Inocencia

Cuento de Navidad y Reyes Magos

Inocencia. Fernando Palacios León, escritor español. Cuento de Navidad y Reyes Magos. Ilustración a cargo de María Sanz.

A mi madre, que me enseñó a escribir a los Reyes Magos.

Los ojos de Inocente miraban la noche al otro lado de la ventana, el asfalto mojado, la lluvia cayendo monótona y tranquila sobre los charcos, sobre las aceras, sobre los paraguas o las cabezas de las personas, haciéndose visible al pasar cerca de la luz de las farolas o los faros de los coches.

Era Diciembre, y a él ya le habían dado vacaciones de navidad en el colegio. Las noches eran infinitamente largas y empezaban antes, casi al salir de la escuela, a él le gustaba toda aquella oscuridad sobre las calles, las manos encerradas en los guantes, el cuello del abrigo, la forma en que su madre abría el paraguas y ellos dos caminaban debajo, escuchando a la lluvia acompañarles chocando contra la tela como pequeños pasos sobre sus cabezas.

De repente, la urgencia de una idea le hizo ir a buscar su cuaderno de Lengua y un bolígrafo en el fondo de su mochila azul, y se sentó a escribir en la mesa donde solía hacer sus dibujos y sus deberes. “Cambiaré el mundo. ¿Cómo no se le ha ocurrido antes a nadie?” pensó Inocente.

Queridos Reyes Magos: Este año no quiero pediros nada para mí, puede que sea la última carta que os escriba, pues si sois capaces de traer lo que os pido ya no harán falta más cartas, esta carta valdría por todos los años que vengan. Además dentro de poco dejaré de ser niño y me he dado cuenta de que las personas mayores nunca os escriben. Así que, por si acaso, me despido antes de empezar y os doy las gracias por adelantado.

He visto y he notado que el comportamiento al final no cuenta demasiado para que traigáis lo que los niños os pedimos, conozco a niños y a niñas que se portan muy bien y no les lleváis más que una cosa a su casa o incluso cosas que no eran lo que pidieron, sin embargo, otros que sé que se comportan fatal acaban recibiendo muchos regalos, los que habían pedido y algunos más por añadidura. Supongo que vosotros, que lo veis todo, sabéis más que yo de todos nosotros, así que si lo hacéis, por algo será.

De todos modos os escribo en nombre de todas las personas que no lo hacen, los niños, los padres, los abuelos… Por eso no os pediré nada para mí, sino que desearé por ellos, sólo os pido que no les digáis nada, así les hará mucha más ilusión cuando reciban sus regalos. Para hacéroslo más fácil empezaré por mi casa, luego por mi barrio, seguiré por mi ciudad y acabaré por pediros cosas para todo el mundo.

Creo que sé lo que necesitan, los escucho quejarse a diario, veo el silencio con el que muchos esperan una ayuda y paso miedo cuando veo los telediarios, pero si me equivoco o pido algo que ellos no quieren, os ruego que me perdonéis si os lo devuelven o simplemente no les gusta…

En el colegio he aprendido que todos nacemos por el amor que hay entre dos personas, así que lo primero que os pido es que ese amor que existe una vez entre los padres no pueda morir nunca, y todos los niños que nazcan a partir de ahora, nazcan por amor. O al menos si ese amor tiene que morir, que los niños que tienen padres que ya no se quieran, encuentren en su padre y en su madre el amor que los hizo posibles aunque sea por separado, o al menos el de alguien que quiera dárselo de verdad.

También os pido, que si los padres tienen que discutir, decirse cosas feas y dejarse de querer, que lo hagan lejos de nosotros, donde no podamos verlos ni escucharlos, porque al final nos sentimos culpables. Así que como primer deseo de esta carta, os necesito para que protejáis el amor que pueda haber en todas las casas. Sé que tenía que habéroslo pedido antes, y así mi madre y mi padre vivirían todavía juntos, pero era más pequeño y preferí pedir el libro del Principito y el coche teledirigido.

Quiero pediros también que si a mi abuela, que ahora también vive en casa, le tiene que doler la espalda por su edad, hagáis lo posible porque le duela menos y recupere su sentido del humor y sus ganas de vivir, aunque sea poco a poco, y quiera vivir un día más cada día.

Desde que se murió mi abuelo está muy triste. Y aunque sé que no podéis hacer que mi abuelo resucite, porque es un deseo imposible, sí os pido que al menos ella guarde los recuerdos más bonitos con él para alegrarse los días. Los padres y las madres en mi barrio andan muy nerviosos, muchos de ellos han perdido su trabajo, lo llaman paro, y sin trabajo no hay dinero que llevar a casa, y sin dinero no pueden comprar comida, ni pagar las facturas y entonces en las casas se discute, y se oyen gritos, y los padres acaban bajando al bar a beber, y las madres acaban pidiendo siempre una cosa que se llama divorcio y significa irse uno de los dos de casa. Así que otra de las cosas que os pido es que todas las personas que lo busquen y lo necesiten encuentren su trabajo, y así puedan tener dinero, y puedan comer y pagar sus facturas y discutan menos.

A veces se dejan de querer y les oigo llorar por eso. Sabéis, cuando acompaño a mi madre a hacer algún recado, veo en mi ciudad a gente en la entrada de las tiendas que piden con vasos, o estirando la mano. Algunos de ellos van descalzos y mal vestidos, otros parece que no han dormido durante mucho tiempo, y casi todos pasan frío. Luego, al volver a casa, veo las tiendas de zapatos cerradas con los zapatos dentro y a oscuras, veo tiendas de muebles en las que no vive nadie con camas que parecen muy cómodas, y tiendas de ropa en las que hay abrigos colgados con los que se deja de pasar frío, y bancos con letreros de colores y con máquinas de las que la mayoría de personas mayores sacan dinero en billetes.

Todos los días me pregunto por qué si sobran tantas cosas, si se dejan a oscuras sin utilizar, y si otros no tienen ni siquiera con qué cubrir su cuerpo, por qué no se les ayuda, por qué si se rompe una farola de la calle enseguida aparecen hombres con uniforme para arreglarla, y si va un pobre descalzo y pasa frío en la puerta de una tienda, nadie le ayuda.

¿No es más importante un hombre o una mujer que pasa frío que una farola? ¿Veis esto también vosotros Reyes Magos?

No os culpo, supongo que no habéis podido hacer nada porque nadie os lo ha pedido antes. Sólo os pido que regaléis lo que sobra en las tiendas, lo que nadie utiliza y se queda a oscuras al terminar el día, lo que sepáis que no se va a vender, a esos hombres y mujeres pobres que pasan frío, o al menos que tengan un lugar donde resguardarse más cómodo y caliente que la calle, en Diciembre hace frío.

La verdad es que no sé a dónde van las cosas que no se venden, tampoco entiendo muy bien qué han hecho los pobres para ser pobres, si es que se nace diferente o algo… Hay un pobre incluso que sabe más que yo, tiene un perro que lo mira y toca la guitarra en la calle y canta canciones muy bonitas, a ese podríais traerle cuerdas nuevas y un hueso para su perro.

Hay otro, no muy lejos del de la guitarra unas calles más abajo que toca con un acordeón, y parece muy mayor, casi como mi abuela, está siempre sentado y creo que no sabe hablar español, sólo sabe decir gracias, pero lo dice mal, podríais traerle nuestro idioma a sus pensamientos, o un diccionario y un trapo limpio para que limpie su acordeón, su acordeón es precioso, pero está realmente sucio.

¿Quién piensa en esas personas? ¿Quién se preocupa por ellos? ¿Dónde están sus familias?

Os hago demasiadas preguntas, me gustaría pediros que todos los que vivimos y pasamos cerca de ellos supiéramos ayudarles de forma que los entendiéramos, mi padre dice que a veces ellos mismos no quieren la ayuda que se les da, yo creo que somos nosotros los que no sabemos dársela, los vemos de pasada cuando vamos de camino a otro lado.

Yo mismo estoy pidiendo cosas para ellos sin preguntarles, me da vergüenza, además quiero que sea un secreto, que sea una sorpresa. Sé que os he dicho que no iba a pedir nada pero: ¿Podéis traerme valor para hablar con ellos? Hay muchas cosas que me dan miedo, me da miedo por ejemplo que se construyan hospitales.

Cuando mi abuelo se puso malo, se lo llevaron al hospital y acabó muriendo allí, no me gusta que nadie muera. Pienso en los abuelos de mis amigos, y lo paso mal por ellos. Me gustaría que los hospitales de todo el mundo estuviesen vacíos, que nadie se tuviera que poner malo, que a nadie le volviera a doler nada.

Si tiene que haber hospitales que sean sólo para nacer, o al menos, para salir vivo de ellos. Y me dan mucho miedo las armas, queridos Reyes Magos, ¿por qué se fabrican armas en el mundo, si se saben que son malas? ¿No sirven sólo para matar, para hacer daño y para asustar?

¿No hay otra manera de defenderse o de que los hombres se entiendan? ¿No son las armas lo contrario de la paz y de los colegios? ¿Habéis ido alguna vez a un concierto de música, habéis visto lo contenta que se pone la gente sólo por escuchar canciones? ¿No somos fáciles de contentar los hombres?

Deseo que no se construyan más armas y que escondáis todas las que hay por el mundo, y las pongáis lejos de las manos de todos los hombres, y se hagan más canciones bonitas, mejores libros y colegios donde aprendamos todos de una vez que no es necesario matar, ni imponer lo que creemos que es mejor a base de golpes, de disparos o de bombas.

Siempre que sé que muere alguien asesinado, en una guerra, en un atentado, o en una calle a oscuras, siento que todo el mundo está equivocado y que yo también tengo la culpa de que las cosas no cambien, por eso os escribo, estoy harto de no hacer nada. A veces no sé qué hacer y me voy a mi cuarto a llorar de pena, a todo el mundo parece darle igual todo lo que ocurre.

¿Qué importa que haya telenoticias si nada cambia? ¿Podéis hacer que no nos dé igual el sufrimiento de los demás? Creo que con que se cumpliese ese deseo, se cumplirían todos los demás que os he pedido, y los zapatos dejarían de estar a oscuras. ¿De quién depende el mundo? En casa de mi madre manda mi madre, y en casa de mi padre, manda mi padre y se hace lo que él dice, o al menos él sí hace lo que quiere. ¿De quién es el mundo? ¿No es de todos?

Yo me siento mejor cuando me quieren, cuando me abrazan, cuando puedo estar tranquilo y sin tener que pedirlo puedo hacer lo que quiera a solas o acompañado por alguien, sin molestar… Os pido entonces una última cosa, que todas las personas en el mundo logren sentirse queridas por aquellas personas que conocen, sin importar lo que hayan hecho bien o mal antes, que sientan que no están solos y se les comprende.

No pido que los desconocidos se quieran, eso es una tontería, pido que todos los hombres sean capaces de conocerse algún día y llegar a no hacerse daño, sin importar sus diferencias, al contrario, que sean las diferencias lo que les permita reconocerse y apreciarse, como cuando voy a casa de un amigo y sé que es diferente y es igual al mismo tiempo.

Lo dejo en vuestras manos, queridos Reyes Magos. Ya sabéis quién soy, Inocente.

El niño arrancó las hojas, las dobló con cuidado y las metió en el bolsillo de su abrigo, junto con el bolígrafo con el que había escrito en ellas. Antes de salir a la calle, vio que su abuela dormía sentada en el sillón del salón, y su madre estaba ocupada con la mirada puesta en la pantalla del ordenador.

– Ahora vengo.

– ¿Dónde vas tú a estas horas?– dijo la madre de Inocente al verle ataviado con su abrigo.

– Tengo que comprar un sobre, es muy importante.

– ¿Tienes dinero? ¿Un sobre? ¿Qué corre tanta prisa?

– Ya lo sabrás, sí que tengo dinero, me queda un euro de la paga que me dio la abuela. ¿Cuánto cuesta un sobre?

– Con eso tienes suficiente. Pero si vas a mandar una carta, necesitarás sellos…

– Para esta carta no hacen falta sellos.

– Bueno, no tardes mucho, estarán a punto de cerrar y con la que ha caído no creo que hayan tenido mucho trabajo hoy, son casi las ocho. Saluda a Leticia de mi parte cuando compres el sobre, si te hace falta más dinero, dile que luego se lo doy yo.

– Vale, hasta luego.

Inocente bajó a toda prisa por las escaleras, sujetando con una mano las hojas de la carta en el bolsillo, y con la otra el bolígrafo como un director de orquesta. La papelería estaba a escasos metros de su casa, allí estaban acostumbrados a atenderle, pues todos los domingos bajaba a comprar la prensa y de paso, con las vueltas, los cromos de la colección de fútbol, o entre semana algún que otro bolígrafo que se le gastara o folios para su madre.

– Hola.

– Hola, Inocente, ¿qué te trae por aquí?– dijo Leticia, una mujer de unos cincuenta años desde su inmensa tripa y sus preciosos ojos verdes.

– Necesito un sobre de carta.

– ¿Sólo uno? ¿De qué tamaño? ¿Es para ti o para tu madre?

– No, es para mí. No sé, un sobre de carta, un sobre para una carta importante.

– ¿Cómo que para una carta importante? No sé si tenemos sobres de ese tipo. ¿Te vale este de color azul?

– Ese valdrá, sí. ¿Cuánto es?– dijo Inocente sacando el euro de su bolsillo.

– No te preocupes, guárdate el dinero, te lo regalo. Nunca me habían pedido un sobre para una carta importante.

– ¿De verdad?– Inocente pensó en que los Reyes Magos le estaban regalando el sobre desde algún lugar invisible.

– De verdad, no te preocupes. Este sobre es para ti, toma. Saluda a tu madre de mi parte, suerte con tu carta.

– ¡Ah! Casi se me olvida. Ella también me ha dicho que te salude, gracias. Inocente salió de la papelería con el sobre en la mano, y unos pasos después metió en él con cuidado las hojas de cuaderno.

Mientras lo hacía releyó por encima algunos pasajes de la carta como si las letras fuesen a caerse de ella, superponiéndose unas frases con las otras. “Una carta de parte de todos, a lo mejor no tenía que haberla firmado… Bueno, el sobre no lo he comprado yo, si no que me lo han dado. Ellos…”

Apoyándose contra una columna de la calle escribió en el sobre: A los Reyes Magos. Y en el remite, tras pensarlo durante un momento: De parte de todos los que no os escriben nunca. Así no habría lugar a equívocos, además el sobre ayudaba, no era un sobre de color blanco normal como casi todos los sobres, era un sobre de color azul, diferente. Antes de arrojarla al amarillo buzón de correos que había en su calle, apretó la carta contra su pecho, como si con aquel gesto pudiera guardar de algún modo todo el ardor de sus palabras dentro del papel azul.

Al hacerlo, se le ocurrió que era mejor idea que alguien que no fuese él echase la carta allí dentro, así él no la habría mandado después de todo. ¿Pero a quién darle la carta? No había casi nadie por la calle a aquellas horas, una intensa lluvia acababa de amainar, y él parecía ser el único interesado en acercarse a mandar en aquel momento una carta dentro de aquel buzón que parecía recién llorado, con infinidad de gotas de lluvia agolpadas contra la fría chapa.

Yo acababa de aparcar mi coche, pensando en cualquier cosa sin importancia, cuando Inocente se me acercó con el sobre azul en la mano.

– ¿Ha escrito alguna vez a los Reyes Magos? ¿Puede tirar este sobre dentro de este buzón, por favor? Yo no puedo hacerlo, esta carta no es de mi parte.

–Por supuesto que puedo–dije asombrado ante las preguntas, lo extraño de la situación y la preocupación del chico.

–Muchísimas gracias, tome–dijo Inocente como una persona a la que se le hubiera resuelto de repente y por arte de magia un imposible trámite burocrático.

Y allí me dejó a solas en mitad de la calle, con un sobre azul que ponía A los Reyes Magos y en el remitente De parte de todos los que no os escriben nunca, sin decirme una sola palabra más, lo perdí de vista corriendo a saltos calle arriba, con prisa, con una invisible alegría.

Fin

http://lascadenasdeandromeda.blogspot.com

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