Viaje en tren

Cuentos cortos de aventuras

Viaje en tren es uno de los cuentos cortos de aventuras para niños del escritor panameño Danny Vega Méndez. Cuento sugerido para niños a partir de diez años.

Siente miedo. Sus manitos sudan cada vez que el temor hace un atentado a su sistema nervioso. Le pasó en el examen de matemáticas. Lo recuerda bien. De los nervios que tenía, creía que los números estaban al revés y saltaban de su página. Y lógicamente el resultado fue un fracaso. Su mamá le castigó tanto que sentarse no podía. El tren está listo para dar inicio a una travesía como otras. Sin embargo, él siente el temor de la ovejita que va al matadero. Las sonrisas de las personas le enojan. ¿Cómo pueden estar tranquilos? ¿Acaso no saben su situación?

-Mamá me va a pegá- se decía mientras el tren comenzaba su marcha hacia el pueblo que llamaba hogar. Sentado solitariamente junto a la ventana, ve el panorama. Jacú es un lugarcito de paz en entre tanta vegetación verde vida. A orillas de su río descansa el más cansado trabajador y en sus aguas, el reposo es celestial. Y que hablar de lo divertido que es jugar en sus cristalinas aguas matizadas con los mordiscos de los tímidos y veloces pececitos. Tranquilo y manso es el pueblo, encantado con las personas que esconden el secreto de la longevidad. Pareciese que el tiempo cobra vida cada vez que cuentan una historia junto a una taza de café a la luz débil de la tarde. De noche el silencio es rey y en su honor los grillos, ranas y demás hacen un concierto que invita a una noche enamorada bajo luz de una cómplice luna.

A ratos parece que se le olvida. Pero su mente lo traiciona: “Regrésate el domingo”, le ordenó. Fue el desacato de esta orden lo que llevaría otra vez al paredón de los enjuiciados. Hoy es lunes. No regresó cuando se le dijo y peor aún, perdió un día de clase. La indicación en sí era sencilla: ir a casa de su tía, entregarle el mandado y listo. ¡Ah! y el papel que debía leer. Eso sumado al hecho de poder jugar con sus primos todo lo que quisiere. Pero hoy es lunes. No es domingo. “Mamá me va a pegá”, recuerda mientras trata de secarse las manos que a chorros moja su ropa de domingo.

“¡Ya sé! Le diré a mamá que el arroz que tiene con mi tía está bonito y que también ella se compró un puerquito para matarlo en Navidad y comerlo en la casa. Sí, eso le gustará”. Pensaba buscar la idea más agradable con el fin de que su madre fuese benevolente la hora de ejecutar sentencia. Pero no; se acordó de aquella vez en que pensó que los gatos se bañaban y tiró un minino al tanque. El pobre gato por poco y se ahoga. Sin contar que el felino en la lucha dejó todos los pelos que iba a soltar por un mes. Empeorando su situación, su madre luego intentó bañarse sin tomar en cuenta el contenido del recipiente. Solo se escucharon los gritos y el castigo ejemplar que luego recibió.

El tren hace una parada. Sin embargo fue muy corta. Jorgito piensa que el tren va demasiado rápido y que con cada sonar de su máquina hay sonrisas burlescas que agobian su situación. Avanza con el sonido de muchos caballos fuertes y guerreros. Es una máquina vieja; dice que del tiempo de su abuelo y por lo tanto es una reliquia. Es el 727; es amarillo por lo que disimula muy bien el óxido implacable que no perdona. Aunque los años han hecho de las suyas en esta máquina; ella se yergue imponente, respetable y venerable. Su sonido es signo característico de esta tierra. Pensar que algún día pueda dejar de operar motiva a ser exaltada. Alguien dijo que sólo se pueden hacer homenajes a las personas. Ante esta ridiculez, signo de poca inteligencia, se levantaron algunos más para declarar que justo es el reconocimiento, pues parte de sus vidas han sido transportadas por esta fría máquina que a ratos parece cobrar vida cuando calienta su motor.

“¡Señores! Por favor sírvase a cancelar su pasaje”. El oficial del tren hace el llamado. Busca en su bolsillo el dinero. Hace un descubrimiento espantoso, el bolsillo tiene un hueco. Se le cayó el dinero. ¡Qué mal! Una vez, escuchó de los labios de un compañero que lo tuvieron que bajar del tren por no pagar, por lo que tuvo que caminar buen tramo. Una absurda solución para su estado de desespero.

Jorgito Mendoza estudia la situación, si no puede pagar el tren, le diría a su madre que lo bajaron y tuvo que caminar todo el resto del camino tan solo llegar para llegar a su casa y cumplir con lo ordenado. Muy débil llegaría a casa y su madre no sería capaz de golpearlo así. Aunque sus ojitos de esperanzadores recobraron la apariencia de la dura realidad. Recuerda tristemente la vez en que su progenitora le dijo: “¡Bájate del árbol por qué te vas a caer!”. Ignoró por completo lo dicho. Se resbaló y lo recibió el suelo. En un santiamén se levantó para disimular el estruendo que causó su cuerpo al descender bruscamente entre las ramas del Mango. Sus manos sudorosas delatarían otra vez, su estado anímico. Su madre con tono de general de mil batallas expresó la frase que más detesta en sus labios: “¡Te lo dije!”. Trató de dar mil detalles pero no le bastó. Tomo árnica y le comenzó frotar por los lugares afectados, no sin dejar de pronunciar aquella incómoda frase: “Te lo dije, te lo dije”, una y otra vez. Aquel instante su boca tendría que haber sido el calabozo de su lengua. ¡Pero no! Tuvo que hablar y hacer de científico que explicase el porqué de su caída, obviamente producto de la fuerza de gravedad y la antigüedad de la rama del árbol. La mirada de enojo de su progenitora, lo dijo todo; y otra vez un castigo ejemplar.

-Niño su pasaje.

-No tengo señor; mire-. Le enseñó el hueco del tamaño por donde una moneda mediana podría escaparse fácilmente.

-¿Ya te revisaste el otro bolsillo?

Jorgito metió su mano y allí estaba el dinero. Ese sería su fin. Tan solo era cuestión de escoger con que armas sería ejecutado. Pensó otra vez en el gato que bañó. Pobre animal. Dócil al inicio, nervioso y escapista al final. Y con justa razón. En las tardes de ociosidad lo tomaba entre sus brazos y lo llevaba al centro del potrero, no sin antes llamar a los perros. Estando allí, lanzaba por los aires al pequeño felino, el cual deseaba exasperadamente tocar suelo no por la caída sino por la huida, pues los canes estaban a la espera de ese momento. Corría aquel animalito, dejando una estela amarilla que era perseguida por los tres bultos negros. Un buen día simplemente no volvió. Y por supuesto, lo acusaron a él.

Un oficial de la policía camina por el centro del tren procurando que todo esté en orden. Observa a la criaturita y lo reconoce. El día no se podría haber empeorado. Fue él quien jugando en el río, gritó que alguien se ahogaba. El valeroso oficial que se encontraba casualmente por el lugar, se lanzó en búsqueda de la víctima. Buscó y buscó ante la mirada absorta de los niños y demás curiosos que llegaron a la orilla a ser testigos de tan cómica pero no menos preocupante escena. Siguió buscando hasta que las disimuladas carcajadas hicieron eco en su oído. El policía entendió lo que ocurría. Salió del río no sin despejar su mirada sobre la pequeña humanidad de Jorge. Le pudo haber dicho cualquier regaño o hecho cualquier castigo. ¡Pero no! Se le ocurrió penalizarlo con lo más trágico para él. “Se lo diré a tu madre”, le expresó y entre las libres carcajadas, se alejó húmedo hasta por donde no le llegaba el sol.

-¿A dónde te diriges niño?- Pregunta el seco uniformado.

-A San Vicente-. Tartamudea un poco pero al final le confesó. Pudo haber dicho una mentira. Pero a causa de los nervios, ahora le reveló la ubicación de su casa. El oficial le sonrió y siguió su camino. No sin antes dejarle la satisfactoria mirada de que tarde o temprano cumplirá lo prometido.

Progreso es la penúltima parada. Mira sus piernas. Ojalá que no se le ocurra mandarlo a la escuela con los pantaloncitos cortos. Los cuerazos producto del rejo de caballo estarían marcados para vergüenza de él. Le pasó aquella vez en que inteligentemente se le ocurrió planchar las medias de su padre. Y como es de esperarse, las quemó. Ya se imaginaba a Luisito riéndose a más no poder. Lo peor no sería eso. Las niñas lo mirarían diferente; eso sería lo más traumatizante. El tren anuncia su salida y Jorgito mira hacia atrás como dejando una vida, como rogando un escape.

Frente al sendero que lo conduce a su casa cree que el camino se hace irónicamente más corto. No ocurre lo mismo cuando va a la escuela; por el contrario se hace largo y tedioso las mañanas en que va retrasado. Él no tiene bicicleta como la tiene Luis quien lo espera especialmente cuando va tarde, para rebasarlo y hacer la afrenta más cruel y difícil de sobrellevar. Y ni hablar de los regaños de la maestra. Misma que lo sentó en la primera banca, pues desde allí lo vigila mejor. En cierta ocasión, invirtió en el recreo todo su capital en un sabroso chicle; podría haberlo gastado mejor, pero no; él quería como nada, la sensación de masticar chicle a la vez que conversaba con las niñas, pues eso le daba un aire especial. Sin embargo, no contaba con el resfriado y que en uno de sus estornudos, aquella masa pegajosa y salivada cayera sobre la silla de la maestra. No tuvo tiempo de avisarle. Simplemente se sentó. Fue fácil dar con el responsable, puesto que luego de nuestros padres, son los maestros las personas que mejor nos conocen; las manos sudorosas le dieron otra mala jugada. Y después, un castigo ejemplar en la escuela y otro en la casa. Quizás porque los padres creían muy respetuosamente que el castigo recibido por los maestros, nunca era suficiente.

Los vecinos lo saludan y se detiene para entablar una breve conversación. “¿Acaso es que se puede hablar con un virtual difunto todos los días?”, piensa para sus adentros. El sol lo acompaña hasta la entrada de su modesta casa. Respira profundo; toma fuerza y continúa. Su madre limpia afanosamente el pescado que trajo don Mendoza del puerto. Lo mira con aquella mirada amedrentadora: El famoso y muy odiado “te lo dije”. Estaba listo para afrontar su destino y no podría ser de mejor forma con los ojos cerrados y con el funesto “te lo dije”.

-Te dije que no usaras el pantalón de domingo cuando regresaras -no entiende; está prácticamente ileso, pero no entiende por qué. -¡Nunca me escuchas! No sé qué voy hacer contigo. Quítatelo de una vez.- Se pasa su mano por su cuerpo y no siente el más mínimo rasguño ni dolencia. “¿Será ya estoy en el cielo?”, se cuestiona.

Por primera vez siente la necesidad de hacer lo correcto. Si su madre no se acuerda, él se lo diría. De ser castigado, lo sería como todo un valiente. Ya imaginaba los rostros expresivos de sus compañeros de clases. -Mi madre me pegó. ¡Sí! Pero yo le dije lo que había hecho-. Sería el comunicado oficial. Y ciertamente, las niñas suspirarían alrededor de él como solo lo harían ante un héroe de guerra. Además, es mejor que su madre se acuerde ahora mismo porque cuando se acuerda, se acuerda de que no le acordó; y entonces se cobra las deudas tempranas y las que quedaron por saldo.

-Me quedé jugando con mis primos y aunque mi tía me lo pidió no quise regresar el domingo -con orgullo desafiante y honestidad pura, lo declaró; fue difícil pero logró hacerlo sin miedo ni nervios traicioneros. Su padre hace un alto en la lectura del periódico, para interrogar escépticamente a su compañera de vida:

-¿Porque le dijiste al chiquillo que se regresara el domingo cuando yo le di permiso hasta hoy?

-Yo le dije que regresara el domingo, pero después cuando me recordaste lo del lunes, aproveché escribírselo en un papel y dárselo junto con las cosas que le enviaría a mi hermana. Se lo di justo cuando pasaba en el tren. Acuérdate -ahora se dirige a su vástago- que de tantas cosas que decía en el papel una de ellas es que no me acordaba que no había clases el lunes por motivo de las patronales, por eso te escribí que tu papá te había dado permiso para que llegaras hasta hoy.

No lo puede creer parece una burla del destino. Algo inconcebible. Revisa el bolsillo trasero y mira el doblado papel; lo toma entre sus manos y hace lo debía de haber hecho. Le pasó igual con el examen de matemáticas que fracasó; y le ocurrió lo mismo con las razones que tenía que darle a la esposa del vecino y que por poco provoca una tragedia; y ni hablar de las medicinas que tenía que comprarle aquella vez a su abuela y que casi envenena.

Simplemente, no leyó.

Fin

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Viaje en tren es uno de los cuentos cortos de aventuras para niños del escritor panameño Danny Vega Méndez. Cuento sugerido para niños a partir de diez años.

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