Rutina

imagenes de lluvia

Rutina. Germán Bayona Rodríguez, escritor colombiano. Cuentos fantásticos. Cuentos para padres.

La noche cae templada y con furiosa llovizna. La mujer mira hacia fuera, a través del cristal de la ventana, y piensa: –nunca escampará–.

Se envuelve en una gabardina de color ceniciento, entreabre la puerta que conduce a la calle; la detiene con un pie mientras accionaba una vieja sombrilla, y se precipita decidida a ser devorada por la ruidosa fosforescencia de los postes y la lluvia. Toma apresurada la acera izquierda de la calzada con escasas edificaciones, y dobla la esquina.

Después de caminar cerca de once cuadras, se detiene en una casa de paredes altas, que alguna vez fueron blancas; ahora están salpicadas de incontables años y lodo. Sin dudarlo, golpea fuerte en el portón de garaje. Emerge entonces, de entre la penumbra de interior, un viejo de cabeza rapada y barba gris, frotándose los ojos, como acabado de despertar.

—A sus órdenes –iba a decir–, pero se contiene, al reconocer aquella palidez enfermiza en ese rostro.
— ¿El mismo problema?
—Sí, Doctor, el mismo problema. Ya llevo contados cuatro días con este dolor de cabeza. No se me cura con nada. Creo que me volvió el mismo mal de otros años.

El médico, diligente, la conduce a un consultorio de escasísima luz, cuyas paredes emanan olores concentrados a lubricantes y grasa de automotor que a la mujer no parece importarle. Luego, la invita a sentarse en una silla reclinable de dentista, que permanece silenciosa con los brazos doblados, como un monstruo inerte. Se acerca a un desusado escaparate de metal y de allí, sin afanes, extrae una bata, un tapabocas y un par de guantes que de memoria se enfunda.

Mientras busca entre las gavetas del mismo armario los instrumentos de oficio, la mujer apoya el cráneo en el cabezal de la silla, cuelga un cigarrillo sin filtro en los labios, lo enciende con un chasquido de dientes y comienza a aspirarlo en absoluta parsimonia.

Momentos después, el viejo médico regresa con un destornillador de estrella y una pequeña linterna. Busca los cuatro puntos cardinales en el selvático cabello rizado de la mujer y extrae un tornillo, luego el otro y más tarde los dos últimos. Empuja hacia arriba, con la premura de un experto, la tapa del cráneo; la coloca sobre una mesa a su alcance, contigua a la silla, y mira en su interior con la linterna encendida. Asiente con la cabeza como reafirmando su diagnóstico y vuelve a las gavetas para traer con él un alicates de puntas muy delgadas.

— ¿El mismo daño de otras veces, Doctor?
—En efecto, el mismo daño.

El doctor introduce la herramienta en la cabeza desflorada, remueve por allá dentro todas las piezas metálicas del cráneo, presiona con ambas manos en alguna parte, haciendo perlar de sudor su testa rapada y extrae los pedazos de una tuerca. Saca una nueva del bolsillo de la bata; le embadurna una grasa amarillenta, la atenaza firme con el alicates y la vuelve a introducir en la cabeza de la mujer, que terminaba de darle la quinta chupada a su cigarrillo. Ajusta con mayor fuerza, con brusquedad meticulosa, sin respirar siquiera debido al esfuerzo, y dice acezando, pero con tono triunfante:

–¡Ya está!–.

La mujer sonríe alegre, más bien con expresión de alivio, y espera con tensa calma para que el médico le atornille en su respectivo lugar, la tapa del cráneo.

Cuando todo está terminado, el viejo Doctor recoge las herramientas de su oficio, las ubica en el lugar y orden en que estaban dentro del armario metálico, y concede con los brazos cruzados, el tiempo suficiente para que la mujer junte el pago de su trabajo. Ella saca un manojo de monedas y varios billetes de los bolsillos de la gabardina, aún húmeda por la lluvia, y las deja caer sin contar en la mano abierta del médico.

— ¿Correcto, Doctor?

—Correcto, señora, responde él, con una sincera sonrisa.

Después de marcharse, el viejo médico cierra con afán el consultorio. Se siente cansado, más por la oxidación de sus huesos que por los avatares del trabajo. Apaga las luces y se mete a las penumbras de su dormitorio. El simple ruido de las pisadas despierta el liviano sueño de su esposa.

— ¿Qué haces levantado a estas horas?
—Nada en particular, sólo una vieja paciente.
— ¿Paciente de qué?
—Paciente de enfermedad, claro está.
— ¿Paciente de enfermedad?… – replica ella con sorna, y se dobla entre las cobijas con un largo bostezo.
—Rutina,– asevera el médico.
—Rutina, rutina –refunfuña su esposa, ya entre dormida–. Lo dices como si desvelarse se tratara de un simple asunto de tuercas y tornillos.–Rutina, rutina, ¡vaya con esasss! y queda dormida.

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Fin

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