Espinoso y las tres ranitas


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Las tres ranitas cogieron sus pequeños equipajes y  junto con su amigo espinoso, se lanzaron a la aventura o mejor dicho, se lanzaron en busca de la supervivencia.
Las tres hermanas dando pequeños saltitos, seguían a espinoso, que con su lento caminar, iba abriendo camino.
Cuando llevaban un par de horas caminando (bajo aquel viejo  manto negro, con tantas estrellitas colgadas y aquella hermosa luna, que con su fuerte resplandor, les iluminaba el seco camino), se toparon con un gato montes, que intentó comerse a Marga, que iba un poco más avanzada que sus hermanas. Esta al ver las zarpas del gato, dio un salto y muy asustada y temblorosa, se posó cerca de espinoso.
Las dos hermanas al ver el peligro y asustarse tanto como Marga, hicieron lo mismo que esta y buscaron la protección de espinoso. Este: que había puesto su cuerpo entre el gato y las ranitas, entró en un estado de defensa,  erigiendo sus puntiagudas espinas. El gato después de bufar un poco, le dio un fuerte zarpazo a espinoso, dando a continuación un fuerte gruñido de dolor. Espinoso había conseguido clavarle un par de espinas en la zarpa derecha y este cojeando, se marchaba de allí.
—Gracias espinoso, si no hubiera sido por ti, aquí se habría terminado el viaje para mi— le decía  Marga, que aun tenía el susto metido en el cuerpo —.
—No os alejéis mucho de mí, ya os he dicho, que el bosque está lleno de peligros – les decía espinoso, dándole una pequeña reprimenda —.
Las tres hermanas, mas pegadas a espinoso de lo que lo habían hecho hasta entonces, continuaban el sufrido camino.
—Está  llegando el día, tendremos que buscar un sitio que este húmedo y fresco – decía Marga, con aquella suave voz —.
Espinoso empezó a levantar el hocico.
—Que haces espinoso, que respiras tan raro – le preguntó Anita —.
—Estoy intentando buscar agua, cuando se haga de día, si no encontramos agua, tendréis que enterraros en la zona más fresca que encontremos.
—Me parece que tendremos suerte, estoy oliendo agua y casi nunca fallo en mis predicciones.
Espinoso no se equivocaba: se trataba de un abrevadero de toros bravos.
El sol estaba saliendo  y sus brillantes rayos iluminaban la amarilla dehesa, a la cual la falta de agua, le había abierto grandes grietas, a su sufrida tierra.
Las tres hermanas y espinoso, cuando llegaron al abrevadero se metieron bajo un puente que tenía los pilones y se echaron a descansar. Sobre las doce del mediodía, se fueron acercando los toros bravos para beber y con el ruido que estaban haciendo, no tardaron en despertarlos.
— ¿Que animales más grandes, me gustaría ser su amiga?— dijo Anita, que los miraba con ojos asustadizos —.
—Yo tampoco los había visto antes y es verdad Anita, que grandes son – decía Marga —.
—Ellos  no tendrán problemas, por que nadie se meterá nunca con ellos, no como nosotras, que al ser tan pequeñas, todos nos atacan. Mira el gato de anoche, un poco más y no lo contamos – decía Violeta, que también estaba asustada —.
—Yo que me muevo por más sitios que vosotras, tampoco los había visto nunca – decía espinoso, que estaba con las espinas preparadas, por sí acaso —.
—Yo creo que no nos tenemos que preocupar, si os dais cuentas, vienen comiendo hierbas, por lo tanto deben ser herbívoros – dijo Marga, que aunque se había asustado mucho con el gato montes, era la menos asustada de las tres hermanas —.
— Es verdad hermanita,  están comiendo hierbas —. Dijeron las dos a la vez —.  —Por lo que veo, puedo bajar la guardia, no creo que tengamos problemas con ellos – dijo espinoso y sacó un poco la cabeza de debajo del pilón, para hablar con ellos —.
Dos enormes toros, que bebían junto a ellos, al verlo dieron un respingo y se apartaron asustados. El resto de la manada, que al ver a sus compañeros correr, hicieron lo mismo y  con caras asustadizas dirigían sus miradas hacía donde miraban los dos primeros, que era donde estaban ellos.
—No asustaros, que queremos ser amigos vuestros – les dijo espinoso, a los dos primeros toros que habían salido corriendo, estos al oírlo (un poco recelosos), se fueron acercando a ellos y lo mismo hizo el resto de la manada.
—Queremos ser vuestros amigos – les dijo  Marga, con suave voz —.
—A vosotras no os había visto,  pensaba que solo estaba el de los pelos tiesos — Dijo uno de los toros, al oírla —.
Somos tres hermanas – le contestó Marga—.
Anita y Violeta que aun seguían asustadas, al oír a Marga, hicieron acto de presencia.
— ¿Y que hacéis por aquí, por que ustedes no sois de este campo? — Le dijo el otro toro —.
—Estamos buscando la gran charca – le dijo espinoso—.
—La gran charca y eso que es – le contestó el primer toro, que les habló —.
—No lo sabes.
— No, yo nunca he salido de este campo y los compañeros que lo han hecho, nunca han vuelto para contarnos  cosas de fuera.
—Es donde hay mucha agua, hay tanta que nunca se acaba.
—Y la han visto ustedes.
—No, no lo han dicho unas  palomas amigas.
—Si que tenéis amigos y además de diferentes especies.
—Hay que llevarse bien con todos, amigo toro.
—A mí me gustaría llevarme bien con todos, pero no sé si es por que somos muy grandes y nos tienen miedo, por que nadie que no sea de nuestra especie, quiere ser amigo nuestro.
—Pues eso se ha terminado, a partir de hoy, nosotros seremos amigos vuestros. —Que guay, tener amigos de otros sitios y de otras especies
— ¿Cómo te llamas?
—Empinado y este es templado, mi único amigo, siempre estamos juntos los dos.
—Que nombres más bonitos tenéis – le dijo  Anita —.
—Y ustedes como os llamáis – le preguntó empinado—.
—Yo soy Anita.
—Yo Violeta.
—Yo Marga.
—y yo espinoso.
—Ustedes si que tenéis unos nombres bonitos y además puesto por vuestros padres, no como a nosotros, que nos los ponen los humanos— le decía empinado, con mucho sentimiento —.
—Como ahora somos amigos, si queréis, os podemos llevar hasta donde están esos palos que no nos dejan pasar – le dijo templado, también  con mucho sentimiento —.
—Muchas gracias, por ofrecernos vuestra ayuda – le dijo espinoso.
—Para eso son los amigos, para ayudarse – le contestó empinado, con lentas palabras —.
—Pero tiene que ser de noche, a nosotras si nos da el sol, nos morimos.
—Por eso no os preocupéis, esta noche vendremos los dos – le dijo empinado —.
El sol en el horizonte se acababa de marchar y cuando la noche iba llegando, empinado llegaba  al abrevadero solo y muy triste.
— ¿Hola empinado, donde está tu amigo?
—Se lo han llevado esta tarde los humanos, el no quería irse, pero esos humanos son muy violentos y si no haces lo que ellos dicen, te pinchan con una barra larga que llevan y que hace mucho daño – les decía empinado, lleno de sentimiento y tristeza —.
—Venga subir, que os llevaré hasta donde os dije esta mañana.
— ¿Y como nos subimos, con lo grandote que eres?
—Perdonar, a veces me olvido de eso —os  acercaré el cuerno y a través del podréis subir.
—Gracias empinado – les decían los cuatro, mientras se  iban subiendo, en aquel corpulento lomo —.
Las tres ranitas y espinoso estaban muy contentas, por que el ir con empinado, les haría llegar un par de días antes, a la deseada charca.
—Esto que estás haciendo por nosotros, te lo agradeceremos siempre – le dijo espinoso—.
— Es un placer ayudar a mis amigos y siempre que paséis por aquí, no dudéis en saludarme.
—Ya creo que te saludaremos, eres un gran amigo empinado, un amigo autentico, de los que por desgracia hay pocos.
—Gracias por decirme eso pelos tiesos, me has hecho muy feliz con tus palabras – le contestaba empinado, con palabras lentas y llenas de sentimientos —.
—Hasta aquí puedo llegar – les dijo empinado, cuando llegó a las maderas de la cerca —.
Las tres ranitas y espinoso se bajaron y llenos de sentimientos, se despidieron.
Las tres ranitas y espinoso, después de tan afectiva despedida, emprendieron el camino a pies.
—Que gran amigo hemos dejado atrás.
— Si Anita, de los auténticos, de los que siempre se puede contar con ellos.
—Es muy noble –  Ya  creo que es noble Marga —.
—Espinoso: ¿quedará mucho?
—No sé Violeta, pero con lo que hemos adelantado con empinado, quedará la mitad, más o menos.
— ¿Que es ese ruido? – Dijo  espinoso—.
Las tres ranitas, al oír aquello y sin pensárselo un segundo, se pegaron a espinoso como tres lapas. Segundos más tarde, el hocico de una gineta que merodeaba buscando comida, hacía acto de presencia junto al hocico de espinoso. Este al percibir el peligro tan cercano, emergió las temibles espinas y la gineta que ya habría tenido antes algún encontronazo con algún erizo, sabría el dolor que producían las espinas, por que solo lo olió y se marchó.

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Capitulo 3º La llegada a la granja

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