Tremeluncho, el de la esquina


Por María Alicia Esain. Cuentos de fantasmas

Tremeluncho, el de la esquina

Tremeluncho - Cuento de fantasmas

Tremeluncho me tenía preocupada. Él era un fantasma en problemas y no hay psicólogos para fantasmas.

Estaba viviendo conmigo desde hacía mucho. Desde que yo iba a la escuela, en realidad. Siempre guardado en la caja de té de mi tía Enriqueta.

Por suerte, me he mudado pocas veces. No lo perdí, como aquella vez en que era muy chica y mi muñeca Pepita Catalina se quedó en un cajón de mudanzas… ¡Menos mal que el año pasado, nos encontramos con ella una tarde de invierno y ahora me acompaña adonde voy!

A Tremeluncho, lo conocí cuando iba a la escuela con la señorita Blanca. Al principio, les confieso, me daba terror pasar por la casa de la esquina. ¡Era tan antigua, tan llena de oscuridad y misterio! Siempre cerrada hasta la noche, cuando iban algunos a tomarse unos vinitos y a jugar a la baraja.

Tenía ruidos como quejas…

Cada mañana, cuando visitaba la biblioteca para buscar libros gordos y divertidos y cada tarde, en los horarios de la escuela, pasaba por allí. Desde adentro soplaba un viento negro y frío que me ponía de punta los pelos de la nuca. La casa tenía sótano y ese sótano, ventanas abiertas a la calle, con rejas de hierro y olor a oscuridad. Con mis compañeros Graciela y Ramón, siempre caminábamos rápido por esa vereda. ¡Que el olor a oscuridad no nos alcanzase y se abriesen las ventanas del sótano como monstruos para tragarnos y no pudiéramos salir y llegase la noche y las lechuzas de la plaza de enfrente empezasen con sus chistidos y nadie nos escuchara gritar y llorar y quedásemos allí para siempre! Todo eso pensaba yo…Los otros chicos del grado también, menos Antonito, que siempre pensaba en pelear.

Fue precisamente con esos tres que les nombré y yo, que pasó lo que pasó. Una tarde en que salimos muy tarde de ensayar para una fiesta, pasamos como siempre por la casa de la esquina. Íbamos haciendo mucho ruido con los zapatos y mirando de reojo, por si algo salía del famoso sótano. Por allí, por la laguna, venían las primeras estrellas como al galope de un zaino. La luna estaba arrimándose a las magnolias

Y algo salió. Un fantasma. Verde, bajito, panzón y llorando. Lloraba como si en lugar de lágrimas, del hueco de los ojos le salieran chaparrones…

– ¡Uh, uh, uh! ¡Buaaaaaaaaaaaaaa! ¡Soy un fantasma fracasado! ¡No asusto a nadie!

-No te creas- le dijo Antonito que era peleador, …(Y valiente, pero no mucho).

Siempre tenemos miedo cuando andamos por acá- dijimos los otros.

Sí, pero no lloran ni salen corriendo y eso que les estoy hablando.-respondió el fantasma.

-¡Ajá!- dijo Ramón

-Mirá vos! -dijimos Graciela y yo.

Era verdad, más lo mirábamos y más ganas de abrazarlo teníamos. Era re- simpático el loco.

-¡Ayyyyyyyy, ayyyyyyy! Ven, yo sabía. Ni apareciendo en las noches de luna llena, consigo que alguien empiece a temblar. Ustedes me dan charla. Los que vuelven de bailar, van tan contentos y cansados, que ni se dan cuenta de que me asomo por la reja del sótano. ¡Además, estoy tannnnnnnn solo!- Y Tremeluncho se largó a llorar otra vez.

Nos había conmovido tratamos de consolarlo. Nos dijo su nombre y edad (120 años, un bebé fantasma). Nos contó que andaba por ese sótano desde los tiempos en que Juan Moreira peleaba con cuchillo y dormía en la fonda que hubo en esa esquina. Al rato, éramos amigos de toda la vida. Nos comentó que era una aparición muy barata, no precisaba comer ni tomar nada. Empezamos a ver la posibilidad de llevarlo con nosotros. ¡Nos daba una pena!

-Conmigo no puede ir porque mi tía no me deja- dijo Antonito

-Uno más con nosotros no cabe- dijo Ramón que tenía dos hermanos y una hermanita, tres arañas, un gato, cinco pollitos y dos gallinas rezongonas.

-Mi mamá tiene una casa muy chica- dijo Graciela-que vivía en una pieza con jardín.

-Entonces me lo llevo yo- resolví- Esta pobre criatura no puede seguir sola. (Si me pescaban en casa, pensaba esconderlo abajo del mostrador del bazar de mi tío).

Lo guardé en el bolsillo del guardapolvo y cuando llegué a mi dormitorio, busqué la vieja lata que les comenté. En ella se quedó Tremeluncho hasta ahora.

Él estuvo bastante feliz todos estos años. Como nos confesó esa tardecita, lo que le gustaba realmente era la música y no andar asustando a las personas…Le puse la radio todas las noches y durmió bien hasta hace poco.

Además, cada vez que toca la Banda de Música, abro la caja de té y Tremeluncho vuela. Se va hasta la torre derecha de la Iglesia, para poder escucharla. Vuelve silbando, después de piropear a las cotorras de la plaza.

Últimamente, observé en él como pedacitos de tristeza que le descolorían el verde de su ropa fantasmal. También lo noté un poco flaco y transparente, como una sábana sin cama, como un chicle masticado y abandonado…

¿Qué le estaría pasando?

Para alegrarlo, en su último cumpleaños, el 32 de febrero, le hice tres pares de brazos con unas medias viejas de color violeta. Le regalé una guitarra eléctrica, una batería y un teclado. Armé todo con unos chiripiorcos que se dejó mi hijo Sebastián en el galponcito.

¡No van a creer lo que les cuento! A Tremeluncho se le pasó la melancolía ¡Ahora es un fantasma rockero! Y para que nadie tenga miedo al pasar por alguna casa vieja, de ésas que quedan todavía en el pueblo, inventó esta canción:

ROCK DEL SÓTANO

Rock,rock,rock,,
rock entre las rejas
Rock,rock,rock,
rock de la casa vieja.
Rock, rock, rock,
es el rock de la esquina,
rock para bailar
si duerme la vecina.

Fin

Cuentos de fantasmas. Lecturas para niños de primaria. Historias para aprender. Literatura infantil y juvenil, cuentos que no pasan de moda.

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