Espinoso y las tres ranitas


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—Si queréis, pueden venir a nuestro gallinero, tenemos mucho agua y estaréis mejor que aquí— le decía estirado, que era como se llamaba el fornido gallo —.
—Es que hace mucho calor – le decía Violeta —.
—Por eso no os preocupéis, se suben encima de mí y en un santiamén, estáis en nuestra pila – les decía el gallo —.
Las ranitas lo estuvieron consultando entre ellas y junto con espinoso que estaba de acuerdo, aceptaron ir al gallinero.
Estirado se agacho y las tres hermanas, dando pequeños saltos, se subieron en el lomo de estirado. Agarrase bien, que en unos segundos estamos en la pila – le decía estirado y salía corriendo hacía el gallinero —.
—Espinoso: con su lento caminar, seguía a estirado —.
La pila era bastante grande y estaba repleta de agua. Las tres ranitas se dieron un buen baño y esperaron a que llegara su amigo espinoso.
Cuando este llegó, estirado les fue presentando a su harén.
—Estas son mis polluelas, pronto serán tan buenas ponedoras, como estas hermosas gallinas, que nos rodean.  Esta es pulida, una de mis preferidas, pero no os quiero hablar de mis preferidas, son muchas y os cansaría. Os hablaré de mi trabajo (bueno lo que yo hago), que consiste en tener contentas a mis gallinas, ustedes ya me entienden y que pongan muchos huevos, así el dueño no se queja y  todos contentos, por que habiendo producción, no nos faltará nunca la comida.
—Tiene usted un buen trabajo señor estirado – le decía espinoso —.
—No me puedo quejar pelos tiesos, no me puedo quejar. Bueno: veo que estáis cansados, os dejaremos que descanséis – le dijo estirado y se marcho hacía la otra punta del gallinero —.
Había llegado la noche y el silencio se había apoderado del gallinero.
—Ahora con la fresca de la noche, podemos visitar a nuestros vecinos.
—Pero estarán todos durmiendo.
— es verdad Anita.
—Menos el gato – dijo Marga, que hablaba con espinoso —.
Sombrío estaba dando la vuelta y se paró en el gallinero, para hablar con los nuevos vecinos.
— Buenas noches.
—Buenas noches señor gato – le contestaron los cuatro —.
—He sabido de la asamblea y también que habéis sido aceptados en la granja, por mayoría absoluta.
—Si señor gato, les estamos muy agradecidos a todos los miembros de esta gran comunidad.
—Esto se está poniendo muy mal y  pronto no cabremos en la granja.
—Claro, como aquí todo el que viene es aceptado, así nos van las cosas.            —Perdone pero…
—no se preocupen, ustedes no tienen la culpa, buenas noches, me tengo que marchar —.
—Buenas noches – le volvieron a contestar los cuatro —.
—Es verdad, que es serio el gato.                                                                     �
—Ya lo creo espinoso – le contestó Violeta —.
—Vamos visitar a las ovejas – dijo Anita—.
—Si, vamos – dijo Marga —.
—Esperar, que iremos los cuatro – dijo espinoso, que hablaba con violeta —.
El corral de las ovejas estaba junto al de las gallinas y solo tuvieron que ir a donde estaba su pilón del agua.
Las ovejas estaban echadas sobre una seca alfombra de paja y en una esquina de la misma, estaban las cabras, que compartían el mismo corral. El carnero dominante, que igual que las ovejas, rumiaba tranquilamente la comida, al sentirlos llega, se levantó y fue hacía el pilón del agua.
—Buenas noches, que les trae por aquí.
—Buenas noches señor carnero— dijo espinoso —.
—Queremos conocer a los vecinos – le contestó Violeta —.
—Ahora mis hembras están durmiendo, si os puedo ayudar yo en algo— le dijo el carnero —.
—Queríamos saber, que tipo de  trabajo hacéis en la granja – le preguntó Anita—.
—Ves lo pelado que estoy.
— No me había dado cuentas – le contestó Anita —.    �
—Cada año cuando llega el verano, nos pelan y además de la leche que dan mis hembras, suministramos lana.
—Buenas noches – dijo el macho cabrio, que había sentido hablar y se acercó al pilón —.
—Buenas noches, contestaron los cinco que habían—.
—Nos  está contando el señor carnero, en que consiste su aportación a la granja. ¿Nos podría decir usted, en que consiste el vuestro?
—Lo nuestro es solo leche, pero como puedes comprobar, una de mis chicas, tiene mas leche que cuatro de las suyas.
—No te pases madero, que no es tanta.
—Como siempre me vienes diciendo, que nosotros no aportamos lana, te tengo que decir que lana no, pero aportamos mucha mas leche por cabeza que ustedes.
—Buenas noches— dijo una oveja, que con el ruido – se había despertado —. Buenas noches – le contestaron los seis —.
—Que hacen ustedes por aquí.
—Estamos dando una vuelta, para conocer a los vecinos.
—Muy bien, es bonito conocerse, así siempre nos podremos ayudar entre nosotros.
— Estamos muy contentos con todos ustedes. Intentamos llevarnos bien con todos y con ustedes que acabáis de llegar lo mismo.
— Muchas gracias señora oveja.
—Me podéis llamar margarita
—. Gracias – le contestaron los cuatro —.
Buenas noches – dijo una cabra, que también se había despertado —.
Buenas noches— le contestaron los siete a la vez —.
—De que va el rollo colegas, que no nos dejáis dormí —.
—Queremos conocer a todos los vecinos.
—Pues lo podíais hacer de día
— Es que de día, nosotras no podemos por el calor – le contestó marga —.
—No seas así tocada – le dijo el macho cabrio, reprimiéndola —.
—Lo siento madero, pero cuando no duermo, me atacan los nervios y me pongo así de impenitente —.
—Ya nos vamos ¿iremos a ver a las vecinas vacas?
—Lo siento amigos, son los nervios.
—No se preocupe tocada, a mí a veces, me sucede lo mismo – le dijo Violeta —.
Las vacas rumiaban tranquilamente en su cuadra, cuando llegaron las tres ranitas y espinoso.
—Buenas noches – dijeron los cuatro a la vez —.
—Buenas noches, vosotros sois los nuevos vecinos verdad – le preguntó tetosa, que era la que tenía la ubre más grandes de todas las vacas de la granja —.      — ¿Que hacéis a estas horas de la noche? – le preguntó otra de las vacas, que al oír hablar se despertó —.
—Estamos dando una vuelta por la granja, para conocer a los vecinos – le contestó espinoso —.
— ¿Vienen de muy lejos? – le pregunto tetosa, con voz amable —.
—Si, de muy lejos, la charca donde vivíamos se estaba secando y tuvimos que marcharnos – le contestó Violeta con voz apenada —.
—No estés triste pequeña, aquí podéis vivir muy bien.
—A todos los vecinos les estamos preguntando, en que consiste su aportación a la comunidad – le preguntó espinoso, intentando darle un aire más amable a la conversación —.
—Nosotras aportamos leche para los humanos y les damos tanta, que no las tienen que sacar con unos raros artilugios —antiguamente, me contaba mi abuela, que los humanos las ordeñaban y decía ella, que entonces era muy divertido, no como ahora —algunas veces contaba ella, que mientras las ordeñaban, les daba un pequeño golpe y los tiraba al suelo— ¿Que divertido tenía que ser aquello, verdad señor pelos tiesos? – decía tetosa, que estaba muy alegre contando aquello —.
—Si, eso de ver a los humanos por el suelo, tenía que ser muy divertido – le decía espinoso —.
—Amigas vacas, nos vamos y muchas gracias por todo – decía Anita —.
—No hay de que pequeñas, aquí siempre seréis bien recibidas.
—Seguiremos dando la vuelta – le dijo espinoso y se marcharon —.
—Espinoso: que té pasa – le preguntó Marga —.
—Estos vecinos que hay aquí, huelen muy mal – dijo espinoso, que no dejaba de oler —.
— ¿Quienes son?— le preguntó Violeta —.
—No sé, ahora lo sabremos – contesto espinoso—.
Entraron en la zahúrda y vieron que los vecinos que allí había, eran cerdos.
—Buenas noches – dijo espinoso —.
—Buenas noches – le contesto chata, que era como se llamaba una joven cerda, que acababa de parir a doce hambrientos lechones –.
—Chata estaba tumbada y sus doce lechones dormían placidamente junto a ella. Esta con trabajo y mucho cuidado de no pisar a ningún hijo, se incorporó, para hablar con la visita.
—Estamos dando una vuelta por la granja, para conocer a los vecinos.
—Muy bien, yo soy chata y estos son mis lechones.
— ¿Cuantos hijos?— dijo con asombro Violeta —.
—Nosotras solemos tener muchos hijos.
— ¿En que consiste vuestra aportación, a la granja?
— En criar lechones, contri más mejor.
—Como en criar lechones – le dijo espinoso—.
—En criar como te estoy diciendo y cuando se hacen  grandes, los humanos se los llevan. Luego nos quedamos de nuevo embarazadas, parimos, los criamos y cuando se hacen grandes, lo de siempre— decía chata, con tristeza e impotencia —.
Bueno nos marchamos, que ya falta poco para que se haga de día y nosotros, tenemos que estar en sitio húmedo.
—Podéis quedaros aquí, esto está muy húmedo y el agua nunca falta.
— Es que tenemos ya sitio.
—Como ustedes quieran.
—Gracias por eso.
—De nada.

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Capitulo 5º Un toque de racismo

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