Espinoso y las tres ranitas


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Cojeando y mal herido, espinoso con sus tres amigas, emprendieron de nuevo el peligroso camino. Tenemos que encontrar un sitio húmedo, pronto amanecerá y con los días de calor que están haciendo, no lo soportaríamos– decía Violeta, que al no haber estado de acuerdo en salir de la granja, de alguna manera estaba reprimiendo a sus hermanas y a espinoso —.
—Debo tener mi olfato dañado, por que no huelo nada— decía espinoso, con tristeza —.
Después de dos horas caminando y cuando pensaban que no lo conseguirían, se toparon con una charca muy grande, pero que igual que la que ellos habían dejado, se estaba secando.
—Por los cálculos que hemos hecho, debe ser está la charca, pero no tiene agua, está casi seca – dijo Anita, con tristeza —.
—Me parece a mí, que la charca que nunca se seca y de la que tanto nos han hablado nuestros amigos, no existe – dijo Marga, también con tristeza —.
— ¿Y que hacemos ?– dijo Violeta, con tristeza igual que sus hermanas —.
—No sé, no esperaba esto.
—Que os parece, si nos quedamos a pasar el día y la noche que viene nos volvemos a la granja – dijo espinoso, con aspecto cansado —.
Las tres ranitas estuvieron de acuerdo y buscaron un sitio para descansar.
Sobre la una del medio día, una culebra los había detectado y se iba acercando silenciosamente a ellos. Espinoso, que al estar herido y el dolor no lo dejaba dormir, se dio cuentas del peligro. Este llamó a las ranitas y estas se pusieron detrás de él. La culebra empezó a preparar el ataque y se fue levantando, quedando su cuerpo casi vertical. Está con rápidos movimientos de cabeza, lanzaba violentos ataques sobre ellos. Espinoso estaba cansado y mal herido y  la serpiente con sus rápidos movimientos, le iba ganando la pelea. Este sabía que si era vencido por la serpiente, sus tres amigas serían devoradas y eso era lo que le mantenía luchando casi sin fuerzas.
Cuando más desesperados estaban, llegó burlo, que al no verlos en el gallinero, decidió salir en busca de ellos. La serpiente al ver a burlo, se fue como había venido, silenciosamente.
—Gracias burlo, si no hubieras venido, no sé que nos hubiera pasado – dijo espinoso, con voz de agradecimiento —.
— Estoy  muy enfadado con vosotros, os dije que os traería – le dijo burlo, reprimiéndolos —.
—Ya lo sé burlo, pero era tanta las ganas de conocer la gran charca, que cuando tuvimos el percance con sombrío, decidimos emprender el camino – dijo Anita, con voz de culpable —.
—Volver a la granja, allí siempre hay comida – dijo burlo —.
—Es que ese sombrío, no nos deja vivir.
—No le hagáis caso, la granja no es suya.
—Ya, pero como todos tenéis trabajo y nosotros no, parece que queramos vivir del cuento.
— Eso solo lo puede pensar ese sombrío, el resto de la comunidad no piensa de esa manera.
Después de hablar un rato, optaron por volver a la granja.
Los cuatro se subieron encima de burlo y emprendieron el camino de regreso a la granja. Cuando iban llegando, percibieron que algo no iba bien, había mucho alboroto y el dueño con escopeta en la mano, salía con dos ayudantes, tras los ladrones de gallinas.
—Que ha pasado— le preguntó burlo a madero —.
— Se han llevado una cuantas gallinas y no han sido todas, por que el dueño se levantó  al sentir el ruido.
— ¿Y como no ha avisado sombrío?
—El dueño acaba de lanzarle un par de tiros y le ha dicho que no quiere verle, que no sirve para nada.
—Decíais que no teníais trabajo, pues ya lo tenéis, podéis ser los vigilantes de la noche.
—Pero está sombrío.
—Estaba, estaba – dijo burlo, con sentimiento y algo de alegría —.
Espinoso y las ranitas, estuvieron mucho tiempo viviendo en la granja y contribuyendo con su trabajo, al buen desarrollo de la misma.

Anita  optimista
Violeta  pesimista
Marga  ingeniosa

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Autor: Guillermo Jiménez

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