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El límite ⭕ En la unidad cerrada donde vivían, los padres y muchas veces ellos, los chicos, ante el temor a lo desconocido, ponían límites.

En el relato de "El límite" del escritor colombiano Samuel Gutiérrez, se exploran las vivencias y la inocencia de la niñez en una unidad residencial cerrada. Los niños, libres de prejuicios y con una imaginación desbordante, se divierten en un espacio restringido por los adultos, quienes imponen límites por miedo a lo desconocido. Este relato captura la esencia de esos primeros años, cuando las fronteras son tanto físicas como emocionales, y cada juego, cada risotada, es un tesoro invaluable. A través de la mirada curiosa de los pequeños, Gutiérrez nos invita a redescubrir la magia de la infancia y los misterios que se esconden más allá de esos veinte metros de libertad.

El límite

Niños jugando - Cuento: El límite de Samuel Gutiérrez Ospina

Ser niño, es la mejor etapa de la vida. La visión del mundo se circunscribe al espacio vital, donde juegan con sus compañeritos de cuadra, de callecita o de una unidad cerrada de vivienda. No importa la clase o el abolengo. Los niños en su esencia todos son iguales, no hay distinción entre hombres y mujeres. Todos jalan parejo a la hora de divertirse y pasarla bueno.

En la unidad cerrada donde vivían, los padres y muchas veces ellos, los chicos, ante el temor a lo desconocido, ponían límites. Como lo hicieron un grupo de ellos hasta los 9 años. De la malla que circunda la unidad hasta el límite acordado, 20 metros a lo sumo.

En el pequeño espacio longitudinal del corredor, les fijaron ese tramo para poder verles o “echarles un ojito” desde los apartamentos y que pudieran solo jugar ahí a la lleva, a la comitiva, pasear sus muñecas y carritos o mínimo sentarse a reír. Pasar ese límite era abrir la posibilidad de tener un accidente con los carros en permanente movimiento en el parqueadero, o con las bicicletas de los más grandecitos.

Además, el miedo a la oscuridad por un bombillo fundido en una escalera para bajar a la zona común. Pero, sobre todo, y esto era regla de los padres, no llegar solos, jamás, así fueran en manadita, a ese lugar terrible, "pecaminoso", lleno de cosas non santas de ver: el mirador.

El sitio perfecto donde se podía ver la ciudad abajo y al fondo, pues vivían en la montaña. Pero ese sitio agradable para recibir el viento de la tarde, la puesta del sol, las nubes moviéndose, flotando por las montañas circundantes, era para sus mentes infantiles, y por los consejos de la casa, un sitio de cuidado.

Pues allí podrían ver, los chicos abrazarse a su primera, segunda, tercera… noviecita o noviecito, empezando su pubertad y en busca de conocer el amor. Los primeros besitos candorosos en la mejilla y los más "lanzados", en la boca. Pero era solo un roce de labios, porque aún no sabían de apasionamientos y arrumacos. Eran solo piquitos igual al de los pajaritos, cuando se acarician entre sí.

Aunque también, era cierto, podían ver a los más grandes, pero ya en la piscina debajo del mirador, en escenas un poco más reales, pero no las que se llevan a cabo en lo apartado, no a la vista de todos. Ese era el temor de los padres consejeros.

De manera que allí entre la reja y el límite, pasaban días, meses y uno o dos años, hasta cumplir el fin de la restricción. La edad para ya aventurarse un poco más a conocer toda la unidad, de 20 edificios y 400 apartamentos.

Entonces ya hacían las pilatunas y las buenas obras de todos los que han sido niños. Tocar timbres y salir volados escaleras abajo o arriba, esconderse detrás de los armarios eléctricos de cada piso. Empezar como los otros más grandecitos a tener su primera novia o novio, y sentir el revoloteo de las maripositas en el estómago. Asistir a las fiestitas que se hacían para ellos en los días especiales, como el día de las brujas o Halloween, o por un cumpleaños. Por pasar de la primaria al bachillerato. O cuando alguno de la patota, se iba porque sus padres se trasladaban a otra unidad o a otra ciudad.

También aprender a ganarse un dinero por subir mercados a los pisos superiores, pues no hay ascensores. Botar la basura de algún hogar a la unidad de aseo y cobrar por ello. Hacer mandados a la tienda a madres muy ocupadas, o sin hijos para ello, pues estaban en el colegio o trabajando. En fin, creciendo y aprendiendo de la vida.

Ahora esos chicos, trabajan o van a la universidad o están terminando el bachillerato. Usan el transporte público y se mueven solos entre estaciones y lugares de destino. Están de novios con alguien y han sufrido sus primeras decepciones en el amor. Y están haciendo su propio camino.

Entonces recordaron y les contaron a los abuelos, sobre ese límite luminoso: de la malla de la unidad a una lámpara del servicio público. Solo 20 metros de libertad.

Fin.

El límite es un cuento del escritor Samuel Gutiérrez Ospina © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento expreso de su autor. Parte de Historias en Yo Mayor. Mayo de 2024.

Sobre Samuel Gutiérrez Ospina

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