Una ofrenda para mi hermana


Una ofrenda para mi hermana es uno de los cuentos de fantasmas de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Cuando éramos niñas hicimos un trato. Mientras ayudábamos a mamá a poner el altar de muertos, todos los años, nos preguntábamos si en verdad los muertos regresarían alguna vez, si vendrían atraídos por las ofrendas que les poníamos, o si era solamente una tradición, bella y llena de fantasía.

Un año tras otro la acompañamos al mercado a hacer las compras y luego, en la cocina, a preparar los platillos típicos de la temporada, aunque a mamá le gustaba que pusiéramos, más bien, los favoritos de nuestros abuelos; si eran para ellos, nos decía, tenían que ser comidas que les gustaran a ellos.

Así, a los olores típicos de la temporada, en los que predomina el cempazúchil y el pan de muerto, el punche y el dulce de calabaza, se agregaban los del fideo y el pastel de natas. Fuimos aprendiendo a colocar las ofrendas, adornándolas con papel picado y cadenas de papel morado y blanco.

Pero, a la vez, fue entonces cuando empezamos a preguntarnos qué tan cierto sería todo eso, si siempre, al día siguiente, ahí veíamos la comida que habíamos puesto: nunca desaparecía nada. ¿Venían realmente los muertos a visitarnos?, ¿venían a comerse lo que preparábamos para ellos…? ¿Podríamos, acaso, verlos alguna vez…?

−Claro que vienen −nos explicó mamá un día que se lo preguntamos−. Si ustedes prueban al día siguiente lo que hay ahí verán que ya no tiene sabor, eso es porque ya se lo comieron, sólo que como son espíritus se llevan sólo la sustancia, el sabor, y dejan ahí lo demás.

No lo entendimos muy bien, pero de verdad, esa vez al probar al día siguiente algo de lo que habíamos puesto no nos gustó ni siquiera un poco: aquello casi no sabía a nada. Pero nunca pudimos, ni Beatriz ni yo, ver a los muertos.

−Vamos a hacer un trato −me dijo entonces mi hermana−; a la que se muera primero de las dos la otra le pone su ofrenda. Pero la que se haya muerto, si viene, tendrá que dejar una señal, algo para que la otra se dé cuenta de que vino, ¿qué te parece?

−Bueno, de acuerdo. Si yo me muero primero tú me pones mi ofrenda y si vengo te aviso, y lo mismo haces tú si yo te pongo tu ofrenda. Pasaron los años y no volvimos a hablar de ello. Cada año poníamos nuestra ofrenda como mamá nos enseñó.

Las dos nos casamos; murieron papá, y mamá, y siempre les poníamos su ofrenda. Tuvimos hijos y hasta llegaron nuestros primeros nietos, y ambas, cada una en su casa, continuábamos poniendo las ofrendas cada día de muertos.

Cuando yo tenía cincuenta y cuatro años y mi hermana Beatriz uno más, ella falleció de un infarto. Todos la lloramos, pues era una mujer que se había dado a querer. Además, su muerte fue totalmente repentina, inesperada, pues el mismo día parecía estar llena de vida y salud. Unos meses después, el día de los muertos, yo incluiría a mi hermana entre mis difuntos para poner la ofrenda; por entonces tenía totalmente olvidado el trato que habíamos hecho muchos años antes.

Con anticipación fui al mercado a hacer mis compras, y acomodé todas las cosas para la ofrenda: las deliciosas y tradicionales hojaldras o pan de muertos, y el atole, agua y frutas y también preparé un pay de queso, que era el favorito de mamá; un plato de arroz con mole, que le encantaba a papá; una cazuela llena de frijolitos negros con epazote, como los comíamos en casa cuando yo era niña, y una buena cantidad de tortillas.

Además, pensando en mi hermana, ese año añadí un enorme plato de pitayas, que eran su golosina predilecta. Y tres calaveritas de azúcar con los nombres de mis tres queridos difuntos. Luego, coloqué dos fotografías: la que siempre había puesto, donde estaban papá y mamá el día de su boda, y junto a ellos una de Beatriz, del día que cumplió quince años y en la que se veía muy bonita, alegre como siempre, con su vestido color durazno y su primer peinado de salón.

Compré tres veladoras: dos chicas que eran las de mis padres, y la de Beatriz, como acababa de morir, era la más grande. El adorno también quedó un poco diferente ese año, pues siempre ponía, además de las tradicionales flores de muerto amarillas, la flor favorita de mamá, que eran las azucenas.

Pero ese año me costó mucho trabajo conseguir cempazúchil morado, había casi puro amarillo y yo sabía que Beatriz siempre había preferido las flores moradas. Y sus flores preferidas, las margaritas, tampoco me fue fácil encontrarlas. Pero al fin quedó mi ofrenda lista para recibir la visita de mis tres difuntos más queridos.

Por la noche, estando reunida la familia, esperamos a las doce para prender las veladoras. Mientras esperábamos que sonaran las doce campanadas percibíamos el aroma de los platillos recién cocinados, que nos abrieron el apetito a pesar de que ya habíamos cenado, y platicamos algunas anécdotas de la familia: recordamos las historias de cuando mis papás se conocieron y se hicieron novios, su boda, las travesuras de Beatriz y mías cuando éramos pequeñas, y luego cómo nos fuimos haciendo mayores, nuestros primeros novios, esposos e hijos.

La vida había dado muchas vueltas. Luego, cuando dieron las doce, haríamos una oración por los difuntos, breve pero muy sentida. Prendí las veladoras: primero la de mamá, luego la de papá… Al ir a prender la de Beatriz, perdió el equilibrio, cayó sobre la mesa y rodó al piso. La levanté, revisé que no se hubiera maltratado y la acomodé.

En lo que sacaba un cerillo se volvió a caer sobre la mesa. La levanté, la volví a poner con cuidado, alisando el mantel para que no tuviera arrugas que la hicieran caer otra vez, y encendí el cerillo. Al aproximar la flama a la veladora, pero aún a unos centímetros de tocarla, sin ningún motivo se volvió a caer.

−¡Ja, ja, ja! −bromearon mis hijos−, es la tía Bety, algo te quiere decir. Entonces recordé el trato que habíamos hecho. No pude evitar un ligero estremecimiento, pero me sobrepuse rápidamente.

−Bienvenida, Beatriz… Como siempre, ya sabes que estás en tu casa− murmuré, como si hablara para mí misma. Pero estoy segura de que mi hermana estaba ahí, junto al altar, y me oyó.

Fin

Una ofrenda para mi hermana es uno de los cuentos de fantasmas de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

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