamiento que le permitiría, según el médico tratante, pasar los días de Navidad con nosotros. «Eso sí –había advertido el galeno–; sólo Navidad. Después ya ustedes saben…»

De pasajero, todavía, pasé por el frente de una funeraria cercana al hospital donde ya habíamos acordado, ante el mal irremediable de mamá, que la velaríamos.

Pasajero también –aunque uno piense que no ocupa sus asientos– del autobús de los fatalistas, miré hacia el interior de la casa de la muerte temiendo ver lo que últimamente había temido encontrar. ¡Coño! Una mujer muy parecida a mi hermana acompañaba un largo féretro, situado en el centro de una de las capillas fúnebres.

No me bajé del autobús, porque todavía me quedaba una pizca de esperanza… Pero antes de llegar a la parada inmediata al hospital, mi fe trastabilló:

Caminando apresurada en dirección contraria, hacia la capilla fúnebre, iba una vieja amiga de mi hermana, visitante asidua de mamá en estos días de hospital.

A pesar de todo, al bajar del autobús, decidí subir hasta el cuarto del hospital donde estaba recluida mamá. La cama vacía, con las sábanas recogidas, me voló la última duda; así que bajé rumbo a la funeraria.

La capilla mortuoria, no obstante estar dotada de todo lo apropiado para estos menesteres, tenía una gran desventaja que mi hermana y yo por circunstancias obvias no habíamos advertido.

La puerta principal de la capilla daba directamente a la calle real de una populosa zona, sin siquiera un porche o pasillo que estableciera alguna distancia.

La calle, por la fecha y por ser un sitio tradicional de ventas, estaba atestada de todos los buhoneros y compradores de ropa, zapatos y juguetes que uno se pueda imaginar.

Sin contar los bares de rockola y ventas de fritangas, que invadían nuestros oídos y olfato en aquellos momentos que se suponen de recogimiento.

Sin embargo todo lo anterior era insignificante, si se le comparaba con la calle desierta de policías, pero plagada de ebrios y chiflados que circulaban libremente entre la muchedumbre.

Ni qué decir que me vi obligado a echar, durante las horas que llevaba como único hombre entre aquellas seis mujeres, a tres locos o borrachos. Sin contar un cuarto que sólo entró para salir enseguida, después de contemplar inexpresivo el rostro de mamá.

Entretanto, yo comencé a preocuparme.

El hermano mayor de mi mamá vivía en un caserío situado en las afueras de un pueblo llamado Mariara. Distante de teléfono, telégrafo y de Maracay.

La única manera de comunicarle lo sucedido era trasladarse hasta su casa.
Yo era el más indicado para hacer el viaje, pero pasaban las horas y no llegaba un hombre (familiar o conocido), a quien poder confiar la seguridad de aquellas mujeres que habían ido en aumento.

Conforme avanzaban las horas debía uno redoblar esfuerzos para sacar de entre las aterrorizadas mujeres, que trataban de hilvanar un rezo, a otro loco de ojos desorbitados, que se colaba a la capilla mortuoria al menor parpadeo, dejando tras de sí una estela nauseabunda.

Cinco horas después, cuando ya creía que no llegaría nadie, se apareció un primo mío con una borrachera de charro de película mexicana.
Estaba tan borracho que llegué a pensar, que los ebrios callejeros que debí sacar del velorio habían bebido menos que mi primo.

Pasé por alto sus ojos vidriosos que me miraban sin entender mis recomendaciones, y me marché para el terminal en busca del autobús que me llevaría a Maracay.

Todos estos sucesos, junto con otros sucesos menores, eran los que me mantenían despierto dentro de aquel autobús que viajaba con más estrépito que velocidad.

A pesar de llevar cerradas las puertas y ventanilla un viento helado, similar al que uno imagina en las películas de terror, circulaba a su antojo dentro del vehículo.

En medio de mi orfandad tuve que felicitarme de no haber llegado esa tarde a mi casa, pues me hubiera desprendido de la gruesa chaqueta de algodón que ahora me guarecía.

¿Qué quedaría para los desprevenidos?

Al pensar esto último recordé a mi tío. ¿Cómo tendría que darle la noticia?

Él últimamente andaba con la salud resquebrajada. Toda su vida había sido tumbar y sembrar conucos, para que otros cargaran con la ganancia de la siembra. Ahora su organismo cansado de tantos sinsabores había comenzado a resentirse. Lo conveniente, pensaba, era dejarlo que dedujera al verme llegar… Él sabía lo enferma que estaba mamá.

El autobús cayó en otro hueco y un alboroto de latas y tornillos arrojados desde un séptimo piso pareció arroparnos.

La colectora se removió a mi lado, y entonces me fijé distraídamente en ella. A pesar de ir sentada a mi lado poco había reparado en ella. En parte por mi tristeza, pero más porque ella había sido el brazo ejecutor del cobro abusivo que había efectuado el chofer.

Aquel precio del pasaje era un atraco sin arma a la vista, pues aquellos autobuses debían ajustarse a la tarifa de cobro autorizada por el Ministerio de Transporte.

Lo que más me molestaba era que el importe de aquel pasaje, me había dejado escaso de dinero. Pues, antes de salir de la funeraria, le había entregado a mi mujer casi todo mi salario, para cualquier imprevisto.

Un ventarrón solidario se enfrascó con el dichoso cartel de las tarifas, no lo arrancó, pero de regreso provocó en mi compañera de asiento un nuevo estremecimiento.

Volví a mirarla de reojo.

El corto cabello negro ensayaba peinados sobre su cabeza. Parecía dormida pero no lo estaba: Una gandola que venía en sentido contrario y que no bajó las luces, me mostró sus ojos de desamparo.

Tenía las manos unidas, sepultadas entre las flacas piernas juntas, las cuales movía de vez en cuando. El viento le agitaba la blusita de tela barata con furia de violador.

Su compañero, el chofer del autobús, manejaba envuelto en una nube de humo y pendiente sólo de la carretera.

Una nueva sacudida de la colectora me encontró ofreciéndole mi chaqueta.

– «No se moleste.» –dijo con triste sonrisa, pero extendió ávida las manos para tomarla.

Yo intenté cerrar los ojos. Era imposible. El pasajero principal dentro del autobús, era el condenado frío. Era tanta la frialdad que ésta parecía brotar de los huesos de uno.

Miré a la muchacha, y por un instante lamenté mi desprendimiento, pero fue fugaz. La muchacha se encontraba tan a gusto debajo de mi chaqueta que me sentí un hombre bueno.

Llegamos al terminal de Maracay.

Yo descendí del autobús con mi chaqueta en la mano, tras recibir las gracias de la muchacha.

Empecé a caminar hacia el lugar de espera de los autobuses, que van al pueblo de Mariara.

El alma se me cayó a los pies.

Un hombre envuelto en periódicos dormía sobre el único banco de cemento de la parada.

Tres perros redondos como frutos de jabillo, le hacían compañía sobre el manchado pavimento.

Busqué con la vista alguien que pudiera darme información de los vehículos, que hacían el transporte para Mariara.

Pero la desolación que presentaba el terminal no tenía nada que envidiarle al paisaje lunar, que nos mostró la televisión en el año mil novecientos sesenta y nueve.

A riesgo de que se alborotaran los perros, me acerqué al hombre y tosí.
El hombre abrió los ojos y me miró con curiosidad.
No lo pensé dos veces.

– «¿Habrá carro para Mariara

El hombre bostezó, se dio vuelta en silencio sobre el banco. Yo empecé a creer que se había dormido de nuevo, pero entonces respondió:

– «A esta hora aquí no… Afuera hay una línea de taxis.»

Le di las gracias, y salí del terminal siguiendo la vaga ruta que me señalara el hombre con su brazo izquierdo.

Dos hombres de carcajadas sonoras bromeaban entre sí, recostados de dos carros viejos.

Llegué hasta ellos, pero apenas me miraron.

– «Señores, cómo le… Buenas noches. ¿Cómo haría yo para llegar hasta Mariara

– «Siete billetes de los grandes y lo dejamos en el pueblo, porque no repartimos gente para los barrios.» -me contestó uno de ellos con agresividad.

Nada más que por hacer teatro porque ya yo sabía lo que me quedaba en la cartera, la saqué y empecé a registrarla.

Los dos hombres volvieron a sus chanzas, olvidados completamente de mí.
Extendí ante sus vistas el dinero que me quedaba y dije:

– «Sólo tengo esto, pero cuando lleguemos a la casa donde voy, seguro que le pago lo que falta.»

– «No, mi hermano» -me cortó grosero el mismo que hablara antes-, «de esa cabuya tengo yo un rollo. Además, ¿para qué parte de Mariara quiere ir usted?»

– «Para un barrio llamado Mariscal Sucre

– «¡No joooooda!» -dijo alargando la segunda «o» el otro hombre-. «Para allá menos… No hace ni tres días que a mí me atracaron ahí.»

– «Pero es que yo voy cerquita de la carretera, como a una cuadra» -dije con humildad tratando de ser convincente.

– «No, amigo, lo lamento. Lo mejor que puede hacer es entrar al terminal y esperar hasta que amanezca. Uno cuando se mueve de la casa, y más de noche, tiene que salir con real.»

– «Es verdad» -volvió el otro chofer-, «de dónde saca usted que lo vamos a llevar tan lejos a la una de la madrugada, y por tan poco dinero. Ni de día se cobra esa cantidad…»

Por un momento se me ocurrió que si les informaba el motivo de mi… Pero me callé. Siete billetes de los grandes era lo único, que me permitiría ser pasajero de uno de los vehículos.

Me retiré unos pasos y me puse la chaqueta, ya que el frío de la carretera ahora se paseaba libremente por las calles solitarias de Maracay.

Los dos hombres volvieron a sus carcajadas.

Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta, y mi mano derecha se abrió con asombro.

Yo, parado, aquella madrugada en las afueras de aquel terminal lejano, empecé a comprobar que mamá, a pocas horas de haber fallecido ese diciembre del año mil novecientos setenta y siete, ya había logrado que el cielo me adelantara mi regalo de Navidad: En la chaqueta vueltos un ovillo había nueve billetes de los grandes. La colectora, agradecida, me había devuelto lo que me había cobrado desde Caracas hasta Maracay.

Fin.

Mil novecientos setenta y siete es un cuento enviado por el escritor venezolano Juan Emilio Rodríguez.

Sobre Juan Emilio Rodríguez

Juan Emilio Rodríguez nació en Caracas el 7 de enero de 1946.

Esposo de Carmen, padre de IsraelMaría y Noelia, y abuelo de cinco nietos. Reside actualmente en la ciudad de Guatire, sitio donde ha redactado parte de sus obras.

Juan Emilio Rodríguez Hernandez - Escritor

“Yo primero me dedique a mi familia y después que habían crecido, es decir, mis hijos ya estaban grandes y eran adultos trabajadores, fue que comencé a escribir y me di cuenta de ese don que tenia para las palabras, lo hacia porque gustaba, no porque quería figurar en ninguna parte, pero cuando te llega alguna distinción eso te da doble satisfacción” manifiesta Juan Emilio.

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