Antes, los paraguas eran aburridos. Cuentos infantiles


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Antes, los paraguas eran aburridos es un cuento de paraguas de la colección cuentos infantiles de la escritora Susana Solanes sugerido para niños a partir de once años.

La ciudad de Onsbruck era un lugar muy interesante, sobre todo para los que no sufrían de reumatismo.

También para los poetas y los soñadores, los amantes de cuentos de terror y los tejedores de trapos de piso.

También para los fabricantes de paraguas como lo era Jean Pierre de la Ventana. Y esto era así porque allí desde hacía años, infinidad de años, llovía durante días y días. A veces, semanas enteras. En la calle, solamente los caballeros se dirigían a sus reuniones de negocios y sus actividades profesionales, y los sirvientes que iban de aquí para allá cumpliendo recados. Todos con enormes paraguas negros y solemnes, para estar de acuerdo con el clima de la ciudad.

Debido a esta rara cualidad, lo único que podían hacer las señoras y damitas de la corte, era mirar por la ventana y bostezar mientras afuera, caía y caía la lluvia. Una de ellas, la condesita Carmelinda igual que todas las demás, había tomado la costumbre de dormir hasta bien entrada la tarde, ya que durante el día, aparte de ver la lluvia, no había otra cosa que hacer. Solamente prepararse para algún festejo por las noches.

Pero un día, ella y todas las muchachas de la corte, recibieron una invitación de la reina Thalina para presentarse sin falta, al otro día, bien temprano en el Palacio. Nadie sabía muy bien el motivo de esta nota, pero a ninguna de ellas se le ocurrió faltar.

Delante de la reina estaban las princesitas, las marquesitas y las duquesitas del reino. Todas arregladas y perfumadas, con sus mejores peinados y sus más bellas sonrisas, aunque algunas todavía con sueño.

La reina entró al salón, se sentó en el trono y, sin permitirles que se sentaran, empezó su discurso.

-¡Muchachas de la corte real! ¡Encantadoras señoritas! Hace unos días que estoy pensando que mi reinado tiene que pasar a la posteridad por cambiar algo en el mundo, por lo menos en nuestro reino. Y para ello, nadie mejor que ustedes que tienen tanto tiempo libre, para colaborar conmigo. Quiero que las mujeres de este reino se destaquen por su inteligencia, libertad y libre pensamiento. También por sus decisiones y sentido práctico-

Viendo que las muchachas palidecían ante esa novedad, continuó con énfasis

– Este hecho de pasar todo el día encerradas en nuestras castillos y palacios, nos ha puesto algo flojas. Todos los asuntos del reino lo manejan los hombres. Ellos llevan a cabo las acciones políticas, los asuntos extranjeros, la medicina y el comercio. Y las mujeres, lo único que hacemos es estar esperando que nos elijan para casarnos para luego encerrarnos nuevamente, en nuestras casas. Solamente salimos para ir al teatro o a una reunión social. Yo estoy convencida que entre nosotras hay mucho material humano para destacarnos, pero este problema meteorológico nos mantiene encerradas y, creo, que a muchas le cae bien porque están muy cómodas.

Sin dejar que las muchachas se repusieran de la impresión, levantándose dijo las últimas palabras:

-La semana que viene, comenzaré a recibir las propuestas e ideas que, al respecto, ustedes tendrán a bien mandarme. Y ahora, retírense que tengo que hacer la siestita de la media mañana.

Cuando llegó a su palacio, Carmelinda estaba aún aturdida. La salida de las muchachas había sido algo digno de verse. Mudas la mayoría, algunas, con las mejillas encendidas por la indignación, otras llorosas y hasta había quienes habían perdido los zapatos en la huída. Al contrario de lo que pensaba la mayoría de las damitas de la corte, a Carmelinda le pareció una linda propuesta ya que más de una vez, ella había querido irse del reino a otro lugar adonde pudiera desempeñar alguna actividad que le gustara.

Por eso, comenzó a mirar por la ventana para inspirarse.

-¡Claro, cómo no me di cuenta antes! Las damas de la corte no salen, pero sí lo hace la servidumbre. Todo el día de aquí para allá, ¡qué linda vida! ¡Cómo las envidio! ¡Quién pudiera ser sirvienta!-

Entonces, se le ocurrió conversar sobre el tema con las camareras y doncellas que estaban a su servicio. Pero nunca se imaginó lo que iba a escuchar. Así se enteró de situaciones terribles, pero antes tuvo que prometer que no iba a tomar represalias por lo que le iban a contar.

-¡Es horrible nuestra vida, señorita! ¡Con frío, con lluvia, con viento, tenemos que salir a la calle, a cumplir nuestro deber!

-Usted perdone, señorita, pero a veces tenemos que limpiar y obedecer las órdenes de los señores, estando enfermas y con dolores en todo el cuerpo.

-Y por lo que nos pagan, hay que aguantar el mal humor de las muchachas, los golpes de las señoras y la avaricia de los señores.

Dos días en cama y cuatro litros de té de tilo, le costó a Carmelinda poder reponerse sobre lo que había escuchado de sus sirvientas.

Entonces pensó, que si lograba cambiar esta situación, cumpliría con el mandato de la reina.

-¿Cómo podré hacer para que las damas salgan a la calle y así hacerse cargo de alguna ocupación?- pensaba -Porque de esa manera, los sirvientes se verían aliviados en las tareas que realizan, y nosotras estaríamos ocupadas en algo interesante.

La condesita estaba pensando así, cuando algo pasó en la calle que llamó su atención. Una fuerte ráfaga arrancó flores y hojas de los árboles que cayeron sobre los negros paraguas manifestando así, la presencia eterna del sol y el perfume de la luz.

-¡Eso es!- a Carmelinda se le iluminó el rostro -De esta manera, las mujeres podremos salir a lucirnos en los días de lluvia-

De inmediato llamó a Jean Pierre de la Ventana para hacerle un encargo insólito. El paragüero le dijo que era imposible:

-¿Adónde podría encargar las telas adecuadas?

-No hay problema- respondió la muchacha

-Lo tengo todo pensado-

Y fue corriendo a su habitación de donde volvió con un bulto de ropa. A la semana, Carmelinda causó sensación en la ciudad. Se paraban los señores asombrados, temblaban los sirvientes preocupados y los caballos se espantaban, desconcertados.

La muchacha, caminó y caminó por la ciudad, ¡con un paraguas celeste con florcitas amarillas!

Recorrió las calles de arriba abajo y de derecha a izquierda, comprando, preguntando, insistiendo y divirtiéndose ante la confusión que había originado. Pero eso no fue todo, a los pocos días, la mayoría de las señoras y señoritas del reino, salían a la calle, desafiando a la lluvia. Una multitud de flores, pájaros, cuadrados y círculos, se abrían ante los ojos sorprendidos de los transeúntes.

Era el espectáculo del mar azul y de los jardines en primavera. De los árboles que tocaban las nubes y los horizontes con un fondo de diminutas mariposas blancas. Sobre un cielo de arco iris, había paralelas de violetas y rosas, ondas de naranjas y verdes, encajes de espuma y lunares en caprichosos abanicos.

La ciudad florecía, bajo un techo de pequeños paraguas que embellecían los rostros femeninos con una luminosidad inesperada. Las señoritas, empezaron a ocuparse de algunos negocios que llevaban a cabo los hombres de la familia y aprendieron rápido.

La Reina Thalina, se informó sobre el cambio producido en su reino, dejó de dormir la siesta de la media mañana y se ocupó personalmente de comprar los fiambres y las verduras para las comidas en palacio, regateando los precios.

Comenzó a pagar los impuestos y cuando vio lo que gastaba, los rebajó para que todos en el reino, se sintieran un poco aliviados. Jean Pierre de la Ventana ganó muchísimo dinero y empezó a llevar a otros reinos su invento, que fue aceptado de inmediato, porque a la mayoría de las mujeres, les agrada estar rodeada de colores.

Los señores siguieron usando el negro para sus paraguas, pero tal vez, en algún momento, cambien de opinión.

Fin

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