Chiquitín y el pez

Chiquitín y el pez

Chiquitín y el pez

Chiquitín y el pez. Antonio Vallejo, escritor español. Historias de niños para niños, cuentos infantiles.

-¡Chiquitín tienes que bañarte para ir a dormir!

-¡Mamá no me apetece, estoy cansado!

-¡Tienes que bañarte para ir a la cama limpio, así descansarás mejor!- le insiste la madre.

El día ha sido emocionante, en el colegio, con sus amigos, Chiquitín ha jugado mucho. El profesor de gimnasia les prepara juegos en el recreo algunos días, y hoy ha sido uno de ellos. Por eso está cansado y no le apetece bañarse, quiere ir corriendo a la cama y saltar sobre ella, y sentirse engullido por la suavidad monstruosa de sus bonitas sábanas.

Quiere sentir el sueño llegar y los besos de su madre en su mejilla.

-¡Venga Chiquitín, tienes el agua preparada, calentita como a ti te gusta!

Ante tanta insistencia el niño sabe que no podrá evitar bañarse; con cara de fastidio deja los juguetes y se dirige a las escaleras que conducen al primer piso.

-“Mi madre me quiere mucho pero a veces no me entiende”- piensa Chiquitín.

-“Deciden que hay que hacer lo que ellos quieren sin pararse a pensar en los deseos de los niños”.

Tiene razón Chiquitín, los mayores creemos que la vida es como la vemos, sin darnos cuenta que la vemos distorsionada por la pátina de las vivencias; actuamos ciegos muchas veces.

Las blancas paredes como nubes le acogen, el suelo de color tierra y los grifos brillantes como el sol, hacen de su baño un mundo en miniatura. ¿Qué le falta en su mundo para que sea perfecto? ¡El mar! Su bañera, grande y a la que se accede después de superar varios escalones, de un deslumbrante color azul se convierte en su Egeo particular y él perdido como Odiseo. Al borde de la bañera se para, duda…y decide adelantar por precaución un pié. Es friolero y no quiere llevarse un susto.

El agua está caliente; se relaja y entra suavemente en ella. La bañera profunda hace que el agua le llegue a la altura del pecho. Un saliente le permite sentarse y así disfrutar de la maravillosa sensación del agua caliente envolviéndole. Sentado y con el líquido hasta el mentón, decide sumergirse; un extraño mundo silencioso le envuelve, sus orejas inundadas auscultan el entorno, sus gigantes ojos, abiertos como enormes claraboyas escrutan el fondo marino.

Sin embargo es con los ojos cerrados como más maravillas ven. Hermosos corales como el arco iris alfombran su mar particular, peces exóticos de colores imposibles se esconden entre las rocas y alguna forma blanquecina pudiera convertirse en un miedoso pulpo. Su cuerpo ligero como un zeppelín zigzaguea entre toda esa belleza cuando unas pequeñas burbujas le llaman la atención. Ha de profundizar en su incursión hasta llegar al origen de las bonitas pompas de aire.

En el fondo, en una depresión entre unas extrañas piedras porosas aparecen unas pequeñas aberturas; acerca el ojo al máximo pero sólo ve oscuridad. Está al límite de su capacidad de aguantar la respiración y debe subir a la superficie. Saca la cabeza con energía y boqueando ansioso busca la fuente de la vida.

Más relajado se pregunta qué será lo que se esconde en ese oscuro agujero.

-¡Cómo vas Chiquitín! Tienes que ir terminando ¡Menos mal que no querías bañarte!- Grita su madre.

-¡Ya termino mamá!

-“Tengo que terminar”-se dijo.

Se ve obligado a ir a la cama, sin embargo volvería a realizar la inmersión para averiguar qué es lo que produce tantas pompas de aire. Sale del baño puesto el bonito albornoz rojo que le regaló su madre por su cumpleaños. Se siente mayor con esa prenda y además muy calentito.

Le agrada mucho pisar la moqueta de su habitación, su tacto suave le acaricia las plantas de los pies. Se pone el pijama y se mete a la cama; más relajado ya, se nota cansado; el esfuerzo de todo el día emerge ahora, una ola de bienestar le engulle. Sus ojos se cierran…

Una suave música brasileña le llama la atención, no ve a nadie en la playa, mira a ambos lados y sólo hay arena y unas maravillosas palmeras llorando verdes lágrimas al mar.

Se levanta dejando unas bonitas estrellas dibujadas con un palo sobre la arena. Sus pasos se dirigen hacia cualquier lugar, la playa inmensa de arena fina de oro invita a pasearla e intenta descubrir de dónde viene esa música. Sus pies se hunden en la caliente superficie, anda un buen rato pero no ve a nadie.

Algo cansado se para y observa la floresta, la bonita música está por todas partes, mira a su alrededor buscando el menor movimiento sospechoso; escudriña, escucha, piensa…

Y hace un descubrimiento… ¡La música no tiene origen! Lo inunda todo como la luz, entra en sus oídos como el aire entra en su nariz. El descubrimiento le deja paralizado, los pájaros han desaparecido, no se oye ni se ve otro signo de vida. Cierra con fuerza el puño que sostiene el palo; acaba de percatarse que puede estar en peligro; la bella melodía puede ser un enemigo. Un ligero ruido de algo cayendo al mar le hace girar la cabeza; no ve nada y gira la cabeza hacia la selva de nuevo.

-Chsss…Cariño baja la música que vas a despertar a Chiquitín- La mujer en voz baja recrimina al marido.

El sonido desciende, ella entra en la habitación, se acerca a la cama y tapa al niño, la cara de Chiquitín cambia de expresión, una ligera sonrisa nace en ella.

La mañana entra por la ventana, ha amanecido el día con una hermosa luz. El niño abre apenas los ojos ¡Comienza un nuevo día! Se ha de levantar, las tripas le suenan, tiene hambre. Se pone las zapatillas y baja corriendo las escaleras que dan a la planta baja donde está la cocina.

-¡Buenos días a todos!- dice Chiquitín casi gritando.

-¡Buenos días cariño!- le contesta su madre.

-¡Buenos días!-le contesta su padre sin apenas apartar la vista del periódico que está leyendo.

Sus padres madrugan bastante, uno por ir al trabajo y su madre por tener que realizar las tareas de la casa; a pesar de que por las tardes también va a una asociación donde cuidan de ancianos del entorno.

-¿Te preparo unas tostadas o prefieres galletas?- le pregunta la madre al niño.

-Prefiero galletas mamá me gustan mucho ¡Su sabor a coco me encanta!

Los días suelen ser iguales unos a otros y su agradable rutina le hace feliz. Cada mañana se levanta y desayuna; la cocina es un lugar cálido y luminoso; grandes ventanales facilitan que la luz inunde la sala. El olor a café, que sólo toma su padre; el aroma dulzón de las galletas y de las magdalenas, que sólo toma su madre; embriagan el ambiente y todo lleno de colorido. Éste es uno de los mejores momentos del día para él.

Su padre suele terminar antes que ellos de desayunar para irse al trabajo; eso sí nunca se olvida de darles un beso. Una vez solos su madre es algo más expresiva con él y le suele preguntar sobre las actividades que se realizarán en el colegio. Con el estómago apaciguado, sube a su habitación y se viste para salir a la calle.

Luego sale a esperar el autobús y con todos sus amigos se va al colegio que está a una media hora de viaje. Así todos los días iguales, hasta que llega el fin de semana que son días aburridos, en casa con sus padres. Come en el colegio para estar con la mayoría de sus amigos que al vivir más lejos no pueden ir a casa.

El día es largo pero está acostumbrado; además no debe quejarse que como le dice su madre: “Hay que trabajar mucho para ser alguien de mayor”; y él está dispuesto a ser alguien. Un autobús se para frente al jardín de la casa; la mujer mira desde la ventana de la cocina; se abren las puertas y sale su hijo. Chiquitín ha vuelto, dándose la vuelta se despide de sus amigos que prosiguen el viaje hasta llegar a sus casas.

El autobús arranca y el niño sale corriendo hacia la casa, su pesada mochila se balancea haciendo su carrera más difícil. La madre sale a su encuentro, en el porche se abrazan con fuerza, como si hiciera mucho que no se veían.

-¿Qué tal el día hijo?

-¡Muy bien mamá, hoy no hemos tenido juegos en el recreo pero me lo he pasado muy bien en las clases de química con los experimentos!

-¿Qué experimentos has hecho, hijo?

-¡Hemos comprobado que si calentamos un metal éste se convierte en líquido!

-¿Y con qué metal habéis comprobado esto?- preguntó la madre no sin cierto reparo; últimamente los profesores que contrataba el centro dejaban que desear y algunos en aras del conocimiento arriesgaban demasiado; especialmente los profesores de química.

-Ha sido con estaño mamá ¡Pero no te preocupes todos llevábamos guantes y gafas!- el niño conocía los miedos de su madre y se apresuró a tranquilizarla.

-Muy bien hijo, tú niégate siempre a hacer experimentos si no te da guantes y gafas- la madre le da un beso en la cabeza y le indica que entre en casa.

-Mamá, hoy voy a bañarme antes así no tendréis que esperarme para cenar cuando venga papá.

-Muy bien hijo, así me gusta; tu padre se sorprenderá al llegar y verte ya bañado. Chiquitín sube corriendo a su habitación; la madre le mira y sonríe, supone que las recomendaciones que le da están surtiendo efecto. El niño se quita la mochila que suelta a los pies de la cama, se sienta en ella y se quita los zapatos, tiene prisa y con rapidez se desviste; tira la ropa y sale corriendo hacia la bañera.

Hoy le toca llenarla y decide meterse en ella mientras de un grifo abierto al máximo sale una fuente descomunal de agua. El agua fría al principio le amilana, pero su deseo es más fuerte y aguanta. Poco a poco el agua sale más caliente y decide sentarse para que le cubra lo antes posible.

Nervioso y con el agua en la barbilla sabe que ha llegado el momento de la inmersión; ha llegado el momento de buscar el origen de esas curiosas pompas. Miles de imágenes vuelven a su cabeza: corales multicolores, peces maravillosos y extraños, rocas y algas infinitas bailando al son del mar.

Chiquitín buceando después de haber tomado aire se dirige al fondo, busca el grupo de rocas del día anterior de donde salían esas pompas extrañas. Su cuerpo filiforme le da la apariencia de una anguila, y como una anguila se acerca a la roca porosa que buscaba. Acerca su cara al agujero pero no ve las pompas, se queda, escudriña el entorno por si no fuera esta la piedra buscada.

Peces diminutos y de un intenso amarillo se le quedan mirando. Gira su cabeza hacia arriba y allí a lo lejos está el aire; no puede ya esperar mucho, se está quedando sin él. Algo le llama la atención y gira con rapidez la cabeza.

-“¡Sí señor las pompas han aparecido!”- Chiquitín exclama con alegría. Ha acertado con el lugar, se acerca al agujero de donde salen las pompas y acerca el ojo todo lo que puede.

-“¿Quién eres?”- pregunta el niño sin hablar.

-“¿Qué eres?”- pregunta esta vez por si acaso.

Chiquitín no podía aguantar más y ante el silencio que obtiene, decide subir a la superficie. Con un golpe de piernas se lanza hacia arriba.

-¡Holaaaaaaa…. soy un pez voladorrrrr!- de las profundidades sale una lastimosa voz muy aguda.

Chiquitín para bruscamente; gira la cabeza y mira hacia la voz; los ojos abiertos como platos y el corazón desbocado. Se da la vuelta y sigue su ascensión; se queda sin aire. Boca abierta al máximo su cabeza sale del agua como un misil. Intenta tranquilizarse y sentado toma todo el aire que puede; la emoción le puede, quiere gritar pero no debe alarmar a su madre.

-“¡Me han contestado, un pez me ha hablado!”- nervioso, emocionado, el niño se dispone a volver a la inmersión. Loco de alegría pero también entre temeroso y curioso, se zambulle con decisión a las profundidades en busca de su pez hablador. Bucea con energía y en unos pocos minutos está junto a la piedra de donde salen las burbujas.

-“¡Hola pez! ¿Qué haces aquí? ¿Me entiendes?”- de su mente salían muchas preguntas, necesitaba respuestas y estaba nervioso. Durante unos segundos no recibía respuestas y temía haber perdido a su pez.

-“¡Hola!”- dijo el pez desde su cueva.

-“¿Qué haces aquí en mi bañera? ¿Cómo has llegado hasta aquí?”

– “¡He llegado aquí siguiéndote!”

Durante unos segundos el silencio se hizo entre los dos.

-“¡No entiendo lo que dices!”- preguntó el niño rompiendo el silencio.

-“Te explicaré…vivo en una isla muy lejos de aquí un lugar paradisíaco lleno de vegetación, con un agua cristalina y templada. En ese mar tenía muchos amigos, peces voladores como yo y era muy feliz. Cuando salía al aire veía pájaros y aunque debía tener cuidado con ellos, era agradable ver otros animales.

Así pasaba mi alegre vida, entre mis amigos los peces y saliendo a ver otros animales. Así pasé muchos años…sí…muchos años aunque no lo parezca soy muy mayor. Nosotros los peces voladores vivimos muchos años…y…sabes…estoy muy cansado.”- el pez se quedó callado, su voz se fue apagando, el niño aprovecha para hablar.

-“Me hago cargo de que estás cansado pero sigo sin entender. Dices que estás aquí por seguirme ¿Desde dónde me has seguido y por qué?”.

El pez tardó unos segundos en responder.

-“Te vi un día en mi isla y me asustaste…pero tengo que reconocer que me dio mucha alegría también. Y como veo que esto te lía más te seguiré contando para que te aclares. Mis amigos fueron desapareciendo, no se sabe por qué fueron muriendo; uno a uno todos desaparecieron, y también desaparecieron todos los demás peces.

Nadie sabía qué ocurría; se hablaba de contaminación, de que no teníamos hijos; en definitiva no sabíamos las razones pero la realidad es que me quedé solo.”

-“¿Y tú sobreviviste?”- pregunta el niño.

-“Sí, no sé bien por qué, pero soy el único de mi especie. Bueno, te sigo explicando para que sepas cómo he llegado hasta aquí. En mis salidas al aire cada día veía menos animales, al principio no me preocupó ya que tienen una vida diferente fuera; sin embargo fui entendiendo y supuse que les ocurriría como a nosotros: que irían desapareciendo poco a poco hasta que no quedara ninguno. Así ocurrió, un día en mis visitas al aire empecé a no ver a nadie, pasaron los días y no volví a ver ningún animal fuera. Pensé que había llegado el momento de buscarte.”

-“No recuerdo haber estado en ninguna isla ¿Cómo me viste, qué hacía?”

-“Era un día como otro cualquiera, estaba desesperado ya que llevaba muchos años solo y me estaba volviendo loco. Pero en una de mis visitas al aire me llevé una buena sorpresa al verte en la playa. Estabas en una playa con un palo dibujando en la arena. Pasada la sorpresa, fui saliendo cada poco para observarte y vi que dibujabas muy bien, dejaste en la playa unas estrellas maravillosas que, una vez que te fuiste, no dejaba de mirar saltando como un poseso.”

-“Muy bien, gracias por lo de pintar bien, es verdad que en la escuela siempre me dicen lo mismo; pero sigues sin decirme cómo me has encontrado aquí y cómo has llegado.”

-“Ahora viene lo más sencillo: el día que te fuiste algo me llamó la atención, había una música muy bonita que era la primera vez que oía, estuve todo el rato saltando para verte, como todos los días, y además para escuchar la música. De pronto oigo que la música va poco a poco desapareciendo y que te tiras al agua y te pones a bucear hacia las profundidades. Te sigo hasta que desapareces por un estrecho canal entre unas rocas y tan oscuro que da miedo. No volviste a aparecer, así que después de mucho dudar…sí tuve miedo… ¡Tú no tienes miedo! Después de muchos días de estar solo otra vez, me arriesgué metiéndome en ese agujero para encontrarte. ¡Y te encontré!”

-“Me dejas anonadado… sí recuerdo haber soñado algo parecido; me vi en una playa, solo y escuchando una bonita música…pero lo que me dices es extraordinario… ¡Eres muy real y esto no es un sueño!…y… ¡Qué hace un pez en el sumidero de mi bañera!…y… ¡Dices que yo he salido por el mismo sitio!”

-“¡Tranquilo Chiquitín! Deberías saber que todos los mares de la tierra están unidos, sí, todas las aguas van a para al mismo sitio; eso lo enseñan en el colegio; y también que querer es poder. Te puedo asegurar que yo quería volver a verte.”

-“¡Sí lo sé! También sé que por los ríos todas las aguas llegan al mar…tiene…sentido lo que me dices…pero… ¿Cómo puedo entrar por un lugar tan pequeño?”

-“Te lo explicaré: Porque eres un niño y tú ves la realidad, tu ojos no están ciegos como los de los mayores.”

El niño se quedó pensativo, una sonrisa se dibujó en su boca. ¡Chiquitín!… ¡Chiquitín!… ¡Chiquitín!… Una voz se oía fuera del agua.

-“Creo que me buscan.”- pensó Chiquitín.

Fin

 

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