La cajita de música


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La cajita de música

La cajita de música. Rocío Cumplido González, escritora española. Cuentos en capítulos. Historias de niñas. Cuentos infantiles.

Capítulo I: La bailarina de la sonrisa triste.

El otoño empieza a entrar por el Este, cambiándolo todo a su paso: Los árboles mudan de color, las hojas empiezan a caer, las abuelas ponen tartas de calabaza a enfriar en los alféizares de las ventanas y los niños andan enfurruñados porque las clases ya han comenzado.

— ¡Me encanta el Otoño!— digo saltando dentro de un gran charco.

—¡Mía, sal de ahí o te ensuciarás la falda nueva!— Mi madre es muy buena; pero a veces se obsesiona demasiado con la limpieza.

—Mamá. Llevo unas botas Katiuska y un chubasquero. No me voy a manchar— Mi madre, enfadada, me lanza una de esas miradas que dicen: “No me repliques, niña”. Yo, muy obediente, me salgo del charco y me pongo a su lado. (No quiero que me castiguen la noche que hay tarta de manzana de postre).

Vamos cruzando el parque, ya que es el camino mas corto para llegar a casa de la abuela Clara. ¡Adoro a mi abuelita Clara! Es la abuela más impresionante que existe. Siempre está viajando, visitando lejanos lugares y viviendo grandes aventuras. ¡Estoy deseando ver qué regalo me ha traído de su último viaje! (¡Qué esperabais! ¡Solo tengo ocho años!).

Cuando cruzamos la reja de la entrada, me apresuro en soltar la mano de mi madre para llegar a la puerta antes que ella y ser la primera en tocar el timbre. ¡Estoy muy nerviosa por volver a ver a mi querida abuelita!

—¿Se acordará de mi? ¿O habré crecido tanto durante el verano que no sabrá quien soy? Esas son las preguntas que me rondan por la mente.

Zas… Zas… Zas.

¡Ya está aquí! El ruido de sus zapatillas de andar por casa es inconfundible y se oyen desde el otro lado de la puerta. Mis nervios van en aumento, siento hasta mariposas en la tripa y mis pies están tan alegres que podrían ponerse a bailar.

—Para ya Mía, antes de que te vea algún vecino.— Además de la limpieza, mi madre suele obsesionarse demasiado con las apariencias.

Las mariposas de mi barriga empiezan a revolotear con emoción en cuanto oigo como mi abuela gira el pomo de la puerta. Una puerta que chirría tanto cuando se abre, como cuando se cierra; ya que es más vieja que la reina de Inglaterra.

Al ver a mi abuela no puedo más que chillar de la emoción. Rodeo con mis brazos su estrecha cintura y la abrazo con todas mis fuerzas.

—¡Qué altas estás, Mía. Ya me llegas a la altura de la cintura!— La abuelita se agacha y junta su nariz con la mía para darme uno de nuestros “besos de gnomos”.

—¿Entonces, me has echado de menos, enana?— Yo asiento con tanta intensidad que parece que el cuello se me va a descolocar.

—Tengo una sorpresa para ti ahí dentro.— Mi abuela me guiña un ojo y yo siento que los míos hacen chiribitas con solo imaginar de qué sorpresa hablará.

Estoy deseando entrar y empezar a buscar; pero mi abuela no piensa ponérmelo fácil. Está parada en medio de la puerta de entrada y cada vez que intento pasar por uno de los lados, ella se mueve para impedirme el paso. Mi abuelita me mira divertida. Al contrario que mi madre, que nos mira con impaciencia, pues no le hacen mucha gracia nuestros juegos.

Mientras saluda a mi madre, mi abuela se descuida un segundo y separa un poco las piernas. Aprovecho al momento la oportunidad y me cuelo entre ellas para entrar en su casa y empezar a buscar.

—Mía, ten cuidado o te ensuciarás. La abuela acaba de llegar y no le habrá dado tiempo de limpiar.— Mi pobre madre suspira ofuscada, ya que sabe que cuando llego a casa de la abuela me convierto en un torbellino inquieto.

—Poneos cómodas, mientras yo traigo el té y unas pastas.

—Yo te acompaño, y así charlamos un rato.— Mi madre y mi abuela se van a la cocina. Mientras, yo me quedo en el salón, para rebuscar hasta por debajo del sofá.

¿Dónde estará? Parece que esta vez la abuela Clara se ha esforzado mucho en esconder mi regalo.

Miro por debajo de la mesa, rebusco entre los cajones del mueble del televisor e incluso detrás de su sillón, en el que se sienta cada noche para leer, y el cual, por algún motivo que desconozco, huele a crema de calabaza.

—¿Aún no lo has encontrado?— dice mi abuela mientras entra en el salón llevando una bandeja de pasteles que ha traído de su viaje a París. Estoy un poco decepcionada por no haber encontrado nada; pero el olor de los pasteles me hace olvidar enseguida el tema del regalo.

—Ummm. ¡Me los comería todos de una sentada!

La tarde se pasa volando siempre que estoy con mi abuela. ¡La he echado tanto de menos este verano! Ambas queremos contarnos todas las cosas que han pasado este tiempo que hemos estado separadas y no paramos de interrumpirnos la una a la otra:

—Abuelita, aprendí a nadar sin manguitos mientras estabas fuera. Tenías que haberme visto, nado tan rápido ¡que podría ganar una medalla en las próximas olimpiadas!

—Yo encontré una carta debajo de un banco en frente de la Torre Eiffel, la cual me llevó hasta una tienda en la que te compré un increíble regalo.

—Pues yo fui un día a pescar al lago con papá y… ¿Qué has dicho? ¡Repítelo otra vez!— Estoy tan emocionada que incluso puedo sentir como en este instante mis ojos se abren como dos platos gigantes. —¿Dónde está? ¿En qué lugar lo has escondido?— Me levanto y me pongo a dar saltos de alegría alrededor del salón-comedor. Mi madre me mira y lanza un suspiro cansada.

—De verdad, Clara, la tienes demasiado mimada.

—¿Y qué quieres que haga? Es mi única nieta.

Cojo la mano de mi abuela y tiro de ella para que se levante; pero ella que tiene un poco más de fuerza (no mucha, que ya tiene más de sesenta años). Se suelta, agarra la mía, me acerca hasta ella para susurrarme bajito al oído:

—Mira en el escondite de los duendes verdes.— Los ojos me hacen chiribitas ahora. El escondite de los duendes verdes es como la abuelita y yo llamamos al armario que hay debajo de la escalera. Corro hasta él sin perder el tiempo y me pongo a buscar.

Siempre me ha gustado mucho este armario porque es donde la abuelita Clara guarda sus tesoros (los recuerdos de sus viajes). Tengo que tener mucho cuidado al apartarlos, ya que algunos de ellos son frágiles y delicados.

—¿Pero qué es eso?— Un destello llama mi atención. ¡Ese debe ser el regalo! Pero el armario está muy oscuro y no puedo ver qué objeto lo ha provocado. Voy buscando sólo con la ayuda de las manos, palpando lo que hay alrededor, hasta que consigo agarrar el regalo con ambas manos: Es cuadrado, duro; pero no pesa nada de nada. ¿Una caja? Una vez que la caja ha sido rescatada de las profundidades del escondite de los duendes verdes, puedo apreciar lo que es en realidad.

—¡Es una caja de música!

—¿Te gusta?— Me pregunta mi abuela con una enorme sonrisa en la cara.

—Me encanta, abuelita. Muchas gracias.— Mi caja de música es realmente bonita: Es cuadrada, con espejos a los lados, remates dorados y las iniciales P.B. en la parte delantera. Estoy deseando escuchar su dulce melodía.

Al darle vueltas a la manivela se puede oír un pequeño chirrido dentro de la caja, lo que me hace pensar que es una cajita de música muy antigua. Quizás es de la época de esos “en mis tiempos” de los que suelen hablar tanto los papás.

Al levantar la tapa, una diminuta figurilla de una bailarina se levanta también. Me resulta muy curioso porque parece que la bailarina se está despertando de un largo letargo e incluso por un instante me parece verla sonreír. Cierro los ojos y sacudo la cabeza ante tan absurda idea; pero cuando los vuelvo a abrir la figura de la bailarina vuelve a tener una sonrisa normal. Yo diría que hasta un poco triste.

La bailarina empieza a dar vueltas en su pequeño escenario y la música empieza a sonar. Es una música realmente bonita. La más bonita que he escuchado en toda mi vida. Es una melodía suave, dulce, que consigue meterse dentro de la piel hasta ponerte los vellos de punta.

Ya de camino de vuelta a casa voy andando sin coger la mano de mi madre, pues las tengo ocupadas sosteniendo la caja de música que la abuela me ha regalado. Me gusta tanto, que voy caminando y dándole cuerda al mismo rato. Voy tan embobada que ni siquiera recuerdo si me he despedido de la abuelita Clara al salir de su casa.

—Mía, deja de darle vueltas a la manivela, que me está dando dolor de cabeza.— Mi madre me agarra del hombro cuando hay que cruzar una calle, ya que yo ahora mismo no sé ni por donde estoy pisando.

Al llegar a casa y abrir la puerta, el olor del café recién hecho inunda mi nariz. Mi papá está en la cocina descansando después de un día largo en la oficina. No sé muy bien en qué trabaja. Un día intentó explicármelo; pero era algo tan complicado que la cabeza empezó a darme vueltas por todos lados.

Casi sin darme cuenta llega la hora de la cena; pero no tengo mucha hambre. Solo puedo pensar en la caja de música, en su melodía y en la bailarina de la sonrisa triste. Tampoco puedo evitar preguntarme: —¿Por qué la figura de bailarina parece sonreír cuando suena la música?— Como deprisa y casi sin masticar para poder levantarme e irme a jugar.

—Mía, recoge tu plato y lleva tu plato al fregadero.— Obedezco a mi madre, pues sé lo que podría pasar si me atrevo a rechistar: Me quedaría sin postre después de cenar. Después me acerco a mis papás para darles las buenas. A mi mamá le doy un besito en la mejilla (me encanta su perfume de vainilla) y a papá le doy un “besito de gnomo” igual que hago con la abuelita Clara.

Ya en mi cuarto, sin mayores observando y sin que nadie controle lo que hago o deshago, puedo dedicarme a jugar con el regalo de la abuela.

Bailo al son de su melodía, dibujo a la bailarina en mi cuadernillo y le cuento un cuento de hadas antes de irme a la cama.

—¡Qué día tan largo y emocionante!— Mis ojos se cierran agotados, esperando tener lindos sueños con hadas, duendes, elfos y quizás, solo quizás, sueñe con la bailarina de la sonrisa triste.

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—Princesa, despertad. La niña se ha dormido al fin. Ya podéis salir.

— ¿Estás seguro, Nimas?

—Seguro, Princesa. No temáis. Esperad, que os ayudo a levantar la tapa.

—Con cuidado, por favor. No eres muy fuerte, pequeño duende, y los muelles que me mantienen están muy estropeados.

—Así lo haré, Princesa, pues, como podéis ver, ya no estamos en París. Aquel ambicioso anticuario os vendió al mejor postor y ya no tenemos a nadie que pueda restauraros cuando sea necesario.

—No te preocupes, Nimas. Quizás esta vez no sea necesario. Puede que al fin hayamos encontrado a una portadora de magia.

—¿De verdad creéis, Princesa, que esta pequeña niña es una portadora de magia?

—Claro que sí, duendecillo. Puedo ver en su dulce rostro que esta niña es un ser puro y bueno, creativa y de buenos sentimientos. Esta niña tiene todas las cualidades para ser una portadora de magia.

—Princesa ¿Cómo podéis mantener la fe después de más de quinientos años de encierro?

—Porque tengo que hacerlo, Nimas. Tengo que tener fe en que con la ayuda de esta niña podremos romper el hechizo de la bruja LenKa, podremos volver a casa y dejaré de ser la figurilla de una bailarina en una cajita de música, para volver a ser humana.

Continuará…

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