Los tres regalos. No sabían por qué, pero algo en ellas había cambiado. Era ese refugio. Su paz.

Por Marta Ximénez Gómez. Cuentos para adolescentes

“¡El avión, el avión!” era una conocida frase que, para quienes tenemos algunos años, era el inicio de un apasionante capítulo de la exitosa serie de fines de los años 70 y comienzo de los 80, “La isla de la fantasía“. Aunque el cuento “Los tres regalos” no tenga una directa relación, leerlo me trajo el recuerdo de esta inolvidable serie en la cuál, a cambio de un importe de dinero, en cada capítulo se cumplían los deseos y fantasías de quienes llegaban como huéspedes a una paradisíaca isla.

Ahora, enfocándonos sí en el cuento de Marta Ximénez Gómez, se trata de la historia de Evet, Angelina y Lola, tres amigas que ¿deciden? hacer un viaje de relajación por un fin de semana y encuentran que el viaje resulta revelador en la vida de cada una de las tres amigas.

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Los tres regalos

Los tres regalos - Cuento para adolescentes

¡Vamos, chicas! ¡que se nos hace tarde!, dice Evet a Angelina y a Lola. Siempre lo mismo, llegamos tarde a todas partes ¡Ya voy!, dice Lola, ¡me estáis estresaaando!

Las tres, amigas ya desde hace unos cuantos años, se disponen a pasar el fin de semana en una casa rural por Segovia. Angelina encontró un “chollo” en internet y las tres estuvieron de acuerdo. Evet, eso sí, dejando bien claro que no quería mucho senderismo.

Por fin, se montan en el coche de Angelina y parten en busca de esa casita que, a juzgar por las fotos, tenía muy buena pinta.

En un santiamén, llegaron a la casa.

Llamaron a la puerta y les abrió una pareja de mediana edad, con una expresión muy jovial en sus rostros y gran amabilidad en el trato.

¡Buenos días! les dijo Rosamur. Este es mi esposo, Rob. Pasad, os mostraremos vuestra casita. Al entrar en ella, una sensación de tranquilidad se apoderó de las tres. La casa no podía tener más detalles, un olor perfumado a rosas recién cortadas, una decoración elegante, con tonos pastel en sus paredes y un mobiliario funcional, pero con mucho estilo, sin olvidar, la suave música de fondo. Si hubiera que definir el lugar en dos palabras, se diría que era “acogedor y entrañable”.

El lugar perfecto para desconectar de sus quehaceres cotidianos. Evet y Angelina se dedicaban a la abogacía y Lola a la salud, era doctora. Las tres con un buen porvenir.

Los dueños de la casa les dijeron que les gustaba dar la bienvenida a todos sus huéspedes con un vino y un ágape. Y que, si les apetecía, podían servirlo en el salón.

Subieron a dejar las maletas en sus habitaciones y bajaron al salón.

La pareja les invitó a sentarse y Rob comenzó a servir un dulce vino a las tres. Había diversas viandas en la mesa, todas caseras. Cuando las tres se sentaron, vieron que en la mesa había tres pequeñas cajitas, cada una de distinto color: azul, morado y rojo.

Miraron las cajas y después se miraron entre sí.

Al momento, Evet preguntó: Y esas cajas ¿qué contienen? Rosamur les explicó que esas cajitas eran “individualizadas” y que, por ello, entregaría a cada una, solo la que le correspondía. A Evet, le entregó la roja, a Lola, la de color azul y la morada, le fue entregada a Angelina.

Las caras de las tres reflejaban gran perplejidad. Cogieron sus regalos y preguntaron si podían abrirlos. Rosamur, asintió. La primera fue Angelina que, al abrir su caja, encontró un jabón perfumado en un lindo envoltorio y una nota que decía: “La belleza y el bienestar se acercarán a ti”. Evet, encontró un espejo, pequeño, como el de los cuentos de princesas y una nota que decía: “Lo harás tú sola”. Lola, encontró una llave forjada, como las que abrían las puertas de los antiguos castillos y una nota que rezaba: “Suaves caricias, te envolverán”. Miraron sus respectivas cajas, cada vez, más sorprendidas.

Lola dijo: perdón, pero es que no acabo de entender muy bien el hecho de que sean “personalizadas”. Evet y Angelina manifestaron lo mismo. Rosamur les indicó: ¡es la reacción habitual!, aunque no lo entendáis, ahora, todo tiene su por qué. Vosotras mismas os daréis cuenta de que vuestro camino, de alguna forma, está ligado a estos objetos, aunque ni siquiera lo sepáis ni hayáis reparado en ello o, quizá sí. Tomad estas cajitas, solo como lo que son, un regalo de bienvenida.

Rosamur y Rob se levantaron del sofá y les indicaron que ya tenían que marcharse.

Esperamos que disfrutéis de vuestra estancia en la casa, les dijo Rosamur.

Cualquier cosa que necesitéis, nos la pedís. Ahora, os dejamos que os instaléis. El domingo volveremos a recoger la llave y a despediros. Y dicho esto, se dispusieron a abandonar la casa. ¡Disfrutad de este lugar porque es mágico!, dijo Rosamur, sonriendo, al despedirse.

Las tres, empezaron a intercambiar sus impresiones.

Lola dijo: “Esta pareja es muy amable, ¿verdad?”. Evet dijo: “Sí, pero yo no sé si se les ha ido un poco la pinza, a ver si van a ser de alguna secta”. Angelina dijo: “Pues a mí, todo esto me parece ‘muy original’, extraño, pero muy curioso”. “Curioso, sí, pero ‘raruno'”, manifestó Evet. Lola dijo: “En fin, eso de que ya nos enteráremos, no lo veo, pero bueno. Porque a ver, ¿por qué no puedo yo tener el espejo o Angelina la llave o tú, Evet, el jabón? No me ubico en esta historia”.

De todos modos, dijo Angelina, para ir sobre el tiempo previsto, vamos a acabar este vinito, deshacemos la maleta, nos cambiamos y en 15 minutos quedamos en el salón. En 20, dice Lola, ¡por Dios que aquí nos sobra el tiempo! Vaaale, 20 pero no más, dice Angelina.

Por la tarde, dieron un paseo por el pueblo, tapearon un poco y charlaron animadamente. El día fue de lo más agradable.

Volvieron a cenar a la casa rural.

Antes, acordaron comprar algunas cosas para cenar, junto a la chimenea.

Al llegar, decidieron ponerse ropa cómoda para cenar en el salón.

Subieron a sus habitaciones. Mientras se cambiaba, Evet, decidió echar un vistazo a algunos libros que había en su habitación. Le llamó la atención uno que se titulaba: “Serás tú quien lo haga”. Y lo hojeó, brevemente.

Lola quería colgar su ropa, pero el armario estaba cerrado ¡Vaya! y ahora ¿qué hago? Tiene llave, pero ¿dónde está? Desde luego, hoy, la cosa va de llaves. Miró por el suelo y alrededor a ver si encontraba la llave, pero ni rastro de ella. Al final, cogió la llave que le tocó en la cajita y pensó ¿por qué no? Y, con ella, abrió el armario. Dentro de él, había muchas perchas vacías, pero también, telas de variados colores y texturas y se puso a admirarlas. Lo cierto es que son preciosas, se dijo. ¡Cuánta variedad!

Angelina, quería darse una ducha y, al ir a buscar el gel, se encontró con una cesta llena de botes de distintos aromas, y utensilios de manicura, pedicura, etc. ¡Madre mía! ¡Qué cantidad de cosas! ¡Es genial!

Un rato después, las tres estaban “en la gloria”.

Habían comprado un vinito en el pueblo y lo estaban disfrutando en el salón, mientras charlaban.

Llevaban tiempo un poco agotadas de sus trabajos y se hacían muchas preguntas sobre sus vidas. Y con una copa de vino, no solo se da la exaltación de la amistad, sino también ¡las grandes preguntas existenciales! No sabían si sus carreras eran lo que querían o si deberían hacer otras cosas, en fin, después de la tercera copita, decidieron que quizá lo que tenían era una pequeña crisis, sin más.

Se fueron a dormir. El ambiente era tan relajante, que durmieron como tres benditas, pero también soñaron.

Evet, soñó con una sala llena de gente en cuyo centro había un cuentacuentos, que la invitó a participar de su espectáculo. Los focos de la sala se centraron en ella y tuvo que salir a ayudarle.

Angelina, en su sueño, se sumergía en una gran piscina rodeada de pétalos de rosa y unas suaves manos obsequiaban a su cuello con un relajante masaje.

Lola, por su parte, se encontraba sentada, junto a una gran mesa, con muchos rotuladores de colores, un bloc y muchas revistas.

Al día siguiente, bajaron a desayunar y comentaron que, hacía mucho tiempo, que no dormían así. Charlaron sobre sus respectivos sueños y también que no recordaban el final de ellos. “¡Qué lástima!”, dijo Evet, “porque en el sueño, sonreía”. Lola le respondió que ella también sentía mucha tranquilidad y Angelina estaba en la gloria, en esa piscina, y sí, ¡también sonreía!

Coincidieron en que aquella casa tenía algo que hacía que el tiempo transcurriera con mucha alegría y relajación. Sobre todo, alegría.

Era como si hubieran querido estar allí, desde siempre.

Era sábado y dieron un paseo por el campo, breve, por Evet y también por Lola que, en cuestión de campo, piensa, que con admirar un ratito el paisaje y estirar las piernas, ya está. Lola dijo a Angelina que tenía que haber venido más cómoda para el paseo, ya que, sus zapatillas tenían cuña, pero era una coqueta incorregible e intentar convencerla, era tiempo perdido.

Ya en la casa, relajadas en el sofá, decidieron ver algo en la tele. Angelina, escogió una película, de las que había en la mesa y dijo: “Debe ser de los dueños, ¿La vemos?”. La película era la lucha de un deportista por conseguir llegar a la meta, pero sin desistir de su empeño, por muchas dificultades que encontrara en su camino. Tierna y amena. Les hizo pensar.

“¡Qué bonito es tener las metas tan claras!”, dijo Evet. Lola respondió: “Sí, porque yo, a veces, dudo hasta de mi sombra”. Angelina, siempre más pragmática, añadió que ella estaba contenta con lo que hacía, aunque quizá tener tan claras las cosas como el deportista de la película, a tanto no llegaba.

El fin de semana terminó, pero se resistían a abandonar esa casa. No sabían por qué, pero algo en ellas había cambiado. Era ese refugio. Su paz.

Como habían acordado, Rosamur y Rob llamaron al timbre.

Lola abrió la puerta. ¡Buenos días, chicas! ¿qué tal lo habéis pasado?, saludó Rosamur. ¡Ojalá pudiéramos disfrutar más de ella! ¡ha sido un fin de semana inolvidable!, contestó Evet. Lola y Angelina añadieron que volvían a Madrid, renovadas, contentas y con mucha fuerza.

Rosamur les explicó que esa casa tenía un encanto especial y, también, sus gentes. Todos nuestros huéspedes nos dicen lo mismo que vosotras, que se han sentido muy dichosos aquí. Sé que es así. Esta casa nació con esa finalidad, para hacer felices a sus huéspedes, para que abran los ojos, disfruten de los pequeños placeres de este lugar y, después, de sus vidas.

Os hemos preparado un “tentempié” para vuestro viaje de vuelta. Rosamur entregó a cada una de ellas una bolsita con su almuerzo. Rob y Rosamur se despidieron de ellas diciendo: ¡Chicas, no sabéis hasta qué punto os ha ayudado esta casa! Aquí, todas las dudas se disipan y, la mente despierta a nuevas ideas y sensaciones. ¡Feliz viaje!

Ya en el coche, decidieron parar para degustar esos bocadillos que, a buen seguro, estarían muy ricos. Abrieron sus bolsitas. ¡Chicas, una nota en mi bolsa!, dijo Evet. Angelina y Lola, también encontraron una nota en sus almuerzos.

Evet leyó: “No lo dudes, a todos encandilarás”. Lola, leyó la suya: “Con tu creatividad, todo conseguirás”. Angelina, abrió su nota y leyó: “la belleza es también salud”.

Volvieron a sus quehaceres en Madrid.

Pero cada noche, tenían los mismos sueños que habían tenido en la casa rural. A los pocos días, decidieron quedar para tomar café y comentaron que todas las noches tenían los mismos sueños que habían tenido en la casa.

Se miraron y no tuvieron que pronunciar ninguna palabra. Sabían que esa casa había cambiado sus vidas y también Rob y Rosamur.

Meses después, Lola sacó la llave de su bolso para abrir la oficina. En su interior, muchos maniquíes lucían las prendas que ella diseñaba. Todos los bocetos estaban sobre una gran mesa, lápices de colores y revistas de moda, se amontonaban en ella. Lo cierto es que el negocio le iba bastante bien. ¡Lola, sonreía!

Evet, estaba nerviosa. Aunque llevaba tiempo actuando, los nervios se apoderaban de ella, siempre, antes de salir a escena. En su local, cada noche hacía un espectáculo de monólogo, con gran aceptación de crítica y público. ¡Evet, sonreía!

Angelina, se disponía a recibir a uno de sus clientes en su local. El primer contacto, con ella, era cuidado con esmero y, después, era el resto del personal el que se ocupaba de las demandas del cliente: todo tipo de cuidados estéticos y relajantes. ¡Angelina, sonreía!

Sus vidas habían encontrado el camino que les correspondía.

El que les daba la felicidad.

En un pueblecito de Segovia, en la casa rural, Rosamur y Rob desayunaban. ¡Creo que Lola, Evet y Angelina ya han descubierto el sentido de sus vidas! ¡Otro éxito más!, dijo Rosamur. Detrás de ellos, se encontraba una gran pizarra repleta de nombres. ¡Qué alegría poder anotar otros tres nombres en esta pizarra! Me llena de felicidad, dijo Rosamur.

¿Por qué Rosamur y Rob dedican sus esfuerzos a guiar a otros? Este, no es, ahora, el sentido de este relato. Pero, todo en esta vida, tiene un ¡por qué!

Fin.

Los tres regalos es un cuento de la escritora Marta Ximénez Gómez © Todos los derechos reservados.

Sobre Marta Ximénez Gómez

Marta Ximénez Gómez - Escritora

Marta Ximénez Gómez es española, vive en Madrid y es, por vocación, pedagoga. Mente curiosa, sensible e inquieta es, según ella misma, una apasionada de la escritura.

“Quizá esa inquietud naciera de tener un padre escritor de libros de medicina, pero, especialmente, por encontrar a través de la escritura el medio perfecto para fundir ficción y realidad, sueños, aspiraciones y hasta conversaciones que habría querido mantener”.

En sus breves relatos, intenta desgranar momentos importantes de su vida o situaciones a las que desearía abrazar en el camino.

“Los protagonistas son ‘mis modelos’, anónimos, pero muy especiales, a los que admiro profundamente, por ser transmisores de importantes valores. Mi infancia estuvo marcada por la enseñanza de grandes valores y deseo que siempre estén a mi lado”.

Otro cuento de Marta Ximénez

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