Un extraño paseo

cementerio

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Un extraño paseo es uno de los cuentos infantiles con valores de la colección cuentos infantiles de la escritora Elízabeth Lencina sugerido para niños a partir de diez años.

Hacía pocos días que Pía había llegado a su vida. Tenía que dar una buena impresión, no podía mostrarse temeroso, porque ella se alejaría para siempre.

Cuando le pidió que la acompañara al cementerio se quedó sorprendido. No sabía qué decir. El sonido del celular de Pía salvó su situación por unos minutos.

– Sí, claro. Avisame cuando quieras ir.

– Ahora no puedo porque me avisó mi papá que me va a pasar a buscar.

– No hay problema. – Me voy con él el finde. El lunes hablamos, ¿sí?

– Sí. Pasala bien.

La saludó con un beso en la mejilla y se quedó pensando en el extraño paseo que daría con esa chica tan bella y misteriosa que se había mudado justo a la casa de al lado. ¿Qué podía pasar en el cementerio? Su abuela siempre le decía que había que tenerle miedo a los vivos, no a los muertos.

Esa noche tuvo pesadillas. El sábado se quedó durmiendo toda la mañana. Estaba agotado. Había corrido, huyendo de horribles monstruos, durante horas. El domingo hubo una reunión familiar, que lo alejó un poco del tema. El lunes a la tarde se cruzó con Pía camino al colegio, cuando iba a la clase de educación física. Hablaron en clave, ya que querían mantener en secreto su próxima salida.

Quedaron en encontrarse a las 19:30 hs. Fidel no pudo más. Se lo contó a Pedro, quien prometió no decir una palabra, salvo que llegada la medianoche no dieran señales de vida. Ambos fueron puntuales. Caminaron unas quince cuadras. La puerta de acceso al público estaba cerrada, pero no sería difícil treparse y saltar. Pía practicaba deportes desde muy pequeña, de modo que tenía una agilidad envidiable. Y Fidel estaba acostumbrado a subirse a los árboles, cuando iba al campo de sus tíos.

Lo primero que hicieron fue observar. Nadie debía verlos. Solo un gato, que se acercó sigilosamente, sería su testigo y su compañero. Pía tenía un plano que la llevaría hasta su objetivo. Quería corroborar la fecha de fallecimiento de una tía abuela de la que no se podía hablar entre los miembros de su familia, quién sabe por qué razón. Ella la recordaba. La imagen que tenía en su memoria era idéntica a la de las fotos que había visto en un álbum. Sin embargo, sus padres le aseguraban que había muerto varios años antes de su nacimiento.

Ya era de noche. Un silencio ensordecedor comenzó a alterar a Fidel.

– ¿Y si ponemos un poco de música con el celu?

– ¿Qué decís?

– Que pongamos un poco d…

– Sí, sí, te escuché, pero no te entiendo.

– Es que… es raro.

– Obvio, che. Estamos en un cementerio, por si no te diste cuenta.

– No te enojes. Fue solo una idea.

– Una mala idea.

Siguieron caminando, atentos, hasta que el gatito comenzó a alterarse.

– ¿Qué le pasa? – preguntó Pía.

– Está asustado. Mirá cómo tiene la cola.

– ¿Y qué tiene que ver la cola?

– Que cuando se les pone así, ancha, es porque tienen miedo.

– Ah, no sabía.

Las orejas del felino estaban hacia atrás, sus pupilas dilatadas y sus dientes, a la vista de quien se atreviera a acercarse.

– ¿Habrá algún perro? – preguntó Pía.

De repente, sintieron la presencia de un ser extraño que se acercaba por detrás de ellos. Se miraron, aterrados. Un fuerte viento arrancó el plano de las manos de Pía. Corrieron en vano, perdiendo de vista el papel.

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Volvieron su mirada hacia el gato, que estaba al acecho. Elevaron sus ojos y descubrieron que los tres estaban en peligro. Ante la tormenta que se acercaba, la mamá de Fidel llamó a Pedro porque no se podía comunicar con su hijo y quería ir a buscarlo antes de que comenzara a llover.

Pedro intentó evitarlo, diciendo que se quedaría a dormir en su casa. Pero Esther notó demasiado nerviosismo en muchacho y en diez minutos lo tenía frente a frente. La mamá de Pía también estaba llamando insistentemente y al no obtener respuesta se comunicó con Esther. Pedro tuvo que hacerse cargo de la mentira de su amigo.

El hombre era alto como un jugador de básquet. Su cara, arrugada y extraña. Su cuerpo, esquelético. Sus movimientos, torpes.

– ¡Pero miren quién está acá! La hermosa Pía.

– ¿Quién es usted?

– ¿No te acordás de mí? El abuelo de tu compañerita de banco, Leila.

– Pero si … – Sí, claro, querida. Estoy muerto, por eso me encontrás acá, en mi nueva casa.

– Esto no puede ser verdad. Estamos en una pesadilla – dijo Fidel, temblando.

– No, muchacho. Tu amiga, tan perfecta, tan inteligente, tan especial, le hizo la vida imposible a mi nietita. Y yo no pude defenderla, porque cuando me enteré estaba en una cama de hospital, despidiéndome de todos mis seres queridos.

– ¿Qué nos va a hacer?

– ¿Vos qué harías? ¿Elegirías ir por el camino de la venganza?

– N… – Pía no pudo seguir hablando.

– No te la vas a llevar de arriba, mi amorcito.

– ¿Qué quiere de nosotros? – preguntó Fidel.

– Vamos a hacer un trato. Pía, si vos prometés no volver a discriminar a nadie en toda tu vida, yo los dejo ir sanitos y salvos a su casa.

– Dale, Pía, hacelo, por favor. Pía había enmudecido. Comenzó a hacer señas, intentando decirles que no podía hablar. Su mirada expresaba horror. Un helado sudor corría por todo su cuerpo.

– Ahora sabés que siente Leila. Ella es muda. No es culpable de ello. Y es la mejor persona que conocí. Y no lo digo porque sea mi nieta. Es verdad, vos no me lo podés negar.

Pía buscó un papel y una lapicera en su mochila. Escribió: Perdón. Me arrepiento de todo lo que hice. Prometo no volver a burlarme de nadie. Mañana mismo voy a ir a visitar a Leila. Voy a cambiar. Lo juro por mi abuela que está en el cielo. No le haga nada a Fidel, por favor. Él no es como yo. Si me hubiera conocido de antes, no estaría conmigo, porque me odiaría con toda su alma.

– Espero que esto sirva para que otros niños no vivan la pesadilla que vivió Leila mientras fue tu compañera. Pía abrazó a Fidel, llorando a gritos. Había recuperado su voz. El abuelo de Leila continuó caminando, unos metros, hasta que su imagen se deshizo.

El gatito recuperó su estado de tranquilidad y se quedó allí, con ellos, que habían decidido dejar de buscar la tumba de la tía de Pía. Minutos después, las mamás de ambos llegaron junto con Pedro.

– Perdoná, amigo.

– No seas tonto. Está todo bien.

– No, chicos, no está todo bien – interrumpió Esther. Juntos, caminaron hacia la puerta, que había sido abierta por el sereno, a pedido de las señoras.

Pedro tomó en sus brazos al gatito y le preguntó al sereno si era suyo. Ante la negativa, decidió adoptarlo. Pía y Fidel les contaron lo sucedido, pero como era de esperar, nadie les creyó. La mamá de Pía aseguró que la tía abuela había muerto hacía treinta y tres años, o sea que podría explicarse su aparición como algo similar a lo que habían vivido con el abuelo de Leila.

Tal lo prometido, Pía fue a encontrarse con Leila, para pedirle perdón. Y cuando regresó a su casa le pidió a su mamá que la llevara a un curso de lenguaje de señas. Fidel, que dibujaba muy bien, creó una historieta situada en el cementerio, con un personaje principal que luchaba contra la discriminación. Pedro lo ayudaba, corrigiendo las faltas de ortografía.

Años más tarde, su historieta se convirtió en una revista, que no sólo sirvió para que la gente se divirtiera, sino para que cambiara ciertas actitudes frente a las personas diferentes. Pía se recibió de profesora especial para sordos e hipoacúsicos.

Todo esto se lo debían al abuelo de Leila, que se animó a salir de su tumba, para hacer justicia.

Fin

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