Noche de reyes. Elsa Serur de Osman, escritora argentina. Cuento sobre el amor de un niño por un animal. Ilustración de Yaqui Melhem.

Noche de reyes. De Elsa Serur de Osman

Noche de Reyes - Cuentos de Navidad

En el medio del campo, en un nido hecho de barro y paja -un poco más grande que el del hornero- nació una noche RAMON. Su papá, con troncos y ramas de sauce, le preparó el primer regalito: Una cuna de sol y alegría, que su mamá entibió con un gran manto tejido por ella, en las noches de lluvia.

Y RAMON fue creciendo, creciendo feliz. Acunado por los grillos y los pájaros que se arrimaban curiosos al patio; al patio GRANDE COMO EL CIELO donde la brisa se olvidaba entre los árboles, formando un enorme abanico de susurros y secretos en la fresca inocencia de todo el campo abierto. Una mañana muy temprano, Ramón salió a caminar.

Nadie lo vio, porque estaban dormidos.

La música del amanecer lo ayudó a hacer caminitos entre las ramas y el rocío que todavía brillaba sobre las hojas. Y así, fue despertando el monte con su andar. Le gustaba caminar; caminar lentamente sobre la alfombra húmeda de los pastos, donde las ranitas y las lagartijas se asomaban curiosas para saludarlo y luego se escondían haciendo cruak-cruak entre las hojas mojadas.

De pronto, un conejo que estaba escondido detrás de un matorral, quiso escapar asustado al oír sus pasos. Pero RAMON lo vio y corrió tras él. Quería tenerlo un momento en sus manos para acariciarlo. Pero el conejo era rápido y hermoso. Tenía las orejas muy largas y manchas rojas sobre el cuerpo blanco. Y RAMON quería alcanzar ese copo de nieve que se perdía entre las flores y volvía a aparecer.

Desde la copa de un árbol, una lechuza traviesa lo chistaba CUS, CUS, CUS. Y un terito muy elegante que se paseaba por allí levantó vuelo mientras gritaba TERU, TERU, TERU, para que todos los animalitos salieran a saludar a RAMON, que esa mañana había venido a visitarlos.

Una perdiz se acurrucó asustada entre los pastos, porque era muy miedosa y no sabía muy bien lo que pasaba. Y la señora Tortuga que llevaba puesta una hermosa caparazón con pintitas rojas, verdes y amarillas y un sombrero negro en la cabeza, fue sorprendida justo en el momento de su desayuno. Se detuvo un momento a observar lo que pasaba, mientras terminaba de comer la margarita azul que casi pierde en el apuro.

Luego, con toda elegancia se tiró al charco, para observar con más tranquilidad lo que pasaba. RAMON seguía corriendo, corriendo detrás del conejito hasta que no lo vio más. Seguramente se habría escondido en su cueva. Ya no lo podría encontrar. Entonces se sentó a descansar mientras reía de contento. Los macachines amarillos se apretaron para dejarle lugar.

Y RAMON dejó pasar el tiempo mientras acariciaba las flores y escuchaba el canto de los pájaros que buscaban sus nidos para darle de comer a sus pichones, que esperaban ansiosos con los piquitos abiertos: …Tenían hambre. Y así mucho tiempo, sin que él lo notara.

Estaba distraído observando todo lo que pasaba en el campo. Entonces, recién entonces se dio cuenta de que el señor Sol ya no estaba sobre su cabeza. Era muy tarde -pensó- debía volver pronto a su casa. Sí, quería volver con su mamita, enseguida. Se paró y miró para todos lados.

Entonces, comprendió muy asustado que estaba perdido.

Sí, se había alejado demasiado y ya no veía su casa. ¡ESTABA PERDIDO EN EL MEDIO DEL MONTE! ¿Cómo iba a volver? Empezó a moverse por todos lados, pero cada vez se perdía más y más. Vio que el bosque se iba espesando; los árboles cada vez estaban más juntos y él ya no podía REGRESAR.

Asustado, se puso a llorar, a llorar de frío, de hambre, a llorar de MIEDO. ¡Las lágrimas azules corrían por sus mejillas! Se había perdido y estaba solito, ¡SOLITO! y muy lejos de su casa, ¿Que iba a hacer?… Ya había pasado un rato y RAMON seguía llorando, cuando entre tantos animales silvestres apareció una gallina. ¿Una gallina? Creyó que estaba soñando. Cacareaba alegremente: PI, PI, PI; aunque parecía enferma, porque tenía muy pocas plumas.

Pero él la reconoció enseguida. ¡ERA SU PICARONA! Su querida PICARONA. Que hacía mucho se le había perdido y ahora la encontraba. Pero, ¿Como harían para volver si ninguno de los dos conocía el camino? El animalito se acercó lentamente, le picó el talón y como invitándolo a seguirla empezó a caminar delante de él.

Y RAMON la siguió, la siguió. Por momentos no la veía, iba muy rápido, se perdía entre los pastos; luego aparecía y el corría lloroso detrás de ella. Era su amiga, su buena amiga que lo fue sacando del monte. Anduvo mucho, mucho y ya estaba casi oscuro, cuando Ramón reconoció el lugar.

Estaban cerca de su casa y ya se oía el llamado ansioso: ¡RAMON! ¡RAMON!…era la voz de su mamá. Contento levantó a su gallinita, y acurrucándola entre sus brazos corrió por el caminito hasta donde estaban sus padres. Con gran alegría trataba de contarles todo lo que le había pasado.

Ellos se alegraron mucho cuando lo vieron.

– “¡Hijo, hijo querido! Dónde has estado. Te hemos buscado todo el día” – decía su madre llorando.

Ahora lloraba de felicidad. Porque su nene estaba de nuevo en casa.

– “Me perdí, y no podía volver, porque no sabía el camino” -respondió Ramón.

-No debes alejarte tanto de la casa -dijo el padre-.

Y mirando a la Gallina le ordenó:

-¡Suelta ese animal! ¡Está enfermo!

-¡Sí -dijo la mamá- déjala ir!

-No mamita, ¡NO!, es mi amiga -decía RAMON mientras entraba corriendo a la casa apretando la PICARONA para que no se la quitara-.

– Ella es mi amiga y me enseñó el camino; si no, yo no hubiese podido volver- repetía el niño.

-No, hijo, ¡no! el que te ayudó a volver fue el ángel de la guarda- dijo su madre.

-¿Quién es el ángel de la guarda, mamita?

-Un ángel muy bueno, que siempre ayuda a los niños cuando están en peligro- contestó la señora.

-¡No mamita, no!, me trajo la gallinita- repetía el hijo.

-¡Esa gallinita está enferma! -Intervino el padre-, tendremos que matarla porque de lo contrario va a contagiar a las demás. RAMON asustado, ¡no podía creerlo! ¡Querían matar a su gallinita! Salió corriendo y en el patio soltó al animal que desapareció en pocos minutos.

-¿Por qué la dejaste escapar, hijo?- Preguntó la mamá.

-¡Porque  es muy buena, mamita, muy buena! Ella me trajo de vuelta. Yo estaba solito en el bosque cuando me encontró.

-Bueno, bueno, está bien; vamos a curarla entonces- dijo el padre. Y todos salieron al patio a buscar al animal. Pero, por más que la buscaron y buscaron, no la pudieron encontrar. La señora gallina había desaparecido. RAMON estaba triste porque sus mayores no comprendían que la Picarona era su amiga. Lo había salvado de dormir solo en el bosque. Si no fuera por ella no hubiera podido volver, y no estaría ahora durmiendo calentito en su casa. Pasaron los días y nadie se acordaba de su Picarona.

¿Dónde estaría ahora? Se preguntaba RAMON.

Así llegó el día de Reyes.

A la tardecita preparó un tarro con agua fresca y un montón de hojas verdes y flores para que comieran los camellos. Seguro de que llegaban con hambre y sed. Luego dejó todo junto a sus zapatillas en el patio, al lado de la puerta Había llovido mucho en esos días, pero su mamá le dijo que vendrían igual, a pesar del barro. Entonces le contó que podían bajar por una escalerita finita de oro, con los tres camellos y las bolsas de juguetes, despacito, despacito, despacito, uno detrás del otro, justo hasta donde él había dejado la comida para los camellos.

Esa noche se acostó muy temprano y rezó mucho, mucho, pidiéndole a la Virgencita y al Niño Dios que los ayudara a llegar. Y le trajeran su Picarona sana y alegre. Por fin, se durmió. A la mañana siguiente se levantó antes de que saliera el sol. Estaba apurado por saber si le habían traído lo que él les había pedido:

¡Su Picarona! Cuando salió al patio, su alegría no tenía límites. ¡Los REYES LA HABIAN ENCONTRADO! Y ahora estaba allí, junto a sus zapatillas, rodeada de un montón de capullitos amarillos que parecían flores de margaritas que se movían y picoteaban el pasto que él había cortado para los camellos.

¡Su linda Picarona! Sana y con un montón de pollitos que caminaban inquietos a su alrededor. La alegría no lo dejaba hablar. Miró a sus padres y los vio contentos, entonces abrazó feliz a su gallina. Nunca más volvería a perderla. Los Reyes se la habían devuelto con una cantidad de pichoncitos, que no la dejarían escapar. Miró al cielo para agradecerles y vio cómo los Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, se perdían allá arriba, detrás de una nube grandota. Mientras su Picarona le picaba los dedos para que la soltara.

Fin.

Noche de reyes. Literatura infantil y juvenil, cuentos que no pasan de moda. Lecturas para niños de primaria. Historias para aprender leyendo.

Noche de Reyes. Cuento de Elena Fortín

Noche de Reyes. Elena Fortín, escritora. Cuento de Reyes. Cuento perteneciente al Proyecto Cuentos para Crecer.

Noche de Reyes

Me desperté asustada y oí como si un gato estuviera arañando las maderas del balcón. ¡Los Reyes Magos! Entraba la luna por las rendijas, y entraba el frío también…

De buena gana me hubiera levantado a ver lo que ocurría, pero ¡me daba un miedo!… Me tapé la cabeza y empecé a rezar. Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo…

De repente, ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, un ruido terrible de cosas que caen sobre el balcón…, y me encuentro en camisa, delante de un señor negro con corona, que está sentado en la barandilla.

— ¡Dios te salve, Celia! —me dice.

—Que Dios te salve a ti, Rey Negro, porque, si no, te caerás a la calle.

—Yo no me puedo caer, porque no peso.

— ¡Qué bien! Entonces podrás volar.

— ¡Ya lo creo! Mira. Y cogiendo las puntas de la capa blanca que llevaba, se marchó volando por la calle arriba.

— ¡Eh! ¡Eh! ¡Rey Negro! ¡No te vayas!

—Ya estoy aquí. ¿Qué quieres, Celia?

—Que no te marches sin dejarme los juguetes que te he pedido en mi carta.

— ¿No los ves?

¡Qué tonta! Estaba el balcón lleno de cajas, y yo no había visto nada entonces.

— ¿Me has traído la cocina?

—Sí, dos cocinas.

— ¿Y el borrego?

—Un borrego y una cabra.

— ¿Y el Teddy Bear?

—También.

— ¿Y la vajilla?

—La vajilla, y un reloj, y cazolitas, y libros, y rompecabezas, y una raqueta…

— ¡Huy, qué bueno eres! Y ahora que me fijo en ti… ¡cuánto te pareces al lacayo de la tita Julia!

— ¡Como que es mi hermano!

—Anda, si lo sé antes le doy a él la carta para que te la llevase, y así me hubieras traído más cosas aún…

— ¿Te parecen pocas?

—No, no; no son pocas. Pero te hubiera dicho que no te olvidaras de Solita, la niña del portero.

—No me olvido nunca.

—Pues, hijo, el año pasado no le trajiste nada.

—Sí, le traje; pero te quedaste tú con ellos…

— ¡Jesús, qué mentiroso!

— ¡Niña! ¿Cómo hablas así a un santo?

— ¡Ay, Rey Negro! Perdóname; pero no sé cómo decirte que no dices la verdad…

—Sí, digo la verdad. ¿No crees que es demasiado para ti todo lo que te he traído por orden de Dios?

—No sé…

—Sólo dejo juguetes en los balcones de los niños ricos; pero es para que ellos los repartan con los niños pobres. Si tuviera que ir a casa de todos los niños no acabaría en toda la noche…

—Sí, sí, ya comprendo. ¿Entonces debo repartir con Solita lo que me has dejado?

—Eso es. Yo no puedo detenerme más. Está amaneciendo y aún me queda mucho por hacer.

No sé por dónde se fue ni cuándo me metí en la cama, porque me quedé dormida y no desperté hasta que entró la luz del día en mi cuarto. Me volví a levantar (entonces sí que hacía frío), me abrigué con la colcha y salí al balcón.

— ¡Solita, Solita! —Grité, porque ya estaba Solita barriendo la puerta—. ¡Mira lo que nos han traído los Reyes!

Desaté todos los paquetes, y con las cuerdas hice una muy larga que llegaba a la calle.

—Espera, que te voy a echar una cabrita —y se la mandé bien atada en la punta de la cuerda…

—Y ahora unos libros… —y se cayeron; pero todos llegaron al suelo.

—Y una caja con una cocina. ¡Cómo bailaba Solita!

Detrás de mí dijo papá:

— ¡Pero qué estás haciendo, niña!

—Repartiendo los juguetes.

— ¡Entra dentro, criatura, que hace un frío horroroso! ¡Milagro será que no hayas cogido una pulmonía! ¡A la cama! ¡Qué voces daba!

— ¡Pero, papá, si me ha mandado el Rey Negro que le dé a Solita juguetes, porque son también para ella!

—Veremos lo que dice tu madre de eso. ¡Abrígate bien!

—Mira, papá, el Rey Negro me lo ha explicado todo…

— ¡No digas más tonterías! Todo eso lo has soñado o lo has leído en alguna parte.

— ¡Que no, papá, que no! Mira, yo te diré…

— ¡Nada, no me digas nada! ¿Qué es lo que le has dado a Solita?

—Una cabra…

— ¡Válgame Dios! ¡Un juguete carísimo!… ¿Entras en calor?

—Sí, sí; ya no tengo frío… Verás, papá, yo te contaré…

— ¿Te quieres callar? Las niñas no mienten ni creen que es verdad lo que sueñan…

De pronto apareció Juana haciendo aspavientos.

—Señor, aquí está Pedro, el portero, con unos juguetes que dice que…

—Bueno, bueno —interrumpió papá—; dígale usted que son para su hija, que se los dé…

— ¡Ay, papá, qué bueno eres! ¡Ya lo sabía yo!

—Lo que no sabes es la que nos va a armar tu madre en cuanto aparezca.

¡Y ya se oían los pasos de mamá!…

Fin

Ana Garralón

El gran libro de la Navidad Madrid: Anaya, 2003

¡Clic para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Por favor, ¡Comparte!

0Shares


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *