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No soy yo

bibliotecas

No soy yo es un cuentos sobre la pérdida de la memoria de la colección cuentos cortos de la escritora Susana Solanes para adolescentes y jóvenes.

Hay personas que son muy sensibles y creen que la gente que está a su lado, siempre está tramando algo en contra. Cuando llega una de ellas a una biblioteca hay que animarlo para que lea algo que lo saque de su aflicción. Las buenas bibliotecarias saben cuáles son los libros que pueden hacer esto. Pero muchas veces la ficción supera a la realidad. Si no me creen, fíjense lo que le pasó a Liria con un lector un poco confundido.

-No me mire así, Liria, como si fuera un loco, porque mi familia me lo dice continuamente.

-Tranquilícese, Don Fernando. Muchas veces tenemos esos ataques de pánico y nos parece…

-Pero no son cosas que yo me imagino. Me está pasando realmente y tengo miedo de que me suceda algo trágico y entonces, recién entonces se van a dar cuenta de que yo tenía razón. Ojalá que no sea demasiado tarde.

Liria quedó en silencio por respeto a los años de Don Fernando, y también porque comprendió que era inútil dialogar con él. Estaba tan convencido de sus alucinaciones que era inútil contradecirlo.

-Yo la comprendo que usted no me crea, que se imagine que es mi cabeza la que alimenta todo lo que le estoy contando. Pero- Don Fernando se volvió hacia ella y la miró con sus ojos desencajados y el cuerpo temblando –esa sensación es permanente y cada vez se afianza más. ¡Si hasta los vecinos me lo dicen! Usted ya estuvo por acá, Don Fernando, ¿no se acuerda? Usted ya me lo pidió, usted ya me saludó, usted…, usted…Y le aseguro que yo no fui, yo estaba en otro lado, haciendo otras cosas.

Liria tuvo lástima por el pobre hombre que se debatía ante sus fantasmas. Por eso no se animó a interrumpirlo. Afuera llovía con furia y los truenos y relámpagos entraban por los ventanales iluminando el rostro angustiado del hombre.

-¿Sabe qué estuve haciendo hasta hace poco, Liria? Un diario personal. Allí anotaba todo lo que me iba pasando en el día para estar seguro por dónde iba y lo que hacía hora por hora, minuto por minuto. Pero fue inútil, en un momento me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo porque no me servía para nada. Entonces me decidí, señorita Liria, estoy desesperado, ¿qué mayor desgracia me puede ocurrir que lo que estoy pasando?

La bibliotecaria tomó coraje aprovechando que Don Fernando se secaba el rostro con su pañuelo, mientras su respiración se había convertido en un inquietante jadeo:

-Lo estoy escuchando con atención, y lo que le voy a decir es lo que verdaderamente siento por usted. Siempre me ha parecido una persona correcta y de una lucidez extraordinaria. Lo conozco como un buen lector, con usted hemos analizado más de una vez un autor o un libro. Pero veo que de un tiempo a esta parte, su interés ha cambiado.

Un espantoso trueno hizo tintinear los vidrios de las ventanas y hubo un momentáneo apagón. La sala quedó iluminada solamente por los faroles de la calle. Los dos únicos chicos que estaban consultando un libro de ciencias, lo dejaron en el escritorio, saludaron rápidamente y salieron de la biblioteca.

Cuando la luz regresó Liria pudo ver el rostro transfigurado de Don Fernando, ya no era terror lo que sus facciones demostraban, sino un infinito cansancio. Las arrugas se le habían multiplicado en la frente y los ojos se habían achicado en un esfuerzo por mantenerlos abiertos. Y ese jadeo que ahora era más evidente. Pero la muchacha no perdió el ánimo, le acercó un vaso de agua y continuó:

-Antes usted leía de todo, poesías, novelas, biografías. Pero veo que ahora su gusto ha cambiado: le interesan solamente las novelas policiales, las de crímenes, las de suspenso. Déjeme ver, ¿qué lleva hoy para leer? El Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Stevenson. Es un libro muy interesante, pero en su estado de ánimo, no es una lectura que yo le aconsejaría. ¡Cómo no se va a enojar su familia!

-Es que estoy leyendo justamente este libro para poderme defender, porque trata de personas perseguidas como yo. Y lo he pensado bien, ¡basta de huir! ¡No me arrincono más en mi casa, mirando con desesperación hacia la calle a ver si pasa mi otro yo, mi enemigo, el que está usurpando mi lugar y me está haciendo quedar como un viejo loco frente a los demás! Voy a pelearlo, señorita Liria, voy a enfrentarlo. Lo decidí hace un momento. Porque él en algún lugar debe estar fingiendo que soy yo y disfrutando de mi vida. Mientras yo, enloquezco ante las burlas y las miradas cómplices de los demás.

Ahora la lluvia había bajado de intensidad y se escuchaba un golpeteo suave en las ventanas.

-Lo que va a hacer ahora, Don Fernando, es irse a su casa y tranquilizarse. Ya casi es hora de cerrar la biblioteca, pero no lo voy a dejar ir si no me da su palabra antes, de que va a ir derecho a su casa, va a conversar con su familia, jugar con el perro, tomar mate o mirar televisión. Lo que quiera, pero no pensará más en esas ideas que se le ocurren. Empiece a disfrutar de la vida, porque sino la vida lo va a llevar por delante. Prométamelo.

A duras penas consiguió la promesa solicitada, hecha con un hilo de voz. Con el cuerpo abandonado se retiró Don Fernando, casi arrastrándose.

Otro apagón momentáneo decidió a Liria cerrar la biblioteca aunque faltaban unos minutos para las ocho.

-¡Otra vez! ¿Qué querrá ahora?- La figura de Don Fernando apareció nuevamente en la puerta de la biblioteca, aunque a ella le pareció que estaba un poco más tranquilo.

-Muchacha, vengo a buscar el paraguas. ¡Qué cabeza la mía! Olvidármelo justamente en un noche como ésta- y lo retiró desde detrás del escritorio de la bibliotecaria. Luego se despidió cordialmente

-Parece que se tranquilizó. Bueno, yo hice lo que pude. No soy ni médica ni psicóloga para tratar a cada uno con sus problemas. Pero el día que vuelva, voy a tomar una decisión: no voy a prestarle ningún otro libro de temas truculentos. Ya tuve bastante por esta noche. ¡Ah! ¡Ahí está de nuevo! ¿Qué le pasará ahora?

Don Fernando estaba en la puerta de la biblioteca, los hombros caídos y los ademanes cansados. Se había mojado bastante. Se apoyó en el escritorio para hablar:

-Señorita Liria, discúlpeme. Vengo a buscar el paraguas que dejé olvidado. ¿Me lo puede alcanzar por favor? Está detrás de su escritorio.

Sólo en ese momento la bibliotecaria se dio cuenta de la terrible verdad que rodeaba la vida de Don Fernando. Pero queriéndolo ayudar aún en ese momento, le dijo tratando de que la voz le saliera lo más segura posible:

-Me parece que los chicos que estaban leyendo se lo llevaron. ¿Quiere que le preste el mío, Don Fernando?

Fin

De la serie “Sustos en la bilbioteca”

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