Ángel sacrílego 🙏 Optó para alejarse, sin saber que a donde quiera que fuera, le perseguiría su conciencia.

Por Pablo Rodríguez Prieto. Cuentos cortos para adolescentes

Ángel sacrílego es una breve historia de las circunstancias en las que Miguel Ángel Madrigal terminó por «una travesura del destino» encerrado en una celda y esperando ser juzgado. Es un cuento del escritor peruano Pablo Rodríguez Prieto, especialmente entretenido y fácil de leer, lo recomendamos para jóvenes y adultos.

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Ángel sacrílego

Miguel Ángel Madrigal era un hombre de buena dicción, mediana estatura, piel blanca, ojos claros y abundante barba que lucía sin afeitar varios días. Se veía sofocado, encerrado en una pequeña celda, donde nunca mostró algún signo de arrepentimiento.

Recordaría en todo momento lo que al parecer pasó, la tarde que sin ninguna mala intención llegó a las puertas de la iglesia de un lejano pueblo en busca de alimento para su hambriento cuerpo y porque no, para su alma que sufría ahora, como siempre sufrió, la indolencia de una sociedad que lo marginó desde que era niño.

Al ser interrogado por sus captores, reconoció su culpa en todo momento y sin ningún tapujo detalló como fueron los acontecimientos de aquel suceso que lo mantenía encerrado por enésima vez en su vida.

Era pasado el mediodía, recordaba haber arribado al pueblo de Colán un día antes, pues le habían dicho que podría conseguir trabajo de pescador por estos lares, pero al parecer nadie comprendió su necesidad y le dieron la espalda.

Al verlo y escucharlo conversar, nadie apostaba que un hombre con esa presencia y esa sabiduría podría realizar faenas de pesca. Colán era pueblo de pescadores, ubicada en la parte norte de una hermosa bahía, por lo tanto, toda actividad estaba referida a la pesca.

El hambre siempre lo acompañaba, debería estar acostumbrado, sin embargo, esta vez sentía desfallecer y en esas circunstancias se acercó a las puertas de la iglesia del pueblo y al ver que la puerta estaba entreabierta, ingresó con la intención de pedir ayuda material al cura.

Iglesia de San Lucas de Colán en Perú

Tocó la puerta con delicadeza primero y con insistencia luego, nadie respondió. Llamó con voz alta varias veces mientras daba vueltas en el interior del templo. Cansado como estaba, se sentó en una de las bancas y trató de reflexionar sobre la fe, una fe que a diferencia del hambre siempre le era esquiva.

Recordó que cuando era niño, su abuela, ante la ausencia de su madre, le llevaba a la iglesia los domingos y que con un coscorrón le obligaba doblar sus rodillas. Recordó sus clases de catequesis en la preparación para recibir la primera comunión de donde fue expulsado por reiteradas faltas a sus compañeros y también recordó haber sido expulsado de la escuela a donde nunca más volvió.

Su rebeldía lo llevó a ausentarse de la casa de la abuela y alejarse del pueblo que lo vio nacer. Desde entonces había ejercido todos los oficios que podríamos imaginar, menos el de pescador, pues los pobladores de Paita y Colán no se lo permitieron según sus propias palabras.

Sentado como estaba en el interior de la iglesia, se sintió reconfortado, se levantó y volvió a llamar, nadie le contestó. Se paró frente al altar e imaginó ser un sacerdote que se dirigía a una fervorosa feligresía.

Cansado de esperar la llegada del cura, comenzó a curiosear entre los objetos del lugar. Con mucho respeto levantó el cáliz donde el sacerdote consagraba el vino en la eucaristía y simuló ese acto mientras que de él se apoderaba una fuerza extraña que lo llevó a repensar en lo que tenía en la mano.

Es oro, pensó, esto vale mucho dinero. Sintió que el objeto le quemaban las manos y lo soltó. Volvió a llamar con más fuerzas y el silencio le contestó. Caminó por detrás del altar, queriendo encontrar a alguien y se sintió más sólo que nunca en toda su vida.

Ángel sacrílego - Cuento para adolescentes

Volvió a coger el cáliz y trató de esconderlo entre sus ropas y al ver que no cabía, tomó uno de los manteles que cubrían el altar y en él envolvió no solo el cáliz bendito que tenía entre las manos, sino todo lo que consideró de valor y salió de la iglesia, primero con mucha precaución, pero al no encontrar a nadie cerca corrió para alejarse del lugar.

El pueblo parecía fantasma, el calor era intenso, todos los habitantes incluyendo al cura acostumbraban hacer siesta a estas horas. Se detuvo un momento para normalizar su agitada respiración y pensó que lo que llevaba entre sus manos no le pertenecía a ningún mortal, por lo que se autoconvenció que lo que estaba haciendo no estaba mal.

Mas bien entendió que una mano divina le estaba dando una nueva oportunidad para rehacer su vida. Mucho más tranquilo se alejó del pueblo convencido que una nueva vida le esperaba tras este hecho.

Al cabo de dos días, lejos de Colán y tras varias peripecias, encontró un joyero que aceptó hacer negocio con los objetos sustraídos de la iglesia. Lo primero que hizo fue fundir los objetos en una sola pieza, pero tras cada movimiento que hacía el hábil artesano, el oro se iba reduciendo.

Finalmente puso sobre una balanza unos pocos gramos del preciado metal y luego de cálculos matemáticos poco convincentes, abrió un cajón y puso sobre la mesa de trabajo algunas monedas de poco valor.

Sorprendido, Miguel Ángel Madrigal no podía creer lo que estaba sucediendo, quiso reclamar, pero el comerciante le dijo que el jefe del puesto policial era su compadre y él ya le había informado del suceso en aquella iglesia lejana, por lo que le quedaban dos caminos: el primero coger las monedas y largarse lejos y la segunda opción era seguir con sus reclamos a sabiendas del origen de su mercancía.

Concluyó diciendo que también a él le quedaban dos caminos: el primero, decir que nunca lo vio y el segundo denunciarlo a las autoridades por latrocinio sacrílego como correspondía a un buen ciudadano como él.

Muy molesto, tras coger las monedas, volteó la mesa tirando al suelo todos los instrumentos y objetos que pudo y se alejó profiriendo imprecaciones al oportunista joyero.

Al ver que el dinero obtenido no le alcanzaría para gran cosa, optó para alejarse aún más, sin saber que a donde quiera que fuera, le perseguiría su conciencia. Y fue su conciencia la que habló un mal día que libaba licor con un grupo de desconocidos «amigos» donde llegó a jactarse de lo que él dio por llamar «una travesura del destino» y autodenominarse «el ángel sacrílego».

Obnubilado por el alcohol no pudo darse cuenta que hacía tiempo un detective le venía siguiendo los pasos. Capturado, encarcelado y confeso, Miguel Ángel Madrigal permanecía impávido, esperaba ser trasladado a la lejana Colán para ser juzgado.

Fin.

Ángel sacrílego es un cuento del escritor Pablo Rodríguez Prieto © Todos los derechos reservados.

Sobre Pablo Rodríguez Prieto

Pablo Rodriguez Prieto - Escritor

«Siento que escribir es una pasión que la llevo muy dentro y lo hago desde muy joven. Hay una selección de mis cuentos que fueron autopublicados en el libro ‘La huida y otros cuentos’. Además, tengo varios cuentos y un par de novelas cortas que espero alguna vez puedan editarse».

«El Perú es un país muy rico en paisajes y destinos turísticos, con innumerables regiones y climas muy variados. Yo nací en Pucallpa, una ciudad de la región Ucayali en la selva. De niño, por el trabajo periodístico de mi padre radicamos en muchas otras ciudades, esto enriqueció mi espíritu de usos y costumbres muy disimiles que posteriormente se traducen en mi trabajo literario.

Mis inicios fueron escribiendo crónicas que las repartía entre mis amigos sobre experiencias locales que las denominaba “Crónicas de la calle”. Prefiero escribir cuentos, pero e incursionado en novela corta y poesía. Soy casado y tengo tres hijos quienes son mis mayores críticos. Cuando ellos eran niños jugaba a escribir sus ocurrencias diarias y casi siempre fueron desechadas, aún cuando guardo esas historias en mi memoria.

Actualmente radico en Lima y desarrollo actividades vinculadas a las artes gráficas, tenemos una imprenta familiar y en las pocas horas disponibles escribo de a pocos, pero con muchas ganas que mi trabajo lo lea el mundo entero».

«Soy un convencido que la lectura hace que los seres humanos seamos empáticos, con lo que se puede lograr un mundo más amigable y menos conflictivo. Sueño con un mundo mejor que el que tenemos hoy».

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