Cuentos de misterio para niños. Los mejores cuentos infantiles cortos de terror, misterio y suspens creado por la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente.

“Creo que mi padre ya se dio cuenta de que vienes a verme”, dijo doña Clara Beatriz a su novio, refugiados debajo de un árbol atrás de la casa en lugar de hablarse a través de la ventana, como los amores decentes y los amores permitidos.

“¿Qué hacemos?”, preguntó él. “Si quieres hablo con él hoy mismo”. “No, no. Déjame que hable yo primero con él. Me quiere mucho, quizá pueda convencerlo de que no puedo casarme con don Antonio si apenas lo conozco. Lo poco que sé de él me hace aborrecerlo, y luego estás tú… No puedo casarme…

” “Bueno, habla tú primero con él. Según lo que diga me avisas, yo vengo mañana y…” A don Rodrigo le parecía que no había de ser tan imposible convencerlo. Cuando caminaba rumbo a su casa por la calle empedrada, a la luz de las farolas de aceite, dándose prisa porque no tardaría en pasar el guardia a apagarlas, iba pensando.

Él no era mal partido, el padre de doña Clara no podría dejar de reconocer que no sería un mal yerno. Quizá no tan rico y tan hidalgo como aquél don Antonio, que presumía de conde y amigo del virrey, pero no era ningún muerto de hambre y, además, lo que le faltaba a él quedaba compensado por el amor que se tenían él y doña Clara. Al menos eso pensaba él.

* * * * * “

Pero padre, mirad que no amo a don Antonio. Me… me da algo como miedo, como asco…” “Tonterías, hija, tonterías de niña mimada, le he de reclamar a tu madre que te ha criado como si fueses una princesa sin obligaciones. Mira, que hasta las princesas tienen que cumplir ciertos deberes para con sus familias, y el casarse según la voluntad de sus padres y viendo para el decoro de sus familias es uno de ellos. No puedes tú ser menos”.

“Pero padre…” “Dije que callaras. No tengo más que hablar, obedecerás. Eso es todo, puedes irte a tu habitación”. Decidieron fugarse. Doña Clara Beatriz disuadió a don Rodrigo de hablar con su padre: si ella no había bastado a convencerlo menos lo haría él.

Se pusieron de acuerdo, lo harían cuando todos durmieran; sería sencillo entonces salir por la puerta, que nunca tenía puesto más que el cerrojo y la aldaba por dentro, los cuales ella misma podía quitar sin problema.

Así lo hicieron; luego de que todas las velas de los candelabros se hubieron apagado en la casa, doña Clara esperó un buen rato para asegurarse de que estuvieran bien dormidos. Logró salir sin que la oyeran, abrió la pesada puerta de madera despacito para evitar cualquier rechinido y no hizo ruido. Pero la intuición de doña Joaquina, su madre, le avisó que algo raro sucedía. Se asomó al dormitorio de su hija preferida y se dio cuenta de que no estaba.

Luego tendría tiempo de arrepentirse de haber llamado a su esposo para avisarle de la fuga, si lo hubiera pensado la habría dejado marcharse con don Rodrigo, que ella sabía que era el amor de su vida. Pero en ese momento sólo se asustó al no verla y dio la voz de alarma. Don Luis se hizo seguir de sus criados y sus dos hijos mayores, era necesario defender el honor y los intereses de la familia.

Los alcanzaron afuera de la ciudad, cerca de la garita. A doña Clara la hicieron descabalgar y su padre le dio una bofetada, el pobre don Rodrigo quiso intervenir para defenderla, pero lo tenían bien sujeto.

El mayorazgo, por instrucciones de su padre, la hizo subir a su caballo atrás de él y la llevó de regreso, mientras los demás golpeaban al enamorado con verdadera saña. Amaneció muerto; el suceso se comentó bastante en la ciudad pero nadie supo cómo había sucedido. La familia de don Rodrigo sospechaba de don Luis; pidió que se hiciera justicia, pero nadie sabía con certeza quiénes habían sido los asesinos.

A los que intervinieron no les interesaba que se supiera, así que no dijeron nada, y como no hubo otros testigos… La justicia en el virreinato no tenía suficientes medios para aclarar y castigar todos los crímenes, y menos cuando los sospechosos eran de buena posición.

Doña Clara, por su parte, no paraba de llorar en su habitación, más de una vez pensó en delatar a su padre, pero su amor de hija y los ruegos de su madre se lo impidieron. Sin embargo, no hubo poder capaz de convencerla de desposarse con aquel don Antonio. Viejo, gordo, prieto y empalagoso, así lo definía la pobre doña Clara. Y menos luego de saber que ese matrimonio había costado la vida a su querido don Rodrigo.

“¡Pues entonces irás a un convento!” dijo al fin don Luis, creyendo que con eso la convencería. “Pues iré a un convento si es vuestra voluntad, en eso sí me considero capaz de obedeceros. ¡Pero por lo que más queráis, no me obliguéis a casar con ese viejo esperpento! ¡Soy capaz de matarme primero…!”

Asustado, don Luis decidió no insistir más, pero la chiquilla no se saldría con la suya. Así fue como tomó los hábitos, con el nombre de sor María de la Concepción, quien para el mundo se había llamado Clara Beatriz.

Al día siguiente de su entrada al convento, su padre falleció repentinamente, al parecer por un ataque al corazón. Al principio, la maestra de novicias se preocupó por la salud de la nueva postulante: pálida y triste lloraba todo el tiempo, a la hora de la oración, a la hora de los quehaceres y hasta dormida.

Luego pareció calmarse, dejó de llorar a la vista de sus hermanas monjas, pero nadie supo que los setenta años que estuvo allí lloraba todas las noches, en el silencio de su celda de paredes grises y frías.

A los noventa años sus ojos se secaron pero aún así continuaba llorando, sin lágrimas. Su llanto no era sólo por su amado, muerto por órdenes de su padre, sino también, quizá más, por el alma de don Luis, que no había pensado, al menos que ella supiera, en confesar el horrendo crimen.

Todo indicaba que había muerto sin confesión y quizá estaría eternamente entre las llamas infernales…

* * * * *

“Esta monja llegó al convento cuando tenía dieciocho o diecinueve años de edad, vivió aquí más de setenta años y aquí murió. Tal vez con los años llegó a perdonar a su padre, eso ya no lo dice la historia; las memorias de la monja terminan con su llegada al claustro”. No oímos el nombre de la religiosa, habíamos llegado tarde, cuando la plática había empezado ya, y además nos habíamos mojado con la lluvia y teníamos frío.

Delante de mí había un lugar vacío, y de mi lado izquierdo otro, a mi derecha estaba Carmen y atrás sólo la pared de piedra de lo que alguna vez fuera una celda del convento donde rezó, durmió y se flageló una mujer.

Cuando comencé a oír sollozos pensé que era mi imaginación. Traté de escuchar con más atención lo que decía el sacerdote que estaba hablando, pero no lo conseguí, los sollozos se oyeron más cerca de mí, y finalmente un llanto suave, apagado… “¿Oyes…?”, le pregunté a Carmen. “¿Qué cosa?” “¡Están llorando!” “¿Quién?”, me preguntó ella, extrañada. Por lo visto, ella no oía nada. “¡No sé, pero alguien está llorando!” “¡No seas niña! ¡No te imagines cosas!”, me dijo al fin.

Me costó trabajo tranquilizarme, el sacerdote continuó con la conferencia y yo seguía oyendo el llanto muy cerca de mí, no me atrevía a voltear a mi izquierda, yo sabía que no vería a nadie y eso me dio más miedo todavía. Porque ahí había alguien, y ese alguien continuaba llorando…

Luego pensé que después de todo era una mujer que había pasado en oración toda su vida y no había hecho daño a nadie, y decidí rezar por ella.

Entonces dejé de escuchar el llanto.

Fin

Relato sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos

De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

Cuentos de misterio para niños. Los mejores cuentos infantiles cortos de terror, misterio y suspens creado por la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente.

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