Por Juan Emilio Rodríguez. Cuentos fantásticos para jóvenes y adultos

Cada pueblo tiene historias y leyendas que todos los habitantes del pueblo conocen. Pero cuando alguien viene de afuera, puede encontrar situaciones que no puede comprender pero que para los pobladores son normales. En este caso, Cayubo es un pueblo con una intrigante maldición que, aunque se inició hace mucho tiempo, un ocasional visitante puede venir a cumplir y desentrañar. La maldición es un cuento fantástico para jóvenes y adultos del escritor venezolano Juan Emilio Rodriguez.

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La maldición

Cayubo, pueblo de casas blancas achaparradas

Cayubo es un pueblo donde estuve hace unos días, por asuntos relacionados con la venta de unas tierras.

Dos largas y únicas calles dejan ver rápidamente y sin protocolo, como el sexo en las películas pornográficas, todo el pueblo de una sola ojeada.

Un centenar de casas blancas achaparradas, que parecen querer quitarle al transeúnte con sus barrigas de bahareque, el breve espacio de las enmontadas aceras. Tres botiquines o pulperías. Una escuela con rosas a la entrada, resecas de tanto sol. Una farmacia que se presenta en un aviso desteñido del jarabe De Witt. Y al frente, la jefatura civil con una mata de mango, debajo de la cual duerme un perro que parece muerto.

Plaza no tiene.

Cayubo es un pueblo donde las moscas, el silencio y el olor a terrón hambriento de lluvia, son una constante.

El primer día de mi llegada, después de colocar varios avisos de “venta” en algunos postes del alumbrado público, seguí camino para los terrenos que nos legara mi padre, y que él ostentosamente llamaba “La Finca”.

Pero al sexto día, cansado de aquella soledad donde lo único que abundaba era plaga y serpientes, encendí mi viejo Ford y decidí marcharme una tarde para el pueblo. Buscaba facilitarle al posible comprador el encuentro con mi persona.

Empecé a buscar alojamiento por las casas cercanas a la jefatura, y una hora después me encontraba al final de la otra calle sin haber logrado mi propósito. Lo cual habría sido un mal menor, si el condenado carro no se me hubiera descompuesto.

“Qué gente más avinagrada… Apenas empiezo a decirles que me alquilen una habitación, cierran la puerta como si fuera yo un apestado. ¿Será posible que en todo el pueblo no exista un lugar donde pueda pasar la noche? De haber sabido que las personas por aquí eran tan hoscas, le habría entregado la venta a una inmobiliaria… Ni niños he visto jugando. Lo que me extraña es que mi papá, número uno en cordialidad, se haya amoldado entre esta gente sombría”.

De repente, mientras un aire de morgue empezaba a lamer las casas de Cayubo, se me ocurrió: “¿No sería que el cacique o mandamás de este pueblo se enemistó con mi padre… ahora, al saber que yo soy su hijo, ordenó que nadie me dé alojamiento? Siempre en estos pueblos hay un terrateniente que…”

Me dejé de conjeturas.

En caso de que algo de esto hubiera ocurrido, mi madre me lo habría advertido antes de partir para el pueblo.

Y tras esta vacilación, me encaminé hacia la jefatura. La noche se venía encima y “La Finca” no quedaba a la vuelta de la esquina.

Miré con rabia las casas que empezaban a semejar una enorme mancha, y pedí a Dios que dejara caer sobre ellas un cáncer negro. Me arrepentí al momento de tal petición: Desde una casa cercana, alguien me hacía señas para que me acercara.

La maldición - Cuento fantástico

Temeroso de que la mano amiga se esfumara, me apresuré. Era una anciana que antes, a las puertas de su casa, también me había negado alojamiento.

– “Pasa, hijo, que la noche ya se adueña del mundo.”

El viento desatado soplaba a mis espaldas.

Transcurrieron trece días, que aproveché para parapetear mi viejo vehículo, sin que recibiera propuesta alguna de compra por la propiedad. Estaba visto, que la venta de las tierras no era lo fácil que yo había imaginado. Empezando a sacar conclusiones, me acordé que en la prensa de la capital habíamos publicado, antes de salir para el pueblo, varios avisos de venta y ninguna persona se había interesado.

“Si de aquí a pasado mañana no ha venido alguien a preguntar por el precio de las tierras, se los entrego a una inmobiliaria. Prefiero pagar una jugosa comisión, a seguir aquí mirando volar las moscas”.

Matilde, apagado nombre de la anciana, era un ser raro. ─Bueno, ¿qué persona no era rara en Cayubo?─. Cualquier intento de comunicación por parte mía más allá del precio de la habitación, la comida y el café, se estrellaba en la línea de sus labios apretados. Sin embargo, esto no me preocupaba. Pues Matilde resultaba ser una vendedora de libros si uno la comparaba con los demás habitantes del pueblo, ya que éstos no respondían ni el saludo. Lo que sí me inquietaba de la anciana, era la insistencia con que me miraba cuando me creía distraído.

Se aproximaba el día de marcharme, cuando Matilde me anunció una tarde que los hijos de Ventura Sevilla, el ex telegrafista del pueblo, querían hablarme con respecto a la propiedad.

Los hijos de Ventura Sevilla: “¿Cuánto pide?” Yo: “Lo que dice el cartel”. Ellos: “Le damos trescientos mil menos”. Yo: “Súbanle cien mil, y es de ustedes”. Ellos: “De acuerdo”. Por algo eran los hijos del ex telegrafista. Observé que daban por sentado que yo les vendería, pues apenas acordamos el precio, pusieron ante mí un registrador y dos testigos.

Cuando se fueron, me sentí como la madre que al fin logra casar a su décima hija. Si Matilde hubiera sido más comunicativa, creo que ahora podría decir qué sabor tiene la cerveza en Cayubo.

Esa noche después de cenar, le dije a la anciana que le estaba muy agradecido por su hospitalidad, y que partiría temprano del pueblo. Matilde clavó sus ojitos apagados en mí, como si yo le hubiera dicho que Federico Barbarroja y Juan Sin Tierra se la pasaban bailando trompos.

Me levanté de la mesa en silencio y con ganas de largarme a dormir. Pero recordando que gracias a ella había culminado la venta, decidí explicarle:

– “Los habitantes del pueblo, sabrá el cielo el motivo, parecen molestos conmigo. Aunque no sé, quizás siempre se han comportado así con los extraños. De todas formas, es mejor que me marche pronto.”

Matilde, en contra de lo que yo esperaba, me hizo un gesto para que me sentara de nuevo.

– “Voy a contarte algo… Casi estoy segura que tu padre nunca lo supo, y tu madre, que Dios le dé salud, menos. Pues cuando ellos se radicaron en el pueblo, tiempo hacía de este suceso.”

Matilde contando la historia

Yo me quedé de una pieza, ignoraba que Matilde conociera a mis padres con tanta exactitud. Intenté manifestárselo, pero ya la anciana había empezado a contar.

– “Los años que hacen de esta historia poco importan… Las piedras del camino cuando hablan en las noches cerradas de lluvia del asesinato de Pachicho Benicio, escasa importancia conceden al tiempo transcurrido.”

– “Pachicho Benicio era el hombre más estimado por los campesinos de toda esta región. A él se le podía molestar con la absoluta seguridad de que acudiría en ayuda de quien lo ocupaba. Su generosidad era ley aquí en Cayubo. Y por eso se decía que no había cristiano de alpargatas y matica de topocho en el corral, que no le debiera un favor o un oportuno reclamo que le paraba el trote a un rico abusador. Porque eso sí: Pachicho Benicio jalaba para el pueblo, para el necesitado.”

– “Con todo y eso, el pueblo entero azuzado por Juan Lara y sus amigotes linchó un día a Pachicho Benicio. Primero, lo acusaron de preñar a la loca Fortunata, y más tarde, para precipitar el linchamiento, de tener pacto con el diablo.”

– “Un hombre entregado al diablo no detiene su carro, esperando que un niño termine de cruzar la calle. Y eso lo entendieron muchos, después que se les pasó el efecto del brandy, que dispensara a manos llenas Juan Lara.”

– “Pero lo dicho: A Pachicho Benicio lo asesinaron los mismos a quienes él tanto bien les prodigó.”

– “El crimen, antes de iniciar el descenso al silencio, estuvo hurgando miedo y misterio dentro de la mente de los cayuberos, por unos días. Todo, a causa de unas palabras que dijo Pachicho Benicio cuando ya se moría: ‘Con ustedes estaré de nuevo en sus casas’, susurró cubierto de manchones de sangre reseca. ‘Luego, alguien vendrá recordarles que a este pueblo le llegará su fin’.”

– “Aquellas extrañas palabras causaron preocupación entre los habitantes de Cayubo, quienes empezaron a decir que el muerto iba a volver para castigarlos.”

– “Dos semanas después Juan Lara se enteró del rumor. Y ahí mismo, como si se tratara de echarle creolina a la gusanera de una res, le ordenó al comisario que pusiera preso al que se oyera con aquella pistolada. ‘Pues ese hombre lo que estaba era drogado’.”

– “El pueblo le dio la razón al hacendado; y fueron así, borrando de sus mentes lo dicho por el finado.”

– “Cuán equivocados estábamos… diez meses después del crimen, a los cayuberos se nos heló la sangre de miedo. Y no era para menos: Tres niños que nacieron en el pueblo de diferentes parejas, tenían las cejas gruesas, la nariz chata y el cabello erizado. Es decir, la misma cara de Pachicho Benicio; hasta se podría jurar que también tenían su sonrisa.”

– “De inmediato, se llamó al brujo más prestigioso del pueblo, el enigmático Santiago Vijapo. Célebre, entre otras cosas, por haber logrado que la coja Vicenta, tras diecinueve años de amores con Ochoíta, el sacamuela, se casara después de unos baños que él le recetó. Asimismo, por haber descubierto con sólo observar las aguas de mi comadre Chica Henríquez, que la maleta que se le había extraviado en Valencia, la tenía el desgraciado de Guatepe, el policía.”

– “Pero Santiago, luego de quemar ramas, musitar oraciones incomprensibles y consumir tabacos que lo hacían escupir continuamente movió la cabeza impotente.”

– “Entonces, los atribulados padres acudieron al señor cura. Fue igual, los rezos, incienso y agua bendita tampoco hicieron desaparecer la cara de Pachicho Benicio.”

– “Pero la maldición apenas comenzaba. Las madres que dieron a luz, posteriormente, vieron lo mismo: sus hijos eran la imagen y semejanza del difunto. Inútiles eran las promesas que se ofrecieran a cualquier santo de pregonados milagros. La criatura, al nacer, sin importar la fecha o los padres era otro Pachicho Benicio. Peor aún: con el paso del tiempo la forma de mirar de Pachicho Benicio, también se iba a los ojos de aquellos muchachos.”

– “Por espacio de dos años todos los carricitos que nacieron en el pueblo fueron el retrato exacto de Pachicho Benicio. Para colmo de males, los pequeños, vientre afuera, sólo preguntaban: ‘¿Por qué?’

– “Cuando los cayuberos comprendieron que el niño indistintamente de quiénes fueran los padres, igual se iba a parecer a Pachicho Benicio, optaron por suprimir las relaciones íntimas entre ellos.”

– “Medida que fue tomada demasiado tarde, ya que en cada casa, contándolos por encimita, se podía encontrar un Pachicho Benicio en miniatura, preguntando sin descanso: ‘¿Por qué?’ Y casas hubo que tuvieron dos…”

– “Por esos días pasó por aquí un candidato a un puesto político. En el mitin que dio frente a la jefatura ofreció trasladar a Cayubo para el litoral, pues la raíz del mal tenía que estar en el sol.”

– “Ahora bien, la expiación de la culpa no quedaba circunscrita sólo a los residentes en Cayubo. Porque muchos que se marcharon del pueblo con la certeza de que era este sitio el que estaba embrujado. Descubrían impotentes que donde estaba asentada la maldición, era en la sangre de ellos. Como fue el caso de un hacendado amigo de Juan Lara, quien se casó en el extranjero con una catira de por allá. Y al ver brotar de la entraña holandesa la cara de Pachicho Benicio, regresó a Cayubo a colgarse de un mecate.”

– “En cambio a Juan Lara los hijos le salieron igualitos a él: catires, ojos claros y con el pelo ensortijado. Por ahí andan todavía, calentándole las orejas a cuanta pendeja se les atraviesa.”

– “Juan Lara murió dos años después del asesinato de Pachicho Benicio, rodeado de botellas de brandy; sin remordimientos ni dolores atroces. Y dicen los que le visitaron, que a dos segundos de templar cacho y que gritaba: ‘Aquí huele a pata.’

– “A raíz de la muerte de Juan Lara, los inocentes, sin ni siquiera sus madres notarlo, fueron cambiando poquito a poco sus facciones. Hasta que llegó un día en que no hubo más en el pueblo un niño que tuviera el mínimo parecido con Pachicho Benicio. El ‘¿por qué?’, Cedió paso al ‘mamá’, ‘papá’ y demás palabras que balbucea todo crío.”

– “Cuando todos nos dimos cuenta de la transformación de los niños, las mujeres asistimos a una misa de Acción de Gracias. Ahí el señor cura dijo lo siguiente: ‘Bajo una locura colectiva los cayuberos vieron lo que nunca fue. Sus hijos, lo pueden asegurar, jamás se parecieron… a quien todos conocimos’. No se atrevió a nombrarlo, y nosotros entendimos el motivo: la ceremonia era en iglesia ajena, pues Cayubo no tiene ni capilla.”

Matilde quedó repentinamente en silencio, y yo me encontré sin saber qué decir. Aquel relato absurdo, salpicado de suspiros, me parecía más apropiado para alguien como mi prima Trina Josefa, la que habían tenido que ligar porque ya había parido siete tripones; no para un hombre con un jugoso cheque en el bolsillo.”

La anciana, como si hubiese adivinado lo que yo estaba pensando, se saco del seno una fotografía y me la extendió.

– “La razón por la cual te elude la gente del pueblo es ésta. Es el finado Pachicho Benicio” -aclaró mirándome a los ojos.

Tomé la foto aquella y la miré. ¡Coño! El hombre del amarillo retrato era idéntico a mí.

Fin.

La maldición es un cuento del escritor Juan Emilio Rodríguez © Todos los derechos reservados.

Sobre Juan Emilio Rodríguez

Juan Emilio Rodríguez nació en Caracas el 7 de enero de 1946.

Esposo de Carmen, padre de IsraelMaría y Noelia, y abuelo de cinco nietos. Reside actualmente en la ciudad de Guatire, sitio donde ha redactado parte de sus obras.

Juan Emilio Rodríguez Hernandez - Escritor

“Yo primero me dedique a mi familia y después que habían crecido, es decir, mis hijos ya estaban grandes y eran adultos trabajadores, fue que comencé a escribir y me di cuenta de ese don que tenia para las palabras, lo hacia porque gustaba, no porque quería figurar en ninguna parte, pero cuando te llega alguna distinción eso te da doble satisfacción” manifiesta Juan Emilio.

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