El duendecillo en la almohada


Por Lázaro Rosa. Cuentos infantiles de duendes

El duendecillo en la almohada. Marquito el desvelado es un cuento de duendes del escritor y educador cubano Lázaro Rosa. La historia de un niño al que le costaba dormir.

El duendecillo en la almohada

El duendecillo en la almohada - Cuento
Imagen de Lizeth Lopez

Era imposible contar todas aquellas estrellas. Miles de ellas se veían en sus viajes de ida y regreso y, otras miles, exploraban los barrios de pequeños planetas que surgían, uno tras otro, sin detenerse.

Las lluvias no se agotaban y Marquito, dentro de sus pesadillas, tenía que contar todos los astros por lo que el tiempo no le alcanzaba nunca para dormir, esto era algo insólito.

El niño iba a la escuela pero apenas podía aprender las lecciones de literatura y geografía. Confundía, con bastante frecuencia, los ríos con los mares, los lagos con los océanos y los países con las ciudades. Además de que no podía distinguir la diferencia entre un meteorito y un asteroide.

Por las noches Marquito cerraba los ojos y se dejaba caer sobre su cama pero no hacía otra cosa que contar y contar astros.

– «Esas son pesadillas mi niño» —le repetía constantemente su mamá. «Es como si estuvieses todo el tiempo flotando sobre las estrellas y no pudieras volver nunca a la realidad.»

Rubén era un rinoceronte gris y barbudo que, además de tener una dimensión enorme, era el responsable de las malas noches de Marquito por perseguir al pequeño a todas partes y no darle tranquilidad. Lo obligaba a pescar gigantescas ballenas y a volar en globos que desarrollaban velocidades supersónicas. Además de hacerlo perseguir camaleones salvajes que no podían transformarse de colores, por lo que tenían que vivir ocultándose en lo más profundo de la tierra.

– «¿Y dice ese Rubén que serás en el futuro un explorador espacial que viajarás por los viejos planetas y descubrirás los nuevos sin poder nunca descansar?» –le preguntaba la mamá al niño, todas las mañanas, tras servirle el desayuno. –

– «Eso dice ese rinoceronte grandulón» —murmuraba Marquito con la cabeza agachada. –

– «¿Qué significa eso de explorador de viejos y nuevos planetas?» —volvía a preguntar la mamá mientras se movía por toda la cocina con una olla en sus manos. –

– «Rubén me obliga todas las noches a contar asteroides, meteoritos y galaxias y en ocasiones usa un látigo alargado en su mano izquierda. Yo me confundo constantemente, es tan inmenso el universo que cuando voy por el astro tres mil tengo que volver atrás y comenzar nuevamente por el primero. Esto es bastante agotador y yo no lo puedo evitar aunque al rinoceronte no le guste y se enoje por ello. Él quiere apoderarse de todo lo conocido, dice que su látigo lo hará indetenible.» —se quejó Marquito poniendo sus brazos sobre la mesa para recostar su cabecita sobre ellos y quedarse profundamente dormido. –

– «¡Esto no puede ser así!» —dijo la mamá abriendo los ojos y la boca bastante nerviosa.

— «Voy a buscar un duendecillo con un tono en la piel entre el verde y el azul para que te cuide en las noches y vele tu almohada. Al otro día te vas a sentir mucho mejor y podrás entonces marchar a la escuela. Ese abusivo Rubén tiene que dejarte tranquilo, se comporta como una gran avispa que no quiere que los niños tengan sus propios sueños.»

Los ronquidos de Marquito comenzaron a escucharse ahora por toda la casa y su mamá le besó la cabeza, le pasó la mano por el pelo y tuvo una sonrisita, casi apagada, que bajó de su rostro para luego escondérsele en el centro del pecho.

– «Yo sacaré las pesadillas de tu almohada» —.

Esa fue la promesa que le hizo el recién llegado duendecillo a Marquitos después que la mamá del niño decidiera traer a casa a su pequeño mito.

Duendecillo anaranjado

— «Yo te alejaré de los malos sueños y nunca más volverás a encontrarte con el rinoceronte Rubén

La voz del duendecillo naranja se escuchaba casi apagada y salía desde abajo de un gran sombrero que había venido arrastrándose para pararse, justo, al lado de la almohadita donde Marquitos recostaba su cabeza y trataba de dormir. –

– «¿Prefieres verme en persona o quieres que siempre permanezca debajo del sombrero?» —preguntó el duendecillo con voz muy tímida.

— «No te asustarás aunque podré parecerte al principio un poco extraño. Eso depende de ti y de tus reacciones, en realidad yo soy muy, muy pequeño pero te acostumbrarás a verme como algo normal, depende de tus emociones.» —terminó recordando el duendecillo. –

– «No te preocupes, yo voy al zoológico todas las semanas y estoy cansado de platicar y jugar con las fierecillas y nunca me asusto. Además, después de tanto ver en mis pesadillas al rinoceronte Rubén cómo podré asustarme por verte a ti.» —dijo el niño para luego sacudir el sombrero y hacer caer al diminuto duende sobre el mismo centro de la cama para, acto seguido, quedarse profundamente dormido y comenzar a roncar ligeramente.

La primera visión agradable que tuvo Marquitos en compañía del duende fue la llegada de un asteroide viajero que aparecía todos los martes danzando con el viento sobre un lago llamado Iris. Para luego sumergirse bajo sus aguas y calmar su sed al beber. –

– «Es bueno hacer amistad con ese asteroide, es un gran viajante que todas las semanas hace sus mismos recorridos nadando y danzando sobre el lago- Podemos montarnos sobre sus espaldas y recorrer los anchos territorios de los cometas y también las zonas donde se producen las grandes lluvias de estrellas enanas. Podemos imaginarnos que volamos sobre las espaldas de este asteroide, es un buen amigo. Y después recrearemos todos estos sueños como si fuesen nuestras propias vivencias» —sugirió el duendecillo.

Y así fue que, de pronto, Marquitos y su vigilante se vieron navegando sobre la larga cola de aquel inmenso asteroide para luego, de un salto, caer sobre otro satélite que venía en dirección contraria y movía su robusta espalda bailando mambo y cha, cha, chá.

Repentinamente apareció otra nube, también inmensa, que invitaba al niño y al duendecillo a viajar sobre su cola por lo que los dos amiguitos volvieron a saltar, velozmente, para volverse a mover en dirección opuesta hasta que cayeron dentro de una gran lluvia de miles de estrellas que se precipitaban, desde amplias alturas, para atravesar el espacio constantemente y sin parar.

Además los dos amiguitos lograron ver ante sus ojos algo inusitado: algunas de las estrellas arrastraban con ellas, hacia pasajes desconocidos, el cuerpo pesado y voluminoso del rinoceronte Rubén por lo que, como por arte de magia y desde ese entonces, las pesadillas se esfumaron totalmente de la almohada de Marquitos.

Todo esto pudo darse gracias a la oportuna llegada de ese humilde duendecillo naranja que resultó ser, increíblemente, hasta más pequeñín que su propio sombrero.

Fin.

El duendecillo en la almohada. Literatura infantil y juvenil, cuentos que no pasan de moda. Lecturas para niños de primaria. Historias para aprender leyendo.

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