Ventanas. Cuento de donación de órganos

Ventanas. Cuento de donación de órganos

Cuento de donación de órganos

Ventanas. Cuento de donación de órganos.

Tema del Cuento: Transplante de Córneas

 

¿Qué pasaría si les dijera que las cosas tienen vida?

    Sin duda, la mayoría de Uds. no me creería, pero algunos tal vez sí. El hombre tiene una mente pequeña, minúscula, mezquina diría, pero a veces para entender ciertas cosas, no queda más remedio que ampliarla.
     Pensemos que esta hipótesis es cierta. Que más allá del objeto inanimado y despersonalizado que son las cosas –a nuestros ojos- hay una vida que palpita dentro de ellas. ¿Podríamos ponernos en su lugar? ¿Seríamos capaces de imaginar tan siquiera cómo sienten, qué les pasa?
   ¿Difícil verdad? Cuesta demasiado ponerse en el lugar del otro, sea el otro, qué o quién fuese. Ese es uno de los mayores problemas de la humanidad y, en realidad, de eso se trata esta historia, de ponerse en el lugar del otro, les repito.

   El ser humano es muy limitado. Le cuesta pensar en aquello que no termina de abarcar. No le es fácil ampliar el horizonte de su mente, y muchísimas veces, el de su corazón tampoco.
   Para que entiendan mejor a dónde quiero llegar, les cuento mi historia. Tal vez así, conociendo mi realidad, puedan cambiar la suya en primera instancia y por qué no, la de muchos. De eso se trata, créanme.
   La realidad no es estática como las cosas, cada uno de nosotros, cada uno de Uds. puede cambiarla, hay que tomar conciencia de ello de una vez y para siempre.
   Yo, sin ir más lejos, soy una casa y sin embargo me estoy dirigiendo a Uds. ¿Parece mentira verdad?, pero no lo es. Podrán creerme o no, pero  en este mágico momento en que sus ojos están leyendo estas páginas, ésta es la única realidad que existe, la única posible, la que están abarcando en este momento.
    Ya les dije, soy una casa. Tengo paredes, piso, techo, muebles, en fin, lo usual para alguien de mi naturaleza.

   Algunas de nosotras tienen más suerte y además de ser casas (meros edificios de diferentes materiales y aspectos), alcanzan la categoría de hogares, pero eso da para otra historia.
    Insisto, no muchos se dan cuenta que tenemos vida propia. La gente vive dentro de nosotras su vida entera o algunas etapas de ellas y no perciben que escuchamos, vemos y sobre todo, sentimos lo que les ocurre.
   Parece extraño lo que digo, tal vez lo sea. Para quienes tengan la mente abierta y sobre todo el corazón, no lo creerán tan loco como suena.

   Para darles un ejemplo, nuestra piel son las paredes. Ellas sufren los vaivenes del tiempo, la lluvia, el sol. Envejecen y se debilitan. Pueden pintarse y así parecer que han rejuvenecido, pero no dejan de tener los mismos años, no nos engañemos. Tenemos un corazón que late, que palpita, se acelera o se detiene y está formado ni más ni menos que por quienes nos habitan. Sus vidas, sus emociones, son las nuestras. Si la gente que vive dentro de nosotras -las casas- es feliz, respiramos mejor, hay armonía en nuestro cuerpo. Si,  por el contrario, nuestros habitantes sufren, también su dolor nos afecta.

   No podemos hablar, es verdad. Tampoco abrazar, pero sí contener y dar la bienvenida. Ni que hablar de dejar partir a quienes nos han herido o quienes así han querido hacerlo. También sabemos mucho de eso.
   Y los ojos, nuestros ojos -porque también los tenemos- estimo muy pocos saben eso, son las ventanas. Debo decir al respecto que no somos tan ordenados como los seres humanos. Ustedes poseen dos, pueden ser de diferentes colores, pero siempre son dos, uno a cada lado de la nariz. En cambio nosotras podemos tener muchos, pocos, pueden estar ordenados caprichosamente. No todos tienen la misma forma, pero sí la misma importancia. Las ventanas son fundamentales para nosotras, sin ellas no vemos. Por allí miramos al mundo y el mundo entra dentro de nuestras paredes.

    A través de las ventanas llega la luz y con ella la realidad exterior.  Vemos quien llega y quien parte también. A través los vidrios que las conforman, o mejor dicho nuestros ojos, vemos la vida misma.
   No les he dicho algo y es importante. Tal vez lo haya dejado para el final por miedo o para no darles lástima. Ya han de estar pensando que no estoy en mi sano juicio o, mejor dicho, tal vez sean Uds. los que crean haber enloquecido si algo de lo que están leyendo les parece real.  Aún así, quiero que lo sepan, deben saberlo. También de esto se trata esta historia. Ya dijimos que la realidad puede modificarse, pero para eso es necesario saber y yo les quiero contar.

   Estoy enferma, seriamente enferma. No voy a exagerar y decirles que mi vida pende de un hilo, no es este el caso (¿y si lo fuera, cambiaría algo, se conmoverían más?). Sin duda, seguiré respirando aunque mi problema no encuentre una cura. Aún así, es muy difícil y lo será más si no lo soluciono. Vivir no es sólo respirar, es mucho más que eso.

   Vivir es disfrutar, pertenecer, ver a los demás, percibir la belleza exterior, observar el paso del tiempo. Vivir no es soportar la vida, sino tratar de vivirla lo más dignamente que nos sea posible.
    Mis ojos están enfermos. Los vidrios de mis ventanas ya no ven como antes. Podría darles el nombre de mi enfermedad pero ¿importaría?. La cosa es que estos ojos que me han acompañado toda mi existencia, parecería que se han cansado de ver. Cada día que pasa,  la noche dura más tiempo para mi, las sombras son una compañía constante ya, de la que no puedo desprenderme. Se que han tratado de hacer todo por sanar mis vidrios, por  limpiarlos, pero no ha sido posible. Han recurrido a quienes más saben y todos han dicho lo mismo, ya no tienen arreglo.

   No quiero resignarme a no ver, no tengo por qué. No quiero pensar que no veré la luz del día, las hojas moverse con el viento, la gente que entra y sale; en definitiva la vida misma.
   Quiero vivir de la mejor manera posible, lo merezco, como cada uno de ustedes lo merece también, pero para eso necesito poder ver bien.

    Hay una solución, pero no está en mis manos hacer uso de ella.
   ¿Hay mayor crueldad que tener la solución al alcance de tu mano y no poder asirla? No está en mi decidir mi curación, tampoco en los especialistas. Ellos saben el proceso, pero necesitan algo que sólo otro puede proveer. Sin una ofrenda generosa de un “otro”, mis ojos se apagarán sin remedio y sólo serán un recuerdo, un mero dibujo en mi fachada, nada más.

     Mis vidrios podrían reemplazarse por otros que estén sanos.   Hay casas que ya nadie habita, casas destinadas a ser destruidas, con los días contados, cuyos ojos aún están en perfectas condiciones. Parece una locura, pero no lo es. La casa que los contiene no tiene esperanzas, pero los ojos que miran por ella sí, siguen deseosos de ver la vida.

    Es una práctica común, digo lo de cambiar los vidrios de una casa en desuso a otra que sí está habitada, al menos en otros países. Lástima haber sido construida aquí.
   Me pregunto, entre las sombras que se apoderan de mi cada vez más, cómo es posible que si muchísimos lo hacen y vuelven a gozar de la magia de ver ¿por qué entonces nos resulta tan difícil hacerlo aquí? ¿Por qué nadie puede darse cuenta que algo que está destinado a ser destruido junto con esa casa sin uso, puede devolverle a mi vida la luz?. No termino de entender, sólo quiero que los vidrios de alguna casa que ya no los necesita -pues nadie la habita- sean cambiados por los míos. Tengo tanto para ver todavía…
 
   ¿Les había dicho que la realidad no es estática verdad?

    Bendita sea esa verdad que cambió mi vida de un día para el otro. Alguien se apiadó de mi, alguien pensó más allá de la demolición y de la nada. No confiaba en que esto pasaría, pero hubo quien pensó en la necesidad ajena y me dio unos vidrios, o mejor dicho unos ojos nuevos, que otra casa ya no necesitaba.
   Fue un procedimiento sencillo, tan sencillo que no ameritaba la larga espera, el sufrimiento, el miedo y la oscuridad en que mi vida se había sumido.
    Mientras dejo que la luz se apodere de mi, me penetre y me embriague, pienso en cómo puede cambiar todo, aún aquello que creemos no tiene remedio.
    Aquello que creíamos que siempre funcionaría, por alguna razón algún día deja de hacerlo. Cuando quizás damos todo por perdido, la solución viene de la mano de una ofrenda generosa que nos devuelve la calidad de vida, las ganas o la vida misma.
   Hoy puedo volver a ver, mis ventanas ya no son meros dibujos en la fachada que ostento. Existen, sirven, viven.
   Podría darles muchas razones para esta especie de milagro. Sin embargo, la que viene a mi mente con más fuerza, la que sale de mi corazón,  es que alguien fue capaz de ponerse en el lugar del otro. Ni más, ni menos que eso.
   De eso se trataba esta historia. Se los dije.

Fin

Marzo 2009

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Nro. Expte. Direc. Nac. Derechos de Autor 749435

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