La señora de los libros

Mi familia y yo vivimos a mucha altura, cerca del cielo. Mi casa está tan arriba que casi nunca vemos a nadie, sólo halcones que planean por el aire y animales que se esconden entre los árboles.

Me llamo Cal y no soy el hermano mayor, aunque tampoco el menor. Pero si soy el primer chico y puedo ayudar a papá con el arado y salir a buscar las ovejas que a veces se nos escapan.

También puedo traer la vaca a casa cuando se pone el sol, y suerte que lo hago yo… porque, si mamá la dejara, mi hermana Lark, se pasaría el día entero enfrascada en algún libro, desde que sale el sol hasta que se pone. No se ha visto niña más requeteleída… Es lo que dice siempre papá.

Eso no es para mí. Yo no nací para sentarme quieto parado a mirar cuatro garabatos. Y no me hace ninguna gracia que Lark vaya de maestrilla: el único colegio que hay está a tropecientos kilómetros río abajo. Ni siquiera Lark es capaz de echar a volar y llegar hasta allí.

Total, que ahora quiere enseñarnos ella. Pero a mí lo del colegio no me va. Por eso soy el primero que oye el ruido de los cascos y que ve venir la yegua alazana, del color de la arcilla. Soy el primero que se da cuenta de que el jinete no es un hombre, sino una señora que lleva pantalones de montar con la cabeza bien alta.

Por supuesto, recibimos a la forastera con los brazos abiertos. Es simpática como la que más y tras beberse su buen té, coloca las alforjas encima de la mesa, y lo que se desparrama cualquiera diría que es oro, porque a Lark le brillan los ojos como monedas de dólar, y no consigue tener las manos quietas, como si quisiera agarrar un tesoro.

En realidad lo que lleva esa señora no es ningún tesoro, al menos para mí. No os lo creeréis: ¡son libros! ¡Un montón de libros que ha cargado ella sola por toda la ladera! Todo un largo día a caballo y para nada. Digo yo. Porque si lo que quiere es venderlos, como hace el calderero, que va por ahí con ollas y sartenes y demás, está más claro que el agua que aquí no tenemos ni un dólar, ni un solo centavo que gastar.

Y muchísimo menos en unos libros viejos e inútiles. Entonces va papá, mira bien a Lark y carraspea. Propone: «Hacemos un trato. Una bolsa de frambuesas a cambio de un libro».

Aprieto fuerte las dos manos detrás de la espalda. Quiero decir algo, pero no me atrevo. Esas frambuesas las he recogido yo… para una tarta, no para un libro.

Me quedo pasmado cuando veo que la señora se niega en redondo. No acepta una bolsa de frambuesas, ni un manojo de verduras, ni nada que papá le ofrezca a cambio. Esos libros no cuestan dinero, como no cuesta dinero el aire.

Y no sólo eso, sino que encima dentro de quince días ¡piensa volver por aquí para cambiarlos por otros! A mí, la verdad, me importa un comino lo que ha traído la señora de los libros y me daría igual, pero igual-igual, que se olvidara del camino que llega hasta nuestra puerta.

Pues no: resulta que siempre vuelve, aunque llueva a mares, haya niebla o haga frío. Esa yegua que monta será muy valiente, digo yo. Una mañana, el mundo se queda más blanco que la barba del abuelo. El viento aúlla como los linces en plena oscuridad. Nos acurrucamos todos delante del fuego, hoy nadie va a hacer nada de nada. Con este tiempo hasta los animalillos del bosque permanecerán bien escondidos.

Pero, recórcholis, de repente oímos un repiqueteo en la ventana nevada. ¡Y ahí está la señora abrigada hasta las cejas! Hace el intercambio por la puerta entreabierta, porque dice que así no cogeremos frío. Cuando papá le pide por favor que se quede a dormir, no se deja convencer. «La yegua me llevará de vuelta a casa», responde.

Me quedo boquiabierto mirando cómo se aleja la señora de los libros. Y mil ideas empiezan a darme vueltas por la cabeza, igual que los copos que el viento hace girar ahí fuera. No sólo es valiente la yegua, digo yo, sino también la señora. De repente me muero de ganas de saber por qué la señora los libros se arriesga a pillar un resfriado o algo peor.

Elijo un libro con palabras y también con dibujos y se lo enseño a Lark. «Enséñame qué pone». Y mi hermana no se ríe ni se burla de mí, sino que me hace sitio y allí en voz baja nos ponemos a leer. Papá dice que está escrito en las señales de la naturaleza si el invierno va a durar mucho o poco.

Este año todas las señales han predicho una nieve muy abundante y un frió infinito. Así, aunque casi todos los días estamos apretados en casa, como sardinas en lata, me da igual. Parece raro, ya lo sé, pero es verdad. Es ya casi primavera cuando la señora de los libros puede volver a visitarnos.

Mamá le hace un regalo, lo único valioso que puede dar: su receta de tarta de frambuesas, la mejor del mundo entero. «No es mucho, ya lo sé, por todo el esfuerzo que hace —dice mamá, y luego baja la voz y añade con orgullo—: y por haber sacado dos lectores de donde sólo había una». Agacho la cabeza y espero hasta el final para decir la mía: «También me gustaría tener algo que regalarle».

La señora de los libros se vuelve para mirarme con sus enormes ojos negros. «Ven aquí, Cal —dice con mucha dulzura, y cuando me acerco pide—: Léeme algo». Abro el libro que tengo en las manos, uno nuevo que acaba de traer.

Antes me pensaba que sólo eran cuatro garabatos, pero ahora ya sé ver lo que encierra de verdad y leo un poco en voz alta. «Eso ya es todo un regalo», dice ella, y sonríe de oreja a oreja hasta que también a mí me entran ganas de sonreír.

Fin

Nota de la autora

Este libro está inspirado en una historia real: la valiente labor de las bibliotecarias a caballo, conocidas como «las señoras de los libros» en los Apalaches de Kentucky. El Proyecto de la Biblioteca a Caballo se fundó en los años treinta del siglo XX, en el contexto del New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt, con el fin de acercar los libros a zonas aisladas donde había pocos colegios y ninguna biblioteca. En lo alto de las montañas de Kentucky, los caminos eran a menudo simples lechos de riachuelos o senderos accidentados. A lomos de un caballo o una mula, las bibliotecarias a caballo recorrían la misma ardua ruta cada dos semanas cargadas de libros, con independencia de que el tiempo hiera bueno o malo.

Para demostrar su gratitud por algo que no costaba dinero, «como el aire», las familias podían hacerles algún regalo de lo poco que tenían: verduras de sus huertos, flores o frutas silvestres, o incluso preciadas recetas transmitidas de generación en generación. Aunque también hubo unos cuantos hombres en la Biblioteca a Caballo, por lo general se encargaban de ella las mujeres, en una época en la que la mayoría de la gente consideraba que el trabajo de la mujer estaba en la casa. Las bibliotecarias a caballo hacían gala de una resistencia y una entrega extraordinarias.

Cobraban muy poco, pero se sentían orgullosas de su labor: llevar el mundo exterior a la gente de los Apalaches y en ocasiones convertir en lector a quien antes no había visto mucha utilidad en «cuatro garabatos». En Kentucky, los lechos de los riachuelos y los senderos acabaron por convertirse en carreteras. Los caballos y las mulas dejaron paso a los bibliobuses, que son las bibliotecas ambulantes que siguen existiendo hoy. Bibliotecarias y bibliotecarios entregados a su tarea siguen llevando libros a quienes los necesitan.

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La señora de los libros Barcelona, Editorial Juventud, 2010

La señora de los libros
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