La mujer del bar

bar abandonado

He perdido la cuenta de las noches que llevo sin clientes. Cuando era muchacha me podía dar el lujo de escoger, y por lo general escogía ejecutivos de traje y hasta políticos; eran los que mejor pagaban, y yo era la más bonita por ese entonces.

Luego, cuando junto a mis ojos aparecieron las primeras patas de gallo, pensé que esos buenos clientes tardarían más en notarlas.

Pero me equivoqué, más que rápido me cambiaron por amigas y compañeras de juerga más jóvenes, y ni siquiera cuidaban que yo no los viera: aquí mismo se las sentaban en las rodillas para besuquearse. Como si ellos siguieran igual de guapos y galanes, ¡bah!, sólo porque podían pagar a las más jóvenes.

Pero aún tengo metido en la nariz el aliento apestoso de muchos de ellos. Para vivir, tuve que bajar de categoría y conformarme con empleaduchos de segunda. Funcionó durante una temporada, pero luego tuve que aceptar albañiles, vendedores de mota y coca y hasta alguno que otro ladronzuelo.

No hace tanto tiempo, no me faltaba por lo menos algún borrachín trasnochado dos o tres noches por semana. Por entonces ya apenas me alcanzaba para comer… y todavía tenía que mantener mi ajuar al día.

De unos y de otros, de los ricachones trajeados y perfumados, y también de los pobretones mal vestidos y mal afeitados y con aroma a vino barato y a sudor, recuerdo simpáticas anécdotas de esposas ultrajadas por mi sola existencia, que venían a reclamarles. Y también se encaraban indignadas conmigo, como si yo los obligara a preferirme en lugar de ir a sus casas, con ellas.

Pero de eso hace mucho. Aunque me pongo lo mejor que tengo y me maquillo lo mejor que puedo, mis antiguos clientes ya no voltean a mirarme. En mi profesión, eso es una tragedia. Mi familia desde hace años no me habla, no sea que se contaminen de impureza con mi sola voz. Tengo amigas que no han desdeñado ayudarme, pero no puede ser así siempre: no puedo vivir de la caridad.

Lo último que gané lo gasté en una caja de tranquilizantes, para poder dormir. Ya estoy lista, con mi mejor coordinado y mis mejores aretes. Estoy lista para dormir… estoy lista para no despertar.

* * * * * * *

Hacía tiempo que el local estaba desocupado. Los no tan jóvenes recordaban, sobre todo los hombres, que años atrás hubo ahí un bar. Recordaban principalmente a las vedettes que trabajaban por la noche en ese lugar, luciendo sus encantos con escasa ropa y algunas veces prodigando sus favores a algún caballero que pagaba bien.

Muy cerca de ahí había, para esos casos, un hotel de paso bastante barato y muy discreto. Pero de eso hacía mucho tiempo y el local continuaba desocupado. Y es que, entre esas historias que contaban los viejos, hablaban de una mujer que se suicidó ahí mismo. Y luego, quizá los dueños habían muerto, o estaban muy viejos, y sus herederos no tenían interés en revivir el antro aquél.

Una historia como ésa es suficiente para salar cualquier negocio. No habían traspasado el bar, ni tampoco habían rentado el local para otro giro. La cortina que daba paso a la entrada principal del bar estaba siempre bajada y junto a ella una puerta, con marco de madera y cuadros de cristal, permitía ver el interior, abandonado, oscuro y bastante polvoso.

En esa esquina, donde estaba esa ruina de un negocio muerto, nos parábamos todos los días a esperar el pesero. A veces mi primo y yo, o mi hermano y yo, o mi novio y yo. Una vez al mediodía, cuando estábamos ahí parados mi primo y yo, vimos algo más que el polvo y las telarañas como recuerdo de sus alegrías pasadas.

Como estaba el sol muy fuerte y el microbús estaba tardando bastante, nos acercamos a la pared buscando un poco de sombra. Cuidé de no apoyarme en la cortina para no ensuciar mi ropa, y mi primo Daniel, inquieto como tiene que ser a sus ocho años, iba de un lado a otro, subiendo y bajando el pie en el escalón que hacía que todo el local estuviera unos centímetros por arriba del suelo.

De pronto Daniel se detuvo frente a la puerta de cristal, mirando primero con sorpresa y luego con pavor. Primero pensé que me estaba queriendo tomar el pelo, pues es bastante bromista y juguetón, pero no se movía de ahí y noté un ligero temblor en sus manos, así que me acerqué a indagar qué era lo que veía, y yo también la vi.

Era una mujer más bien vieja, maquillada y ataviada como una muchacha y con el cabello rubio suelto sobre los hombros, bastante alborotado. Brillaban en la penumbra sus largos aretes dorados, que competían con la lentejuela del combinado que llevaba bajo una bata de gasa blanca, casi transparente, que permitía ver debajo de ella el colorido bikini que apenas tapaba la delgadez enfermiza de su cuerpo.

Tenía la mirada fija en nosotros, pero caí en la cuenta de que en realidad no nos estaba viendo sino que sus ojos parecían ver a través de nosotros a algo más allá, a algo que parecía estar muy lejano.

Me estremecí y, casi sin darme cuenta, mis ojos bajaron buscando sus zapatillas, que seguramente harían juego con su apariencia general de glamour un poco pasado de moda. Pero me engañé. No sólo no tenía zapatillas, sino que tampoco tenía pies. Donde terminaba la bata terminaba su cuerpo, que no se apoyaba sobre el piso, y en ese momento se movió hacia atrás y se perdió en la oscuridad.

No vi si caminó, voló o flotó, el caso es que se perdió poco a poco en la sombra y dejamos de verla, y hasta entonces atiné a jalar a Daniel. Nos fuimos corriendo de ahí y, desde entonces, preferimos caminar una cuadra y abordar el microbús más allá y no frente al bar que guarda el fantasma de una pobre mujer.

Fin

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