Una noble herramienta

tijera dibujada

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Una tarde, ya muy tarde, la filosa señora tijera colgaba exhausta y molesta de un gancho en la pared. Su dueña se había pasado el día cortando telas para confeccionar pantalones.

Tanto shiikk-shiikk-shiikk dejaron sus hojas a mal traer.

_Oí que ajustarán mi tornillo y afilarán mis hojas, y si no tengo reparación terminaré en la basura…

_ ¡Por favor, Lupi, sácame de aquí, llévame a vivir contigo! _dijo la tijera con voz lastimera.

La pequeña pekinesa allegó una silla al mesón y por ahí, ágilmente trepó hasta cogerla con sus dientes. La contempló con curiosidad, la acarició, y finalmente la puso bajo la manta del canastillo donde ella dormía.

_ Aquí nadie te encontrará y cada noche conversaremos hasta cansarnos.

_ ¡Gracias, Lupi! No sabes cuán feliz es… No alcanzó a terminar, porque de improviso se durmió. A la mañana siguiente, rápida y decidida llegó doña Josefa hasta la pared.

_ ¡Ohhh! ¡Juraría que aquí la dejé! Enseguida revisó su mesón y como no la encontró fue hasta el rimero de telas cortadas, y una a una las desdobló, creyendo que entre ellas podría estar.

Cansada y malhumorada trajinó cajones y revolvió todo su taller, pero no apareció, y no tuvo más remedio que decidirse a comprar una nueva. Mientras tanto, fue creciendo la amistad entre Lupi y la tijera, pues después de haber pasado toda su vida encerrada, ahora tuvo la oportunidad de saber que existía un gran y ruidoso mundo afuera de las casas.

Cada noche, Lupi la fue llevando a mirar las calles, los árboles, los vehículos, el parque cercano, y ese bullicio y movimiento la tenían fascinada, además de sentirse querida y cuidada, al contar con la amistad de la generosa y simpática Lupi.

Todo iba muy bien, hasta que una noche doña Josefa se levantó a beber un vaso de agua y descubrió que Lupi no estaba. Entonces, abrió la puerta de calle y a grandes voces la llamó.

Asustada, y para que no fuese descubierta, Lupi sólo atinó a regresar sin poder coger a su amiga, que en un asiento del parque tendida quedó. Esa noche, doña Josefa aseguró puertas y ventanas y Lupi no pudo escabullirse, pero tampoco dormir ; sólo sentía pena y desazón. La tijera, helada y triste, permaneció toda la noche observando las estrellas.

Al día siguiente, sucedió que don Balta, un bondadoso anciano que caminaba apoyado en un bastón, y siempre visitaba el parque, la recogió.

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_ ¡Oh! ¡Mire lo que me fui a encontrar! _dijo. Es una preciosura, de esas que ahora ya no se fabrican. La repararé y puliré hasta dejarla como nueva, para después lucirla en mi escaparate de antigüedades.

A todo esto, doña Josefa había recorrido ya varias tiendas en busca de una buena tijera, pero ninguna la satisfizo. Entonces recordó a don Balta, que además, tenía su tienda muy cerca de la de ella.

Se dirigió hacia allá y estuvo entretenidísima mirando tantos objetos que le recordaban su niñez. Don Balta le mostró varios ejemplares de tijeras, entre ellas la que había encontrado hacía muy pocos días. Doña Josefa quedó deslumbrada por ella.

_ ¡Esta! ¡Esta me encanta! Se parece mucho a la que yo usaba y que heredé de mi abuela. ¡Y hasta parece recién fabricada! En cambio, la mía, ya estaba gastada, medio suelta y sin brillo…

_ La verdad _dijo don Balta, no quisiera venderla. Son muy escasas las de esa época.

_ Pero, ¡la necesito muchísimo! Usted sabe, me dedico a confeccionar ropas y una buena tijera es imprescindible para realizar mi trabajo _replicó doña Josefa.

_ Sería con una condición: cada sábado, por la tarde, deberá traérmela para ajustarla y mantenerla tan hermosa como está ahora. Los objetos, lo mismo que las personas, cuando más se quieren, más deben cuidarse, y parece que ésta no había estado en muy buenas manos, ni había sido tratada con amor _adujo don Balta.

_ ¡Se lo prometo! ¡Por la memoria de mi abuela, que así lo haré! Pero véndamela ya, por favor… Y así fue como esa tarde, volvió la tijera a la casa donde había vivido y servido por tantos años.

Lupi estaba loca de contenta corriendo por todas las habitaciones y nadie descubrió el motivo. No repararon en el brillo de sus ojos cuando vio aparecer a su amiga nuevamente colgada en la pared del taller de costuras.

La pekinesa no cesó de agitar su rabo, de dar alegres vueltas y, cuando nadie la veía, volvía una y otra vez al taller para saltar sobre las sillas, llegar al mesón y lengüetear a su vieja amiga, que se dejaba querer.

Esa noche, cuando doña Josefa se fue a la cama recordó las palabras de don Balta, y se alegró que él no haya visto la oleada de vergüenza que subió por su cara cuando hizo aquel comentario.

Reconoció que no había sido una buena cuidadora y no había sabido apreciar el valor e importancia de aquella noble herramienta, hasta cuando no la tuvo. Se propuso cambiar, de ahora en adelante será muy diferente, se dijo, y en ese momento, le pareció ver la sonrisa de su abuela cuando se dispuso a dormir.

Fin

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