Cristales opacos


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Cristales Opacos.  Escritora de cuentos infantiles de Buenos Aires, Argentina. Cuentos de Princesas.

– ¿Cuántas veces debo  pedirles que limpien bien los cristales? Todo sigue viéndose gris ¡Ya no lo tolero!.

Gritó la princesa por enésima vez a la servidumbre.

Hacía ya muchos años que los cristales del palacio, que eran muchos por cierto, se habían convertido en una verdadera pesadilla para los encargados de su limpieza.

Tantos, como los años que la princesa Alma no salía y vivía presa dentro de la fastuosa construcción y de su profunda angustia.

Las cosas no siempre habían sido así. Hubo un tiempo en que la princesa era alegre y apreciaba de cada cosa que la vida la ofrecía, grande o pequeña, importante o por demás simple.

En esos años, Alma disfrutaba salir a pasear, andar a caballo, dar de comer a los pájaros, caminar bajo el sol y muchas otras cosas más.

La vida parecía proveer a la joven de todo aquello que deseaba. Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar.

A medida que Alma fue creciendo, como en la vida de todos, se presentaron algunos problemas, alguna que otra frustración y también más de un dolor.

La princesa hizo frente como pudo a las adversidades de la vida, pero es sabido que ciertas heridas dejan sus huellas y éstas son difíciles de borrar, al menos para algunos.

Con el paso del tiempo, Alma se encerró en el palacio y no quiso volver a salir. Todo lo veía gris, nublado, triste. Le faltaba alegría y optimismo.

Como no salía, sus únicos paseos eran recorrer el palacio de una punta a la otra y mirar por los grandes ventanales la vida que se iban perdiendo.

Para Alma nunca jamás había vuelto a salir  el sol. Cada paisaje que se asomaba por las diferentes ventanas de su hogar, se veía opaco, muy opaco. Su lógica le indicaba que no podía ser así, no era posible que hubiesen pasado años sin que el sol asomase, pero sus ojos sólo veían nubes y colores desteñidos.

Como estaba muy segura de lo que sus ojos veían, comenzó a pensar entonces que eran los cristales de las ventanas que, al no estar relucientes, no dejaban pasar la luz del sol y mucho menos distinguir los colores con que la vida suele vestirse.

– Ya les he dicho que se esmeren con la limpieza de estos vidrios, no dejan pasar el sol y la luz, no distingo los colores – Repetía una y otra vez la princesa a sus ya exhaustos sirvientes.

Nadie se animaba a decirle a Alma que no se trataba de que los vidrios estuviesen opacos, sino que ella no era capaz de ver lo que los demás sí podían.

Los reyes, preocupados, intentaban convencer a la princesa que todo se trataba de un modo de ver las cosas y no un cristal más o menos limpio.

– Hija – decía su madre mientras la acompañaba a la ventana de su alcoba- mira el sol radiante que hay ¿puedes ver el azul intenso del cielo y el verde del lago?

– Madre no trates de convencerme, estos vidrios nadan dejan ver ¡Despediré a toda la servidumbre! – Dijo Alma y se retiró de sus aposentos.

Mucho tardaron los reyes en convencer a la princesa que no dejara sin trabajo a los pobres sirvientes que ya no sabían que más hacer.

– Pues que prueben con agua de lluvia, tal vez de ese modo los vidrios queden realmente limpios- Dijo un día la joven.

Y por supuesto, juntaron toda el agua de lluvia que pudieron para cumplir con sus deseos. Aún así y tal como todos esperaban, excepto Alma, la idea no funcionó.

Desespera, la princesa decidió limpiar ella sola los vidrios, todos y cada uno de ellos.

– Ya verán cómo se hacen bien las cosas. Ahora sí podrá entrar el sol ¡Ya lo verán!

Se quitó su fino vestido de princesa, se vistió con ropas simples y puso manos a la obra.

Desde la mañana, hasta que el sol se escondió Alma se dedicó con verdadero esmero a limpiar todos los cristales. Refregó con fuerza, con mucha fuerza, una y otra vez. Todo seguía viéndose igual.

– Con un segundo lavado, seguramente quedarán óptimos – se dijo a si misma.

Dos, tres y cuatro lavados recibieron cada uno de los cristales del palacio. Aún así, Alma no pudo ver color alguno y el gris seguía tiñendo cada rincón de cada paisaje que se podía ver por las ventanas.

Desilusionada, se sentó a llorar junto a la última ventana que había limpiado. Lloró mucho. No terminaba de entender cómo un simple cristal resultaba imposible de limpiar.

Tanto lloró y tan exhausta estaba, que se quedó dormida junto al ventanal.

En sueños, apareció un ángel, quien dulcemente tomó con sus manos la cara de Alma y le dijo:

– Los colores que buscas siguen existiendo, el sol sigue brillando, no son los cristales sucios los que no te permiten apreciarlo, es tu corazón endurecido. Piensa en ello y descubrirás que la vida jamás dejó de tener el mismo brillo, ni infinitos matices para regalarte.

Dicho esto, el ángel se esfumó. Alma despertó muy sobresaltada y sin querer rompió uno de los cristales de la ventana donde se había apoyado.

Todavía confundida por el sueño, se asomó a ver por primera vez cómo se veía la vida sin un cristal de por medio. Tenía la esperanza de poder ver ahora sí los colores en todo su esplendor.

Para su sorpresa y desilusión, tampoco se veía color alguno, todo seguía igual de opaco y gris que como se veía a través de los cristales sucios.

Desconcertada, Alma se dio cuenta entonces que no se trataba de cuan bien o mal la servidumbre limpiase los cristales. Pensó en el ángel y en sus palabras y por primera vez decidió hacer algo que hace años no hacía.

Con paso temeroso salió del palacio, como saliendo de su encierro. Se enfrentó a ese paisaje que hacía tanto tiempo la esperaba como quien se enfrenta a una realidad que hasta ahora le era esquiva.

Así y sólo así, pudo ver el sol, sentir su calor, apreciar su brillo, distinguió todos y cada unos de los colores que ya casi había olvidado.

Finalmente se dio cuenta que los cristales verdaderos son los del alma, ellos son quienes nos permiten ver y apreciar la vida en su verdadera dimensión y con los colores con los que Dios la pintó.

Alma cambió, entendió que ya no era cuestión de poner en otro lo que era su responsabilidad. Era ella quien debía limpiar los cristales de su  corazón endurecido para poder ver en cada cosa, el brillo y el color que cada cosa tiene. Así y sólo así aprendió a vivir.

Volvió a haber días nublados y grises, pero Alma entendió que de eso se trata la vida, de ver el sol y las nubes, los brillos y las sombras, los momentos felices y los que no lo son tanto.

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Fin

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