Mi abuelo. Historias cortas


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Compañías que enriquecen nuestra vida

Siempre amé a mi abuelo, pero cuando mi abuela falleció sentí que lo redescubría. El quedó solo en su casa y yo comencé a visitarlo más a menudo de lo que había hecho antes de la muerte de mi abuela.

Mi madre me lo había pedido como un favor, pero yo lo hacía porque me gustaba en verdad, disfrutaba estar con él.

Al principio no fue fácil. Mi abuelo no quería conversar, ni compartir una película, ni un partido de fútbol y casi no comía. Cada vez que lo visitaba, le llevaba un chocolate, pero él no los comía, los dejaba en una mesa y ahí quedaban. Llegué a pensar que tampoco disfrutaba estar conmigo.

Sin embargo, con el tiempo, todo cambió. Una tarde aceptó jugar al ajedrez y mientras jugábamos, comió uno de los chocolates. Comenzamos a conversar como jamás lo habíamos hecho. Me contaba historias familiares que jamás imaginé, discutíamos sobre lo que mirábamos en los noticieros y sobre lo que nos había dejado la película que acabábamos de ver. Me hablaba de cómo le gustaba mirar la luna, de su amor por los pájaros, cosas que antes no me había contado.

A partir de que mi abuelo pudo abrirse de esa soledad en la que la ausencia de mi abuela lo había dejado, descubrí una persona distinta que enriqueció mi vida.

Sus relatos eran maravillosos y su modo de ver la vida cambió el mío. Los encuentros eran profundos, sinceros, divertidos.

Yo no sentía que “le estaba haciendo compañía”, por el contrario, creo que él me la hacía a mí.

Fue muy importante escuchar sus opiniones, aprender a ver a través de su experiencia, enterarme de cómo habían sido muchas cosas. Mirar la naturaleza de otra manera, contagiarme de su amor por la luna y los pájaros.

Me enseñó la paciencia y la estrategia del ajedrez, a saborear verdaderamente un chocolate, a disfrutar del buen cine e infinitas cosas más. Fue un tiempo de gloria para ambos.

Al cabo de dos años, también mi abuelo falleció y su pérdida fue para mí una gran herida.

Cuando volvimos del cementerio, mi madre me abrazó y me agradeció, tantas veces que ya no recuerdo, el haberlo acompañado tanto.

Mis tías hicieron lo mismo, todos me agradecían porque decían que mi presencia, mis visitas habían hecho más llevadero el tiempo que mi abuelo había podido estar en este mundo sin mi abuela. Yo escuchaba sus palabras y si bien entendía lo que me estaban agradeciendo, no lo compartía.

Yo sabía que el hecho de haberlo visitado, en cierto modo, había alivianado su pena, había acortado sus días, tal vez los había hecho más dulces y divertidos, sí lo sabía. Pero lo que también sabía muy bien, era que él no se había enriquecido más que yo. Yo no le había hecho ningún favor a mi abuelo. Si de favores se trataba, en todo caso, él me lo había hecho a mí.

Durante esos dos años él me enseñó ni más ni menos, cómo enfrentar la vida. Su experiencia me hizo madurar, sus relatos familiares me enseñaron a valorar la familia que tenía. Aprendí, conociendo bien su historia, el valor del esfuerzo, del trabajo honrado y hasta cómo envejecer dignamente, sin resentimientos, ni cuentas pendientes.

Sin dudas, nadie debía agradecerme nada, era yo quien estaba profundamente agradecido por haber aprovechado la oportunidad que la vida nos dio de encontrarnos de otra forma, más profunda y verdadera.

Yo comencé a visitar a un abuelo y despedí a un gran amigo.

No, sin dudas, era yo quien debía agradecer esos dos años de mutua compañía.

Creo que yo hice más llevaderos sus días, pero él me hizo mejor persona. Tal vez yo modifiqué en parte sus dos años sin mi abuela, pero él me modificó a mí.

Estoy en paz, él ya está junto a mi abuela y a mi no me dejará solo, estoy seguro. Siempre habrá una luna para mirar juntos, pájaros que vuelen en el cielo donde él estará y por sobre todo, el amor que me dio y pude darle.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello

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