Cuando no me recuerde


Los años traen muchas cosas y se llevan muchas otras también. Mi madre tenía ya muchos años vividos y vividos intensamente. Su vida fue una vida de trabajo, de familia, de lucha. Seguramente, una vida como la de la mayoría de las madres.

El destino quiso que la mayoría de mi vida la viviese con ella y eso nos hizo muy unidas. No sé quién dependía más de quién. A pesar de tener yo mi propio hijo, ella se había convertido en mi niña. Los años, muchos, sus dolores, muchos también hicieron de mi madre un ser al que debía cuidar todo el tiempo y yo lo hacía con el mayor de los amores.

Sabido es que el paso del tiempo hace que los roles se intercambien y quienes antes cuidaron de nosotros, son ahora seres que necesitan que nosotros los cuidemos. Necesitan mucho amor, que les demos seguridad –la misma que nos daban ellos antes- que calmemos sus temores y por qué no, que los aferremos a la vida.

No me pesó jamás cuidar de ella, por el contrario. Entendía que esas eran las reglas de la vida, lo tomé hasta como un privilegio el tener la posibilidad de cuidarla, porque eso significaba que estaba conmigo todavía a pesar de su edad y de la mía. Un día olvidó un nombre y no me preocupé, otro día olvidó otro. A los pocos días no estaba segura de dónde estaba, ni con quien.

Lo que en principio tomé como algo pasajero, el olvido, se instaló en ella y a partir de allí era poco lo que recordaba. Yo le hablaba, como siempre lo hice y aún más. Le repetía las rutinas, le relataba qué haríamos, quién vendría, qué habíamos hecho, hasta que un día me encontré recordándole quién era yo y cómo se llamaba ella.

Mi madre se perdió entre dolores y recuerdos, entre presentes y pasados, entre quienes estamos y los que ya hace tiempo que partieron. Si bien sé que no es la única, si bien sabía que esto podía pasar en algún momento, nunca imaginé que sería tan duro. No es lo mismo calmar un dolor físico, dar una sopa de a cucharadas, pasar una pomada, hacer un masaje que tener que decirle a tu madre que eres su hija y contestarle algo cuando te confunde con su propia madre.

El olvido es cruel pues en él no está lo vivido, ni el amor que nos une a la otra persona, se va la historia, desaparece lo compartido y eso duele, duele tanto… Sé que esto no tiene retorno, que tal vez algún día una pequeña chispa le haga recordar por un momento quién soy, que quizás algún sonido le traiga algún recuerdo feliz o que tal vez esto jamás suceda.

Sin embargo, así como siempre estuve para calmar sus dolores físicos o ayudarla a caminar o a comer, aquí estaré con ella aunque deba repetirle mi nombre infinitas cuantas veces.

Yo tomaré su mano cuando no me recuerde, acariciaré su rostro aunque no sepa quién soy, secaré sus lágrimas cuando no sepa ni siquiera quién es ella porque yo sí sé quién es y quién ha sido.

Porque en mi memoria y en mi corazón este amor está intacto, porque yo recuerdo y con eso basta.

Porque no olvidé todo lo que hizo por mí.

Porque la amo y la seguiré amando y acompañando, incluso cuando el olvido y la confusión parezcan los triunfadores de la batalla.

Como en ese cuento que mi madre me contaba de pequeña, donde un príncipe encantado rescataba una princesa y la conducía feliz y segura a su palacio, yo la rescataré con amor, mucho amor… cuando no me recuerde.

Fin

Todos los derechos reservados por Liana Castello

Ilustración: ANNA BURIGHEL

Cuento sugerido para jóvenes y adultos

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