El caminante es uno de los cuentos cortos espirituales de la colección cuentos cortos para jóvenes de la escritora Liana Castello. Para jóvenes y adultos.

El hombre se propuso llegar a su destino. Sabía hacia dónde quería ir, o al menos, eso creía. No era que estuviese a disgusto donde estaba, pero ya quería otra cosa, otro lugar, otro desafío.

Sabía que no quedaba cerca el lugar al que ansiaba llegar, que habría mucho por caminar, pero no le importó. En el fondo de su corazón sabía que había un lugar mejor para él, un lugar donde pudiese brillar más, ser mejor, más feliz.

Pensó bien antes de tomar la decisión porque dejaría atrás algo que no era fácil dejar, pues era el lugar donde estaba acostumbrado a estar, un espacio donde –bien o mal- ya estaba habituado a vivir. El lugar donde vivía no era feo, las casitas eran bajas, con techos rojos, había muchos árboles y podía sentir el aroma a ropa recién lavada. Muchos no hubiesen querido partir jamás de allí.

Tomada la decisión, debía prepararse y lo hizo a conciencia. Se vistió con ropas livianas, preparó una mochila donde llevaba alimento, agua y abrigo, tenía calzado cómodo. Llevaba solo lo necesario, nada más. Decidió emprender ese nuevo camino lo más ligero de equipaje que pudiese.

Se encomendó a Dios, pues era un hombre de fe. Le pidió ayuda y protección. Necesitaba llegar sano y salvo a su nuevo destino. Pidió eso y algo más, transitar el camino de la mejor manera posible, no perderse, no flaquear, no cansarse demasiado. Alzó la mirada al cielo y luego de elevar la plegaria, partió.

Creyó que sabiendo hacia dónde quería ir, habiendo tomado a conciencia esa decisión y los recaudos correspondientes, todo sería más sencillo y lejos estaba de estar en lo cierto.

Comenzó su camino con entusiasmo, feliz de haberse animado a dar ese paso, en realidad esos tantísimos pasos que debía dar para llegar a su lugar. Con las primeras lluvias no se desanimó, ni con los vientos, ni las nevadas. Tropezó algunas veces y otras cayó. No le importó.

Descansaba cuando podía, apreciaba los diferentes paisajes, disfrutaba de las personas que iba conociendo a medida que avanzaba. Sin embargo, no avanzaba todo lo que realmente deseaba.

El tiempo pasaba y el hombre tardaba más de lo pensado en llegar a “su” lugar. Caminaba sin cesar y parecía que jamás llegaría. Corría las piedras, evitaba los peligros, se cobijaba en las tormentas, iba con paso firme y seguro, pero ese destino parecía no llegar jamás.

Se alimentaba, descansaba, hacía todo lo que se suponía debía hacer para llegar de una vez por todas, pero no llegaba. Rezaba, pensaba, pedía y se preguntaba:

-¿Habré calculado mal la distancia? ¿Estará más lejos de lo que imaginaba?

Y ésas, fueron las dos primeras de las muchas que comenzó a hacerse.

¿Por qué le era tan dificultoso llegar? ¿Por qué otras personas habían llegado a su destino tanto más fácil que él? Parecía que las piedras y los obstáculos aumentaban a medida que el hombre avanzaba. El clima no ayudaba, empezaba a cansarse, a pensar en que tal vez no había tomado la mejor decisión.

El hombre sentía que no se había equivocado porque había decidido con el corazón y con algo de la razón también, con fe y decisión, con entusiasmo y sabiendo lo que hacía, pero a pesar de eso, su destino le era esquivo.

¿Podía fallar habiendo tomado todos los recaudos? Si sentía en su corazón que ése era el camino a tomar ¿podía ser una decisión equivocada? ¿Sería que no llegaría jamás? ¿Por qué Dios no le hacía más sencillo su caminar? ¿Por qué él debía esforzarse tanto y tanto y tanto?

Comenzó a sentir el cansancio y algo que jamás había sentido: desazón y desesperanza.

Pensó hasta cuándo seguiría caminando. Se sentó, se tomó la cabeza con las manos y mirando la tierra, sintió que tenía que volver a decidir: seguir o volver.

Tal vez ese destino no existía, quizás jamás debía haber abandonado su lugar de confort. Evaluó las opciones: no eran muchas, volvía o seguía y sopeso ambas. Si volvía, tal vez se ahorraría un camino inútil, pero jamás sabría si su lugar efectivamente lo estaba esperando. Si seguía, podría sufrir una gran desilusión, la más grande de su vida quizás, pero también podía lograr su cometido, su fin, su propósito, ni más ni menos.

Y decidió seguir, más allá de todo y a pesar de todo, siguió y luego de un mucho tiempo, muchos obstáculos y sobre todo mucho aprendizaje llegó.

Le pareció mentira. Estaba en SU lugar, sabía que era ése. ¿Era cómo él lo había imaginado tantas veces? No podía contestarse esa pregunta, pero estaba feliz. ¿Resultarían las cosas tal como él creía allí donde estaba ahora? No lo sabía, pero imaginaba que sí.

Siempre hay un lugar que nos hace feliz y más plenos, un lugar al que sentimos propio. No todos lo encuentran, pero quienes tienen la bendición -primero de saber que existe, luego de buscarlo con ahínco y finalmente encontrarlo- saben que cualquier piedra que haya habido en el camino habrá valido la pena. Que las tormentas, los vientos, los pozos, el hambre y el cansancio sirven para hacernos más fuertes y disfrutar más cuando ya hemos llegado.

El hombre fue feliz, tanto como lo había soñado o más de lo que había creído pero no solo porque había llegado a destino, sino porque había llegado fortalecido y mejor persona de esa que había partido hace tiempo.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Ilustración: ANNA BURIGHEL

El caminante es uno de los cuentos cortos espirituales de la colección cuentos cortos para jóvenes de la escritora Liana Castello. Para jóvenes y adultos.

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