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La Novena de Navidad < Nueve noches rezando frente al pesebre…, oración a la Virgen María y a San José, y los gozos.

Por Samuel Gutiérrez Ospina. Historia sobre tradiciones latinoamericanas en Navidad.

¡Descubre una mágica tradición navideña colombiana en «La Novena de Navidad»! del escritor Samuel Gutiérrez Ospina Ambientado en los años 1956-1960, este cuento nos transporta a una entrañable celebración de las nueve noches previas a la Navidad, donde rezos, pólvora y juegos de aguinaldos crean un ambiente festivo único. Con detalles peculiares, como pesebres absurdamente encantadores y lectores novatos que arrancan risas, el relato captura la esencia de una Navidad auténtica.

Aunque las tradiciones evolucionen, la novena y sus gozos perduran todavía en algunas familias, transmitiendo su magia a través de generaciones. ¡Revive la nostalgia y comparte la alegría navideña al leer y comentar esta encantadora historia con familia y amigos!

La Novena de Navidad

El pesebre en Novena de Navidad - Cuento
Los Pesebres, una tradición navideña1

Siguiendo una vieja tradición en Colombia (desde 1700), los niños y adultos de este país, años 1956-1960, hacíamos de la novena algo especial en nuestras vidas; eran y son nueve noches rezando frente al pesebre navideño, oyendo al lector, la consideración del día, la oración a la Virgen María y a San José, y los gozos. Más la cercanía de los regalos del 24 de diciembre, el pesebre, la pólvora, los villancicos; los juegos de aguinaldos tales como:

«palito en boca»,

«hablar y no contestar»,

el «beso robado» (el mejor),

«el sí y el no»,

“el dar y no recibir”

-el comer natilla y buñuelos hasta quedar «jinchos»; el arequipe (dulce de leche) y demás golosinas que por ser la época teníamos más libertad de comerlas, sin la amenaza cierta por demás de que se nos picaran los dientes, no importando que después cayéramos en manos de los dentistas, el Doctor Yung o los Urrea (estos me tocaron a mi) que Dios los tenga en la paila mocha y a fuego lento, por los sufrimientos que nos causaron con sus fresas de pedal, sus gatillos y demás elementos de tortura. Además de regañarnos por miedosos. Era unos días muy especiales del 16 al 24 de diciembre.

Desde que tengo recuerdos mi hermana Carmen siempre hizo el pesebre en la casa. Recoger musgo, helechos, melenas que cuelgan de los árboles, arena para los caminitos, y papel brillante de las cajetillas de cigarrillos para el lago.

Para esas épocas las normas ecológicas no estaban en el imaginario, luego depredábamos monte sin sentirnos culpables.

Los pesebres de las casas nuestras eran además de muy bonitos, una muestra de lo absurdo:

Habitantes más grandes que sus casas en Belén.

Animales de mayor tamaño que sus pastores, en algunos aparecían, leones, tigres, cebras y hasta jirafas. Eso parecía África.

Los camellos por lo chiquitos hacían ver a los tres Reyes Magos como si caminaran con perros a su lado y no con semejantes animales tan grandotes.

Patos azules, amarillos y blancos en el lago que parecían cisnes en una taza.

Ríos que nacían en la pared y desaparecían como por ensalmo, tragados por una colina, donde había una casita y un corral de gallinas.

Inclusive en algunos pesebres, aparecían carros y hasta motos de plástico, y nieve en una zona del mundo donde jamás ella cae. Pero que importaba. Que viva la Navidad.

Cuando ya se iba a rezar, aparecían los recién aprendidos a leer a solicitar su puesto entre los lectores de la novena. Arrancaban risas con sus frases mal leídas: An-helo del cristiano, la oveja bizca (arisca) y el cordero manco (manso), niño pechocho (precioso) chicha (dicha) del cristiano y otras de esa laya. Inclusive un borrachito en una novena trató de explicarme «la problemática del anton tiruriruriro» (es un villancico).

Después de terminar de rezar, arrancábamos para la siguiente, pues ya nos había llegado la bola, que los dulces y el comistraje, estaba mejor allá que en esta. O que daban regalitos adelantados. La clientela infantil era muy disputada por las señoras con pesebre. Estos carrerones se prolongaban hasta cinco o seis veces en cada noche y terminábamos todos empegotádos de dulces hasta las orejas. Y así durante ocho días más.

Toda esta época navideña era acompañada de Matachines, chirimías o bandas pellejo, llamadas así, por tener un bombo, un tambor redoblante y unos clarinetes.

Esta tradición de la novena, decía arriba, viene desde 1700, cuando se empezó a rezar una escrita por el Fraile Franciscano, Fernando de Jesús Larrea, por petición de la educadora Doña Clemencia de Jesús Caicedo, fundadora del Colegio de la Enseñanza para señoritas bien. Los gozos fueron incorporados en 1743 escritos por la religiosa Sor María Ignacia. Aún rezamos, novena y gozos, tal cual como nos la legaron. La misma del niño pechocho, la oveja bizca y el cordero manco.

Pero ahora ya no son tan populares como antes la novena y el pesebre. Los closets con ventanas, donde vivimos ahora, las tradiciones gringas del Papá Noel, sus renos y trineo, el árbol de Navidad; y hasta algunas creencias religiosas que riñen con las imágenes, han propiciado su decadencia. Pero aún quedan románticos, que pasan la tradición a sus hijos. Yo le hice pesebre a los míos y a mis nietos hasta que crecieron.

Pero ni modo, los Reyes Magos siempre serán más grandes que las casas y los camellos, pero ahí estaba la magia.

Fin.

La Novena de Navidad es un cuento del escritor Samuel Gutiérrez Ospina © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin la expresa autorización de su autor.

Sobre Samuel Gutiérrez Ospina

Samuel Gutiérrez Ospina - Escritor

Por jugadas del destino, y en plena violencia política, año 1950, nació en el Puerto de Buenaventura, hijo de un manizalita y una armenita.

«¡Qué bueno ha sido ser porteño!»

El obispo Valencia Cano, quiso tener clero nativo y fue uno de los elegidos para ir al seminario. El sueño duro poco. Terminó el bachillerato y fue a Cali, porque quería licenciarse y ser maestro. Otro deseo fallido.

Sus cuatro hijos son profesores universitarios y de colegio de Bachillerato. Lo lograron por él, para cumplir su deseo. Su esposa da clases de manualidades y él trabaja con chicos como promotor de lectura.

Se graduó en el SENA técnico en Relaciones Industriales, y se dedicó a tender puentes con sus semejantes. Se convirtió en vendedor profesional.

Samuel Gutiérrez Ospina siempre ha estado ligado a los libros y la escritura ha sido una permanente compañera de vida. Caminar, mochiliar, montar bicicleta son sus pasatiempos.

Por su esposa, conoció a Historias en Yo Mayor y fue posible así, contar las historias que ya tenía escritas, y escribir otras.

Otro cuento de Navidad de Samuel Gutiérrez

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  1. Agencia de Noticias ANDES, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons ↩︎
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