Pintando la ciudad de color transparente

Pintando la ciudad de color transparente

Pintando la ciudad de color transparente

Pintando la ciudad de color transparente. Kike El Duende, escritor español. Cuento infantil. Cuento para reflexionar.

Hay ciudades que, cuando te acercas a ellas, te van enseñando un color determinado, aunque más tarde, dentro de ellas, la cosa cambia.

Caramel, por ejemplo, la ciudad de los caramelos, de lejos es de color rosa y amarillo pero, cuando paseas por ella, es de color azúcar pegajoso.

Mat, la ciudad de las matemáticas, tiene un color más complejo, imaginaros un color que sea la mezcla de un azul sumado a un naranja, al resultado le restamos un poco de verde y si dividimos lo que queda por un negro bien oscuro obtenemos un raro color ámbar, después si te subes a cualquier raíz cuadrada para dar una vuelta, esta ciudad es de color blanco exacto.

Pero que os parece si dejamos de lado durante un rato las ciudades imaginarias para fijarnos en la reales. Os llevo de paseo por mi ciudad, no importa el nombre porque todas son, al fin y al cabo, iguales. A la mañana siguiente y, después de cepillarme los dientes, abro la puerta de mi casa y aquí está, mi queridísima Luna esperándome para llevarme al cráter de las ciudades.

Te das cuenta cuando vives en ellas que las carreteras se comen los campos, que las farolas te dicen por donde debes de caminar, que los edificios se visten de cualquier manera sin preguntar y casi nunca hacen juego con el paisaje, que las papeleras se aburren por estar vacías y a las aceras le crecen grietas y agujeros, chicles, colillas y para que no nos caigamos, nos colocan por muchos sitios barandillas.

Incluso cuando el sol brilla con más fuerza, la ciudad no luce un color hermoso y entonces le pregunto a Luna:

-¿Qué puedo hacer para despertar y ver más bonita mi ciudad?

–Píntala– me dice Luna.

-¿Y de qué color la pinto? le digo.

–Píntala de color transparente y mañana vuelve.

A mis pies apareció al instante un pequeño bote de pintura y sobre la tapa leí al momento:

COLOR TRANSPARENTE Lo puedes pintar todo: los árboles, el viento y las calles, la lluvia, los trenes y los valles. De una en una o de veinte en veinte pero no pintes nunca, nunca, nunca, a la gente

Primero pinté una farola y a medida que la pintura secaba, me di cuenta que la farola iba desapareciendo y al final, como no podía ser de otra manera, del todo desapareció.

¿Qué creéis entonces que era lo que debería de hacer?, pues pintar de transparente todo lo que no me gustaba ver. Pinté la basura tirada, las barandillas oxidadas y los columpios rotos, pinté algunos coches porque había demasiados y también pinté algunas calles y otras las cerré con llaves.

Pinté una historia muy triste y también la contaminación. Pinté lo que dejaban los perros y los accidentes, las cosas caras y lo que para todos es evidente, te lo digo en una palabra: La maldad.

Al llegar a casa me tenía intrigada lo que ponía en la etiqueta del bote sobre no pintar la gente y como cualquier niña haría, lo hice corriendo al día siguiente. Me quedé sola. Un solo ser. Se acordó la lluvia y comenzó a llover.

-¿Qué he hecho? – pensé. He de ir junto a Luna y aunque llueve me acuerdo que ella me dijo “mañana vuelve“.

-Luna, queridita Luna, he pintado a la gente y ahora estoy muy preocupada, no me lo quito de la mente. Han desaparecido y no se a donde han ido.

-Te digo pequeña niña, que en un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme te dejé un bote, de pintura transparente pero que bien claro te ponía que no pintaras a la gente.

No me dijo nada más. Me fui. En fin, cuatro cosas os digo: que leáis bien todas las etiquetas, folletos o prospectos. Conciencia para actuar con prudencia. Borrón y cuenta nueva muchas veces pero antes de vaciar el río hay que salvar a los peces.

Y por último, que si no lo entendéis bien, que penséis mucho las cosas aunque tengáis que contar hasta cien.

Fin

 

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