Hospital de corazones – Capítulo VIII

Hospital de corazones liana castello

Cuento infantil sugerido para niños a partir de nueve años. Capítulo VIII – El abuelito se siente solo.

Una tarde el abuelito que apuntaba a todo el mundo con su bastón entró al hospital. Su paso era más lento que el acostumbrado y no tenía buen semblante.

La enfermera repetidora le preguntó varias veces qué le pasaba y qué necesitaba, el abuelito repitió a su vez, una y otra vez que quería ver al doctor porque no se sentía bien.

El doctor estaba atrasado, pero cuando llegó se acercó al abuelo y lo invitó a pasar al consultorio.

-¿Qué anda pasando abuelo?

-No ando bien mijito, me duele todo, desde el dedo gordo del pie hasta el cuero cabelludo.

Necesito que me haga análisis, muchos análisis para saber qué tengo.

-¿Por ejemplo qué le duele? Cuénteme abuelo, lo escucho.

Por primera vez, el abuelo soltó su bastón, se acomodó en la silla y comenzó a hablar. Le contó al doctor que le dolían las rodillas cuando se agachaba, pero que lo hacía porque no había nadie que recogiera las cosas por él.

Le contó también que se cansaba mucho cuando iba a hacer las compras, pero que iba igual porque vivía solito. Que muchas veces no le caía bien lo que comía, pero que no era bueno cocinando y no tenía quién lo hiciera por él y que dormía a horas que no debía dormir y que no tenía a nadie que lo despertase.

-¿Me hará los análisis doctor? Necesito saber qué tengo-preguntó insistente.

El sabio doctor de cabellos despeinados supo en su corazón que el abuelo tenía un problema pero no era de salud, el abuelo estaba solo.

-No creo que haga faltan hacer ningún análisis abuelo.

El anciano volvió a tomar el bastón y elevándolo dijo:

-No me iré de aquí hasta que no me haga los análisis doctor, necesito saber que tengo.

Como el doctor ya conocía al abuelo y a su bastón, le hizo varios análisis y le dijo que volviese al día siguiente que tendría los resultados.

Al día siguiente y a primera hora de la mañana el abuelo se presentó ansioso en el hospital. El doctor lo esperaba con los análisis en la mano.

-Bueno doctor usted dirá ¿qué es lo que tengo? ¿Es grave? Dígame la verdad ya soy un hombre grande, debo saber ¿qué dicen los análisis?

-Ya le diré no hay apuro abuelo.

-Usted no tendrá apuro mijito, a mi edad los minutos corren.

-Mire abuelo necesito que me acompañe al parque debo ver algunos juegos que están despintados.

-Lo acompaño mijito pero luego de ver los análisis.

-Luego los vemos, necesito que me ayude con algo-dijo el doctor y tomó del brazo al abuelo.

El abuelo no se negó porque le gustó escuchar que alguien lo necesitaba. Era verdad que algunos juegos del parque se habían despintado un poquito, pero en realidad lo que el doctor quería era que el abuelito tuviese una ocupación, que fuera al hospital todos los días un ratito para que no se sintiese solo.

Como el doctor había imaginado, el abuelo se ofreció a pintar los juegos. Esa tarde conversó mucho con el doctor, con la enfermera y con algunos otros pacientes.

Comió en el comedor una comida muy rica, tomó sopa calentita y casera y también comió dulces. Escuchó un poco de música y se fue a su casa feliz, sin dolores y sin haber abierto los análisis.

Volvió al día siguiente a seguir pintando juegos y los demás días a arreglar cosas que se rompían, comía con el doctor, conversaban largas horas y poco a poco todos los dolores fueron desapareciendo.

El abuelo nunca más se acordó de los análisis que por supuesto, decían que el estaba sano. Ahora tenía una ocupación y se sentía necesitado. Ya no tenía como única compañía a su bastón y eso lo hacía muy feliz.

Contiuará…

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Todos los derechos reservados por Liana Castello.

Ilustración de MARIA GRANADERO

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web Art Maria Granadero

Cuento sugerido para niños a partir de nueve años.

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