Queco, el globo. Cuentos de globos


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Cuentos de globos

Queco, el globo.  Marina Caballero del Pozo, escritora de España.

Queco, el globo. Cuentos de globos

Queco estaba radiante y azul. Azul como el cielo que tenía encima. ¡Qué techo más alto! Azul como las guirnaldas que adornaban la plaza. Azul como el vestido de una niña que comía trozos de nube. ¿Se comían las nubes? Al menos a Queco se lo parecía.

La pequeña señaló a Queco con el dedo pegajoso, pero su hermana mayor tiró de ella y de su algodón de azúcar hacia un portal. La propina no daba para más.
Queco seguía radiante y ansioso. Radiante como el sol que iluminaba las farolas todavía apagadas y que daba brillo a las hojas aún verdes del parque. Radiante como el bullicio de toda la barriada en fiestas.
¿Qué habría más allá?, se preguntaba Queco; ¿qué cosas?, ¿y cómo serían? El niño mordisqueaba con fruición una brillante manzana roja.
-Porfi, anda, cómpramelo.
-Para lo que te va a durar…
-Que sí. ¡Vamos, papi, cómpramelo!
El hombre suspiró y buscó dinero suelto en el bolsillo.
-¿Cuál quieres? -preguntó el globero.
Queco se izó más si cabe. El niño con la boca llena de manzana y caramelo pasó revista: había dos globos amarillos, otros dos blancos, tres verdes, uno…
-Ése, ése azul. Lo quiero.
Con la emoción, a Queco se le olvidó despedirse de sus compañeros. ¡Vaya suerte!, pensaron éstos. Ellos tendrían aún que esperar. Y lo vieron marchar muy ufano con el niño.
La tarde decaía y en la ciudad las luces no estaban quietas. ¡Qué divertido para Queco! El ámbar se apagaba, se encendía, se apagaba…
-¡Espera! ¡Ven acá! -chilló el padre a buen paso.
Pero el pequeño correteaba entre risas por la acera, brincaba de aquí para allá dando gritos… Varios dedos infantiles lo señalaron con pelusa, y Queco se vio impelido en todas las direcciones. ¡Era tan emocionante!
-Se te va a soltar. Lo veo venir -aseveró el padre reteniendo al chiquillo ante un cruce.
Al poco, los espacios se achicaron. Entonces el niño soltó a Queco y éste se encontró en lo alto de una pequeña habitación. ¡Cuánta fiesta en todas las pupilas! Satisfecho como estaba, a Queco no le importó pasar la noche contra un techo de escayola.

Aquel sábado, el sol entró bonachón en el cuarto. La flota del almirante esperaba zarpar de inmediato porque, a pocas millas, tras la espesura de la isla, fondeaba un barco pirata de terrible leyenda. Faltaba dar la orden; pero el pequeño marino, aunque intrépido, sólo tenía ojos para su nuevo juguete: Queco.
Precisamente a Queco le chocaba ver una tripulación muy diminuta junto a cosas enormes como el armario, la cama… De improviso, recibió un empujón, seguido de otro más contundente. Todavía en pijama, el niño, de pie sobre el edredón de monigotes, enarbolaba el mango de un plumero. Queco se corrió de sitio, pero no bajó. Entonces el chiquillo pidió refuerzos.
-Toma, tómalo, que me dejas sorda con tanto chillido-. Y la buena señora, de paso, entreabrió la ventana para airear la habitación.

Estaba bien. Su amiguito quería divertirse y Queco jugó a ser pelota. Botó, salió disparado hacia la lámpara (que giró caótica), tiró panza arriba al oso peludo y… ¡Gol! El pequeño delantero palmeó dando un salto, luego volvió a la carga con más ímpetu. ¡Yupi! Aquello era excitante, pero cada patada dolía. Queco supo entonces que él no estaba hecho para aquellos trotes. Alicaído, quedó sobre el césped de la alfombra. Sin embargo, no hubo respiro. ¡Paf!
-¡Qué chutazo! -bramó el crío.
Esta vez Queco no chocó contra ningún mueble. Sólo caía, caía…
A los gritos renegados del niño acudió la abuela.
-¡Vaya! Ya me extrañaba a mí que te durara tanto.
La mujer se asomó: miró al cielo, luego a la calle.
-Bueno, no se le ve-. Y, sin entretenerse más, cerró la ventana. Conocía bien las pataletas de su nieto.
Queco estaba allí, parado en mitad del paso de peatones. No salía de su aturdimiento. ¡Cuánto ir y venir! Piernas con faldas, pantalones, más piernas… Un tacón golpeó con fuerza el pavimento a pocos milímetros de él. ¡Menudo susto! Se había librado de una buena. Pero ¿qué pasaba ahora? Las botas, los playeros, muchos zapatos corrían a las aceras. Queco se quedó solo frente a la luz roja, que lo miraba apremiante. Y justo entonces aquel camión gigantesco rugió. Sus ruedas comenzaron a girar muy aprisa. Unas ruedas enormes con neumáticos que enseñaban sus dientes… Y a la vez que giraban, se acercaban más y más a Queco. Éste deseó empequeñecer, convertirse en una mota de polvo, en menos incluso. Pero el horrible monstruo ya se le echaba encima, ¡qué espanto!, y se lo tragó con estruendo.
Fueron segundos o miles de años en un túnel oscuro y estremecedor. Luego los acelerones del camión se alejaron envueltos en humo, y Queco fue a parar junto a un bordillo. ¡Menudo destino el suyo!, en la rejilla de un desagüe. Gracias a que las hendiduras eran estrechas… En ese momento, una mano gordita agarró a Queco. Éste se encontró con dos ojos redondos e inocentes. ¡Menos mal! Aquel pequeño ser se interesaba por él. La nena balbuceó contenta de su hallazgo.
-Pero, pero ¿qué tienes en la mano? ¿No te he dicho que no cojas nada del suelo? Es caca, ¡caca!
De nada sirvieron los  gimoteos  de  la  pequeña  reclamando  su  tesoro. Queco acabó en la papelera, entre varios pañuelos de celulosa con catarro y una piruleta rota.
¡Qué desdicha! ¿Les habría pasado lo mismo a sus compañeros? Con la ilusión que todos tenían de conocer mundo. Cómo añoraba al globero en la esquina, rodeado de chiquillos. Alguien arrojó un refresco a medio beber. Queco se encogió maltrecho y mojado. ¿Qué iba a ser de él? ¡Zas! Ahora le tocaba el turno a una cajetilla de tabaco. Ni siquiera para reciclar. Encima de lo mal que olía. Y así, a cada rato, fueron cayendo más desperdicios. No, no había solución. Queco se quedó sin espacio y sin luz.
De repente, al cabo de quién sabe cuántas horas, algo se empezó a mover dentro de la papelera. Algo que rebuscaba apartando sobras de merienda, folletos sin leer… Queco volvió en sí medio asfixiado. ¿Qué sería aquello? Entonces se abrió un resquicio de luz y… Era una mano, una mano grande que hurgaba ahora en un paquete.
-¡Ajá! -exclamó el vagabundo desde arriba. Aunque poco, al menos tendría una galleta que llevarse a la boca. Pero también sería cosa de seguir husmeando…
Queco sintió que unos dedos ásperos lo palpaban, lo achuchaban. Y en un santiamén estuvo fuera de la papelera. Esto era el final, sin duda.
-¡Caramba, chico! ¡Qué mala pinta tienes!
Aquella cara curtida y con arrugas le sonrió de oreja a oreja. Pero Queco había sufrido tantos batacazos que ya no se lo creía.
-¡Hum! Veamos si puedo hacer algo por ti.
El vejete lo sacudió amistosamente. Nada se perdía con probar. Así pues, inspiró con fuerza y, ni corto ni perezoso, le soltó a Queco un largo soplido.
Casi de sopetón, Queco se llenó de aire. ¡Ah, qué bien! Empezaba a sentirse mejor, mucho mejor. ¡Viva, estaba salvado! Y todo gracias al buen vagabundo. ¿Podría irse con él? Desde luego no era mala idea: una vida bohemia, lugares que desconocía…
-¡Caray, chico! Pareces otro.
Era verdad. De nuevo Queco estaba radiante y azul.
-¡Hale!, te voy a soltar.
A Queco le dio un tembleque. Allá abajo pasaba el río. Como se cayera al agua, ¡menudo porvenir otra vez! Su amigo el vagabundo lo despidió con una palmada.
-¡Buen viaje, chaval!
Queco estaba aterrorizado. Mira que tenía mala pata. Siempre lo mismo. Todo se le chafaba. Pero ¿no era cierto que flotaba? ¡Sí!, ¡subía, subía hacia el techo azul! ¡Y qué pequeñas se quedaban ahora las casas, el puente, los coches…! Al principio sintió un poco de vértigo, porque también el vejete dándole de mano parecía una miniatura. En cambio el espacio resultaba enorme. Y placentero. Se podía sentir a sus anchas. Queco ya no tenía miedo. Al revés, ¡menuda gozada! Aunque… ¿Adónde iría? Abajo la diminuta ciudad ya estaba en sombras, mientras que, a lo lejos, en otras tierras amanecía. ¡Claro, eso! Seguiría al gran disco dorado en sus andanzas, donde quiera que fuese. Era muy alegre, y todo un artista que pintaba con bonitos colores los paisajes. Además, con él no se pasaría frío. ¡Iba a ser un viaje maravilloso!
De repente, a Queco lo envolvió un abrazo tibio y jovial. ¡Qué gracia! La ráfaga le incitaba a dar volteretas: hacia adelante, hacia atrás, de lado… ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya juerga! Aunque puestos, ¿por qué no echar un baile? Queco se lo estaba pasando en grande, mientras la ráfaga canturreaba. Era tan feliz que no se paraba a pensarlo. ¡Ay, pero qué despiste! Ahora Queco se acordó del viaje. No había tiempo que perder. Se estaban entreteniendo demasiado. ¡Vamos, aprisa! Y Queco, más radiante y azul que nunca, marchó raudo en pos del sol de la mano del viento.

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Fin

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