El broche de oro de la princesa Camila

Cuentos fantásticos de princesas

El broche de oro de la princesa Camila es uno de los bellos cuentos fantásticos de princesas escrito por Nataly Boveda Benitez y sugerido para niños de todas las edades. 

La princesa Camila fue al jardín y pidió que la dejaran sola. Como de costumbre se puso a conversar con las flores.
—Princesa, dime cual de tus tantos deseos quisiera que se te hiciera realidad. Puedo  concedértelo —le dijo una enana.
— ¿Quién eres? ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Acaso puedes hacer posible lo que me dices?
—Soy  Yaisé,  ni yo misma lo sé como llegué hasta aquí, tal vez el viento me trajo y sí puedo concederte uno de tus tantos  tus deseos.
— ¿Así que quizás  el viento te trajo? No creas que soy necia, ni alardees tanto. Para ver si es verdad, te voy a pedir el que más ambiciono: quiero el pájaro que mejor trine y que posea el plumaje más bello. Mi padre siempre me consiente y esta vez no ha podido darme el gusto. En las noches se lo pido a la luna a viva voz,  porque dicen que les concede los anhelos a las princesas que se portan bien ¡Y yo me porto bien!
La enana dio algunos saltos. Al momento un pájaro de plumaje resplandeciente como el sol se posó delante de la princesa y trinó sonoramente.
La niña sorprendida se llevó las manos al rostro, luego le  pidió al ave que trinara de nuevo y la complació. Se quedó encantada mirándolo por unos minutos y se sintió la niña más feliz del planeta.
—Yaisé, quiero agradecerte y pedirte disculpas por haber dudado de ti, ¿donde estás? ven, te llevaré al castillo para que mis padres te conozcan—dijo la princesa cuando se volteó, pero ya no la vio.
El pájaro miró a Camila y  trinó repetidamente y cada vez mejor.
La niña se quedó también mirándolo y le dijo:
—Tal parece que quieres decirme algo. ¿Acaso sabes donde está Yaisé?
Como respuesta el pájaro le cantó.
—No entiendo que quieres decirme con tu trino, vamos conmigo  —y fue al castillo seguida del pájaro.
— ¿Quien te trajo ese pájaro tan lindo? —le preguntó la reina y Camila le contó.
—Hija, no mientas —le dijo.
Enseguida  fue a donde estaba el rey y quiso que viniera a ver tan bella ave.
—Ordenaré que lo pongan en una jaula ¡Es precioso; no quiero que se vaya! —dijo el rey y mandó a que lo colocaran en ella.
Camila pensó en su alcoba que no tenía que haberle  permitido  a su padre que encerrara al pájaro en una jaula.
Por la noche oyó su trino como si fuera un lamento y le pidió a su doncella que la acompañara a verlo.
—Veo que no te gusta estar en una  jaula,  mi papá le ha puesto cerraduras, mañana le diré que te saque de ahí —le dijo con ternura y le acarició su plumaje.
El pájaro trino con más tristeza y la niña esa noche apenas pudo dormir.
Al amanecer buscó  a su papá y le pidió que lo  dejara en libertad: él se negó pues temía que se marchara.
—No lo hará.
— ¿Por qué piensas eso? Se querrá ir y no quiero perderlo.
—Padre, ese pájaro es mío. ¿Por qué quieres adueñarte de él?
—Es nuestro, no seas egoísta —le reprochó  luego de mirar al pájaro que le lanzó una mirada furibunda y sintió miedo—.Es tuyo, pero deja que esté ahí, así todos podremos admirarlo ¡Es tan hermoso!
Podría afirmarse que al ave no le gustaron los elogios del rey y trinó otra vez con ira.
Camila como se dio cuenta,  se acercó a la jaula y  le habló:
—Deja que diga lo que quiera. Tú eres mío, haré que te saque de este encierro y vendrás conmigo. Él solo se impresionó por tu canto y tu precioso plumaje, ¿quién no lo haría?
El pájaro emitió un trino prolongado y melodioso,  el rey dio palmadas y exclamó:
— ¡Ese es mi pájaro, canta para mí!
El ave lanzó  en aquel momento un trino estridente, el monarca  asustado mandó a que lo sacaran de la jaula, y en cuanto estuvo libre, se colocó al lado de la princesa y trinó  cadenciosamente.
Fue pasando el tiempo  y el pájaro iba trinando a todas partes con la princesa  hasta que un día, su canto se tornó triste y la niña le preguntó el motivo.
—Quiero marcharme, tu padre   ha comentado que me va a volver a encerrar.
— ¿Puedes hablar? ¿Quién realmente eres? —le preguntó sorprendida y llena de temor—. Te hice la pregunta sin pensar que me podías responder. ¿Hay otra causa por la que quieras irte?
—Sí puedo hablar, no temas. No puedo estar tanto tiempo siendo un pájaro, soy la enana que viste en el jardín…
— ¿La enana Yaisé? ¿Entonces tienes el don de convertirte en lo que quieras?
—En las aspiraciones de una princesa  como tú sí, pero no por mucho tiempo, pues enfermaría. Aquella vez se me olvidó decírtelo. Tienes que dar tu consentimiento para que yo  vuelva  a ser como me conociste. Así me dijo la bruja que me hechizó.
— ¿Una bruja te hechizó? ¿Por qué sin saber  qué decisión yo iba a tomar, me consentiste?
—Porque  de verte supe que eras buena. Además algo me obligaba a consentirte que ni yo misma sé. Si no das tu aprobación quedaré así para toda la vida y quizás moriré de tristeza. ¿Acaso lo vas a permitir?
—Claro que no. Acepto que te tornes como antes eras.
Al instante frente a ella apareció una niña preciosa de cabellos rubios. Le contó que también era una princesa y que cuando estaba paseando  sola por los alrededores de su castillo  una mujer se le apareció y le hizo creer que se había extraviado y de pronto  se convirtió en una bruja-enana y la hechizó.
—Que malvada es esa bruja, pues no sabía  si  después que concedieras el deseo  de una princesa,  sería capaz de renunciar a  el. Lo que no entiendo cómo si te convirtió en una enana pudiste convertirte en un pájaro.
—Yo tampoco lo sé, ni como sucedió, aunque recuerdo cuando me dijo que me daría ciertos poderes por un tiempo determinado. Un día cuando dormías, la bruja-enana, si porque era enana, se me apareció y  fue cuando  me dijo que no podía demorarme siendo ese pájaro porque podía enfermar, por eso me torné triste.
— ¿Dónde vives?
—Muy lejos,  me dijo la bruja que  para regresar, tengo que hallar a una enana de verdad que me pida un adorno de oro a cambio de un favor que me haga. En cuanto se lo de, volveré a ser como antes era y estaré de vuelta a mi castillo. Pero como  no tengo ningún adorno de oro,  porque ella misma me despojó de mis prendas, será imposible.
—Conozco a una enana pero tiene mal carácter. Hace poco  comenzó a venir por aquí, nunca antes la había visto —dijo la princesa —. ¿Pero qué favor puede hacerte?
—No lo sé. Sufro porque  mis padres deben estar desesperado buscándome.
— Los considero.  ¡Espera! — dijo la princesa y se miró un broche dorado que tenía en su vestido —. A la enana que viene por aquí, siempre le gustó, no se lo di pues es un regalo que me hizo mi madre, tómalo, en cuanto lo vea, lo querrá.
— ¿Y si tu madre te pregunte?
—Le explicaré, ella entenderá, ¡póntelo! —y se lo dio—. Ahora vamos al lugar donde acostumbra ir la enana,  es allí, en aquella piedra cerca del jardín, viene para ver si me decido  darle el broche.  No sé, pero tiene  una mirada  ambiciosa  que me asusta. Vamos a ver qué se nos ocurre.
Las dos princesas fueron al jardín y se pusieron a conversar. A Yaisé se le posó un insecto en uno de sus párpados y se le adhirió tanto que por mucho que Camila intentó quitárselo, no pudo.
—Puedo ayudarte con tal de que me  des ese broche que la princesa te regaló —le dijo  la enana que tal parecía  había estado oculta cerca y se le aproximó sonriéndose.
—Sí te lo daré, Hazme el favor de quitármelo que me está dando picotazos —le pidió Yaisé y se quedó mirándola, le recordaba a alguien.
—Ven — le dijo la enana, dobló un pañuelo y con  solo tocarle con la punta de este, le quitó  el insecto fácilmente.
— ¿Como yo no  lo logré?—Le preguntó Camila a la enana quien le sonrió  y le dijo que solo ella podía hacerlo.
Yaisé le entregó el broche  y al instante la niña desapareció.  No así la enana que le mostró a Camila  el broche, lanzó una carcajada de triunfo y le dijo que siempre podía conseguir lo que deseaba y comenzó a retirarse haciendo muecas.
Camila se lamentó de  no haberle preguntado a Yaisé dónde vivía  para ir a visitarla.
—Puedo decírtelo si me regalas esos aretes con piedras preciosas —le dijo  la enana  y se sonrió con maldad.
—No te lo daré —le contestó la princesa.
—Entonces no la verás más y por lo visto le tomaste cariño.
Camila se fue a su castillo  y al día siguiente vio a la enana rondando por el jardín. Pensó entregarle los aretes  con tal de que le dijera donde vivía  Yaisé, no obstante, temiendo que le mintiera, desistió de la idea.
No vio a la enana hasta pasado un buen tiempo y esta le dijo que había estado en el castillo de la princesa  Yaisé y le entregó una carta que  ella le había enviado en la cual le pedía que fuera a  verla rápidamente porque estaba muy enferma.
—Dime donde es, iré pronto.
—Si me das los aretes —le dijo la mañosa enana y   Camila se los entregó.
—No te  lo diré todavía, quiero más joyas.
—No.
—Entonces no podrás ir a verla.
—No iré, eres muy mala— y se marchó molesta.
—Tú muy buena, sé que cederás con tal de ver a tu amiga, esperaré, se dijo la enana
Al otro día Camila  fue al jardín cuando vio a la enana, llevó algunas joyas  y esta vez sí le exigió que le dijera primero donde estaba el castillo de la princesa o no le entregaría las prendas. Además le dijo que su padre podía mandarla a encerrar. La enana  se atemorizó  y le indicó donde era.
—Toma las prendas. No debía dártela, pero cumpliré mi palabra, ahora lárgate; no quiero verte más.
—Ni falta que hace por el momento —y se echó a correr.
Al día siguiente,  con la aprobación de su padre, acompañada  por su madre y criados partió al castillo de la princesa Yaisé que se encontraba  a cuatro días de camino del suyo.
Fueron recibidos con mucha alegría principalmente  por la niña   que añoraba  ver a Camila, y lamentaba no haberle dicho antes de irse donde vivía y le preguntó cómo pudo llegar  hasta ahí.
—Me lo dijo la enana, y me entregó la carta que me mandaste en la que me pedías que viniera enseguida porque estabas muy  enferma.
Yaisé se extrañó pues no  había vuelto a ver a la enana ni tampoco entregado una carta diciéndole que estaba enferma y le hizo preguntas.
—Es una mentirosa y  también supo hacerme trampas con tal de adquirir más prendas.  Algún día  daremos con ella —dijo Camila.
Yaisé se quedó pensativa, después dijo:
—Bien sabía yo que esa enana se me parecía a alguien ¡A la bruja! Sí, cómo no me di cuenta. Que tonta fui, pero fue porque se disfrazó un poco para despistarme, por eso no la reconocí. La muy malvada me convirtió igual que ella, en una enana. No recuerdo como aquella vez fui a parar a tu jardín. Lo planificó todo para que le dieras prendas y sabía que tu mayor deseo era tener un pájaro que mejor trinara y que poseyera el plumaje más bello, de seguro te lo oyó decir, pues como me contaste, le pedías a la luna en alta voz tu deseo. Tenemos que estar alerta. No se quedará quieta.
Unos gritos interrumpieron la conversación. Unas brujas-enanas se acercaron al castillo, a una se le cayó la escoba y cayó encima de una piedra pero las otras la ayudaron y desaparecieron.
—Hija, tengo miedo ¡Si tu padre estuviera aquí! —dijo temblando la reina  a Camila.
—Si estuviera aquí, hubiera gritado tanto que las brujas morirían del susto. Sabes como es mi padre de…
—Niña, es tu padre…
—Lo sé mamá, por eso lo digo, lo conozco tan bien. Me ha dicho que les tiene terror  a las brujas —y miró por donde se habían marchado las hechiceras con cierto temor.
—Llamaré al Gigante Talantalante, sabe batallar con las brujas, ellas le temen según me contó, vamos a ver si es cierto —dijo Yaisé.
— ¿También hay gigantes? —Preguntó más asustada  que al principio la reina.
—Solo hay uno. Vive en el bosque, gracias a él los asaltantes de por aquí, cuando lo ven huyen pues él les grita que tiene  un ejército de soldados  de su mismo tamaño, aunque no es cierto;  así me lo ha confesado—dijo entre risas Yaisé.
—Creo que en los alrededores de este castillo tienes lo que  tienes que tener: un gigante y lo que no, las brujas —dijo Camila—.No salimos de una sorpresa y  entramos en otra, tu castillo es exclusivo ¡Quien lo diría! Siento un poco de miedo.
—Lo siento —se disculparon Yaisé y sus padres y le aseguraron que serían bien protegidas.
Esa noche casi nadie durmió en el castillo  y al amanecer, Camila y su madre  vieron a un hombre enorme hablando con  la princesita y esta reía a carcajadas.
Cuando el grandote se marchó, Yaisé le dio los buenos días a la reina y a Camila,  les pidió calma pues ya el gigante había capturado a las brujas  y la había llevado con un hechicero que les quitó los poderes. La niña le entregó a Camila   las prendas que  el gigante  le había quitado a la bruja. Después  fueron a  desayunar y comentaron sobre el acontecimiento.
— ¡Quédate con el prendedor! Te lo regalo  como recuerdo —le dijo Camila a Yaisé, sin embargo,  la princesita no aceptó pues era un regalo de la reina a su hija.
La madre de Camila  le pidió que se quedara con en broche como recuerdo y le entregó otro a su hija que tenía puesto.
Después  la reina y la princesa Camila pasaron unos apacibles días en el castillo de la princesa Yaisé junto con su familia. Regresaron al suyo escoltadas por el gigante Talantalante,  y para su asombro, este antes de marcharse, dio algunas palmadas y apareció  un pájaro de plumaje tan resplandeciente como el sol y trinó  melódicamente.
—Es para todos —les dijo—. Rey le advierto que nunca lo enjaule pues se convertiría en el pájaro más fiero.
— ¿Acaso tú tienes poderes? — le preguntó la princesa Camila.
— ¡Eso dicen! —dijo el gigante y se redujo hasta convertirse en un enano y a pasos lentos, se marchó.
Los reyes, la princesa y toda la servidumbre que lo vio, se quedaron estupefacto, hasta que el pájaro con su melodioso trino, los sacó de ese estupor.  Desde ese momento alegró al castillo y por las noches, se quedaba ratos mirando a las estrellas y entonaba su más lindo canto como si a ellas también se los obsequiara.

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El broche de oro de la princesa Camila es uno de los bellos cuentos fantásticos de princesas escrito por Nataly Boveda Benitez y sugerido para niños de todas las edades. 

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