El regalo de Navidad


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El regalo de Navidad

El regalo de Navidad. Christine Leeson. Cuento de Navidad. Cuentos de animales. Cuento perteneciente al Proyecto Cuentos para Crecer.

Era la primera Navidad de la ratoncita Molly. El cielo estaba iluminado por franjas rosas y doradas, y la emoción se podía palpar en el ambiente.

A través de la ventana de una casa, vio que algo brillaba y refulgía en la noche.

–Mamá, ¿qué es eso? –exclamó Molly, emocionada.

–Es un árbol de Navidad –dijo su madre–. La gente lo adorna con bolas brillantes, luces y estrellas.

–Ojalá tuviéramos nosotros un árbol de Navidad –suspiró Molly.

–¿Por qué no vas al bosque buscar uno? –dijo su madre–. Seguro que te quedaría tan bonito como ese que ves detrás de la ventana.

A Molly le pareció una idea fantástica. Llamó a sus hermanos y hermanas, y juntos corrieron a buscarlo. Por el camino encontraron un granero, y los ratoncitos entraron en él para buscar algo con que adornar el árbol. Bajo un gran montón de heno, Molly encontró una muñeca.

–Es como la que corona el árbol que vi por la ventana –dijo–. Es ideal para nuestro árbol. Pero la muñeca ya tenía dueño.

–Grrr! –gruñó el viejo perro de la granja– ¡Es mía!

–¡No nos hagas daño! –suplicó Molly–. Yo sólo había pensado que la muñeca quedaría muy bonita en nuestro árbol de Navidad.

El viejo perro bostezó. Lo cierto es que a veces cazaba ratones. Pero, quizá por ser Navidad o quizá porque se acordaba de los tiempos en que jugaba con los niños junto al árbol de Navidad de la granja, les prestó su juguete a los ratoncitos. Los ratoncitos salieron de la granja con la muñeca y llegaron a la entrada del bosque.

–¡Mirad! ¡He encontrado otro adorno para el árbol! –gritó Molly.

Era un lazo plateado que colgaba de una de las ramas de un roble. Molly se encaramó al tronco, agarró un extremo del lazo y empezó a tirar de él… pero el lazo pertenecía a una urraca. Lo reservaba para forrar su nido.

–Por favor, no te enfades –le rogó Molly–. Sólo quería un adorno para nuestro árbol de Navidad.

Lo cierto es que, de vez en cuando, la urraca cazaba ratones. Pero, quizá por ser Navidad o porque ella también había estado admirando el árbol de Navidad de la ventana, soltó el otro extremo del lazo y Molly pudo llevárselo.

Molly vio a lo lejos unas cosas rojas y redondas que brillaban en el suelo. Eran como las bolas que colgaban del árbol de Navidad de la ventana.

–¡Justo lo que necesitamos! –gritó Molly, mientras corría a coger una–. ¡Ya tenemos una muñeca, un lazo plateado y una bola brillante! Pero las bolas brillantes pertenecían a un zorro.

–Esas manzanas silvestres son mías –aulló–. Las estoy enterrando para tener comida en los fríos días de invierno.

–Nosotros sólo habíamos pensado que una de estas bolas quedaría muy bonita en nuestro árbol de Navidad –dijo Molly, temblando.

El zorro la olisqueó. Lo cierto es que solía cazar ratones a menudo. Pero, quizá por ser Navidad o porque nunca había visto un árbol de Navidad, volvió a internarse en el bosque y dejó que Molly cogiera una manzana y se la llevara. Los ratoncitos siguieron caminando por el bosque mientras la noche caía.

Allí, entre las zarzas de un arbusto, vieron una estrella brillante y preciosa y una docena de lucecitas verdes y doradas que destellaban.

–¡Estrellas para nuestro árbol! –gritó Molly–. Voy a cogerlas.

Pero cuando la ratoncita se acercó al arbusto, no fueron estrellas lo que encontró… sino el collar de una gata, que parecía muy enfadada. A su lado estaban sus crías, y los tres pares de ojos de los mininos brillaban en la oscuridad.

–¡Ay, madre! –balbuceó Molly–. Yo sólo quería algo resplandeciente para nuestro árbol de Navidad.

La gata enderezó las orejas. Lo cierto es que siempre cazaba ratones. Pero, quizá por ser Navidad o porque recordaba el árbol de Navidad que había en la cálida casa donde había nacido, se quitó el collar y dejó que los ratoncitos se lo llevaran.

Finalmente, en un claro en lo más profundo del bosque los ratoncitos encontraron un árbol grande y frondoso.

–¡Nuestro árbol de Navidad! –gritó Molly. De sus ramas colgaron la muñeca, el lazo, la manzana y el collar de la gata.

–Oh –dijo Molly, al acabar–. No se parece en nada al árbol que vi en la ventana.

Los ratoncitos regresaron a casa, muy tristes y desilusionados, y se acostaron. A medianoche, Mamá Ratona despertó a sus pequeños.

–Venid conmigo –susurró–. Tengo algo que enseñaros.

Molly y sus hermanos y hermanas salieron detrás de su madre, pasaron por delante de la granja y se internaron en el bosque. Otros animales se unieron a ellos y los acompañaron hasta lo más profundo del bosque.

Finalmente, los ratoncitos llegaron al claro donde estaba su árbol. Molly quedó petrificada. Sus ojos se abrieron de par en par y brillaron.

–¡Oh! ¡Mirad eso! –gritó.

Durante la noche, todos los animales habían añadido más adornos al árbol. Ahora la escarcha lo cubría todo y lo hacía brillar. El pequeño árbol resplandecía e incluso parecía que colgaran estrellas de sus ramas. La más grande y reluciente de todas coronaba el árbol.

–Nuestro árbol es mejor que el de la ventana –susurró Molly, feliz.

Y, quizá por ser Navidad, todos los animales se sentaron juntos y en paz a contemplar el árbol.

Fin

Christine Leeson

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Barcelona, Montena coop. 2001

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