El Duendecillo en la Almohada – Capítulo II


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El Duendecillo en la Almohada

El Duendecillo en la Almohada – Capítulo II. Lázaro Rosa. Escritor cubano radicado en Canadá.

–Yo sacaré las pesadillas de tu almohada—

Esa fue la promesa que le hizo el recién llegado duendecillo a Marquitos después que la mamá del niño decidiera traer a casa a su pequeño mito

—Yo te alejaré de los malos sueños y nunca más volverás a encontrarte con el rinoceronte Rubén.

La voz del duendecillo naranja se escuchaba casi apagada y salía desde abajo de un gran sombrero que había venido arrastrándose para pararse, justo, al lado de la almohadita donde Marquitos recostaba su cabeza y trataba de dormir. –

-¿Prefieres verme en persona o quieres que siempre permanezca debajo del sombrero?—Preguntó el duendecillo con voz muy tímida

—No te asustarás aunque podré parecerte al principio un poco extraño, eso depende de ti y de tus reacciones, en realidad yo soy muy, muy pequeño pero te acostumbrarás a verme como algo normal, depende de tus emociones—Terminó recordando el duendecillo. –

-No te preocupes, yo voy al zoológico todas las semanas y estoy cansado de platicar y jugar con las fierecillas y nunca me asusto, además, después de tanto ver en mis pesadillas al rinoceronte Rubén cómo podré asustarme por verte a ti—Dijo el niño para luego sacudir el sombrero y hacer caer al diminuto duende sobre el mismo centro de la cama para, acto seguido, quedarse profundamente dormido y comenzar a roncar ligeramente.

La primera visión agradable que tuvo Marquitos en compañía del duende fue la llegada de un asteroide viajero que aparecía todos los martes danzando con el viento sobre un lago llamado Iris, para luego sumergirse bajo sus aguas y calmar su sed al beber. –

-Es bueno hacer amistad con ese asteroide, es un gran viajante que todas las semanas hace sus mismos recorridos nadando y danzando sobre el lago, podemos montarnos sobre sus espaldas y recorrer los anchos territorios de los cometas y también las zonas donde se producen las grandes lluvias de estrellas enanas. Podemos imaginarnos que volamos sobre las espaldas de este asteroide, es un buen amigo, y después recrearemos todos estos sueños como si fuesen nuestras propias vivencias—Sugirió el duendecillo.

Y así fue que, de pronto, Marquitos y su vigilante se vieron navegando sobre la larga cola de aquel inmenso asteroide para luego, de un salto, caer sobre otro satélite que venía en dirección contraria y movía su robusta espalda bailando mambo y cha, cha, chá.

Repentinamente apareció otra nube, también inmensa, que invitaba al niño y al duendecillo a viajar sobre su cola por lo que los dos amiguitos volvieron a saltar, velozmente, para volverse a mover en dirección opuesta hasta que cayeron dentro de una gran lluvia de miles de estrellas que se precipitaban, desde amplias alturas, para atravesar el espacio constantemente y sin parar.

Además los dos amiguitos lograron ver ante sus ojos algo inusitado: algunas de las estrellas arrastraban con ellas, hacia pasajes desconocidos, el cuerpo pesado y voluminoso del rinoceronte Rubén por lo que, como por arte de magia y desde ese entonces, las pesadillas se esfumaron totalmente de la almohada de Marquitos.

Todo esto pudo darse gracias a la oportuna llegada de ese humilde duendecillo naranja que resultó ser, increíblemente, hasta más pequeñín que su propio sombrero.

Fin

Capítulo I

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