El libro del dragón

“Para todos tiene la muerte una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” C. Pavese

Apenas tengo recuerdos de mi padre, sé que le gustaba mucho el café, comer queso de madrugada y escuchar discos de Pink Floyd. Cuando él vivía en casa había una habitación dedicada en exclusiva a la música, con las paredes de corcho, un tocadiscos y estanterías repletas de vinilos y cintas de música grabada de los programas de radio, todavía no existían los cedés, ni internet, ni los reproductores digitales.

Me encantaba pasar las tardes allí dentro mirando las estanterías y abriendo las cubiertas de los vinilos. Jamás pude sacar de mi memoria la portada en la que un hombre envuelto en llamas con total normalidad le estrechaba la mano a otro, con el tiempo he comprendido que en la vida hay muchas situaciones que guardan una enorme similitud con esa imagen: la primera matrícula de universidad, las revisiones de exámenes, la primera cuenta del banco, la primera firma de un contrato de trabajo, el primer contrato de alquiler, el diagnóstico de una enfermedad crónica, la declaración de la renta, el primer subsidio de paro, el primer divorcio o la elección del mensaje de una corona de flores.

En aquella habitación, una tarde de lluvia de noviembre en la que nos quedamos solos, mi padre me contó una historia. Su voz tenía el metal último de las despedidas, su mirada el candor de quien nos revela un secreto, yo, que era una niña entonces, no supe comprenderlo:

“Había una vez un reino llamado Quieras. En él había un hermoso castillo, un enorme lago que se perdía en el horizonte y un bosque, llamado el Bosque de lo imposible. En el castillo vivían el rey, la reina y su hija la pequeña princesa, que había heredado la belleza de su madre y los ojos verdes de su padre. De lejanos reinos y extraños parajes más allá del lago iban a visitarlos sus distintos familiares y exóticos amigos, a los que la reina y el rey recibían celebrando fiestas y banquetes. El castillo, que estaba encantado gracias al poder de una bruja llamada Cenotia, se hacía más y más grande con la llegada de invitados, de manera que siempre se podía cobijar a los recién llegados, fuera cual fuese el número de ellos.

La princesa y el rey de Quieras iban la mayor parte de los días a pasear hasta el lago de la mano, atravesando el Bosque de lo imposible donde vivían toda clase de criaturas y animales en absoluta libertad y armonía. Allí, en la orilla del lago, tenía su casa Cenotia. La sabia bruja enseñaba a la princesa a respetar la naturaleza, a leer, a escribir, a dibujar y a navegar, pues cuando la princesa fuese una mujer, habría de abandonar el reino a través del lago hasta encontrar el suyo propio.

El rey se alegraba mucho al ver los progresos de la pequeña princesa junto a la bruja, los primeros trazos del alfabeto, el vaivén de los paseos en barca, las canciones repetidas de memoria, aunque en el fondo de su alma le entristecía saber que un día ella tuviera que marcharse de su lado.

Mas no fue esa la mayor de las desdichas que habrían de acontecer al rey de Quieras. Una oscura noche de tormenta, mientras los invitados dormían tras un largo banquete y él estaba asomado a uno de sus preciosos balcones de piedra, el rey fue llamado por Cenotia desde la orilla del lago.

Creyendo que la bruja se hallaba en peligro, acudió con el mejor de sus caballos cruzando el aire como una flecha que afila el silencio, dejando atrás el Bosque de lo imposible. En la orilla del lago pudo distinguir la figura de la reina próxima a la de un desconocido portando una armadura dorada.

A unos pocos pasos se encontraba Cenotia junto al desdibujado reflejo de su casa sobre las ondas que hacía la lluvia al abrazarse con el lago, en la que todavía lucía la luz nocturna de las velas. El rey sintió miedo y, aunque se sabía en peligro, bajó de su caballo y se acercó a la hechicera, cuyos ojos brillaban inundados por una ensangrentada violencia.

–No volverás, dragón, a ver la luz del día– pronunció Cenotia alzando su bastón.

Del bastón de Cenotia surgió una sombra que comenzó a cubrir de los pies a la cabeza al rey, que miraba petrificado a su mujer y al desconocido de la armadura dorada. La sonrisa de ambos delataba su traición. Cenotia, sin embargo, rompió a llorar presa del desconsuelo, pues eran muchos los años de amistad que le habían unido al rey, ya que él era el único monarca que había cobijado en el interior de sus fronteras a una bruja como ella.

Tras unos instantes, que al rey le parecieron siglos, la sombra lo cubrió por completo tornando su cuerpo en el de un inmenso dragón que se ocultó bajo las aguas del lago, preso del terror que le provocaba su propia presencia.

Tomando el caballo del rey, el hombre de la armadura dorada y la reina se dirigieron de nuevo al castillo para recoger a la pequeña princesa, con intención de partir al día siguiente al reino de Dirua, día con el que siempre había soñado la reina en el secreto silencio de sus pensamientos.

Pues Dirua era el reino de los reinos, había cientos de castillos que regentar, calesas, coronas, joyas y lujos que nadie podía imaginarse, sin bosques ni criaturas a las que alimentar o justicia por la que velar, diferentes mares bañaban sus fronteras y por si fuera poco, la pequeña princesa no debería abandonarlo nunca, puesto que era el reino al que los demás rendían pleitesía. La condición de mujer hermosa de la reina era suficiente para ocupar el puesto del trono junto al rey de Dirua.

Cenotia se quedó junto al lago a sabiendas de que el dragón volvería a aparecer en algún momento al recordar a la pequeña princesa. Así fue, al cabo de unas horas bajo la húmeda sombra de la lluvia apareció poco a poco el enorme dragón emergiendo del lago.

– ¿Por qué me has hecho esto, Cenotia?–rugió el dragón.

–Me obligaron, amenazaron con matarte esta misma noche si no lo hacía–dijo Cenotia acariciando las inmensas fauces del dragón.

– ¿Quién dio tales órdenes en mi propio reino?

–El rey de Dirua. La reina quiere marcharse con él y llevarse a la pequeña princesa consigo.

– ¿El rey de Dirua? ¿Es que no tiene ya suficiente poder? ¿Tenía que destruir el reino de Quieras y separarme de mi hija?

–La belleza de la reina es lo único que desea poseer, en el momento en que ella envejezca la abandonará, le dará un reino propio, solitario y triste, y pondrá en su lugar a una reina más joven.

– ¿Puede un hombre alimentar su alma continuamente de lo efímero, de lo que ha de morirse con el paso del tiempo? ¿Se hará Dirua con todos nosotros? Mira lo que han hecho contigo y conmigo–dijo el dragón desalentado.

Mientras, el perfil del castillo en la lejanía se trazaba sobre la honda negrura de las pupilas del dragón, que asomaba su mirada por encima de las copas de los árboles del Bosque de lo imposible.

– ¿Por qué no destruyes el castillo con una bocanada de fuego? Yo sacaré a la princesa de allí con mi magia para que no le ocurra nada– propuso Cenotia.

– ¡No voy a destruir mi propio reino y mucho menos hacer daño a la reina! ¿Crees que he dejado de amarla porque me haya convertido en un dragón y desee marcharse a otro reino? En Quieras nunca ha existido la venganza, además tampoco quiero que la pequeña princesa me vea convertido en un monstruo.

– ¿Y qué vas a hacer, dejar que se marchen sin más? ¿Esperar a que la reina se arrepienta cuando seas un anciano y estéis ambos próximos a morir?

– Conviérteme en un libro, Cenotia. Un libro con las páginas en blanco que sólo pueda pertenecer a mi hija, de manera que cuando la pequeña princesa quiera escribir en él, siempre surja una página más y de este modo pueda estar conmigo y yo con ella. Sé que ya no podré volver a ser el rey, bien conozco las leyes de la magia.

Cenotia volvió a conmoverse ante la proposición del dragón y su capacidad de amar más allá del rencor. El hechizo, sin embargo, no podía deshacerse hasta que pasaran setenta y siete lunas.

–Haz de esperar, dragón, a que el hechizo se deshaga tras setenta y siete lunas. Solamente entonces podré convertirte en el libro que deseas, yo misma te llevaré en mis manos hasta Dirua y le contaré lo ocurrido a la pequeña princesa.

–Si puedo regresar a su recuerdo, el tiempo es solamente una distancia. Esperaré bajo las aguas.

– ¿No quieres ver cómo se marchan? ¿No anhelas una despedida, una última vez?

–Para quien guarda amor en su corazón, Cenotia, no existen las despedidas – dijo el dragón ocultándose bajo el cristal de las aguas del lago.

Y este es el libro mágico que entregó la bruja Cenotia a la princesa pasadas las setenta y siete lunas en Dirua.”

Y sin haber terminado de pronunciar la última frase, mi padre me entregó una antigua carpeta, de las que se cerraban anudando los cordeles, a cuyo centro había anclado un precioso dragón de metal agazapado. Quedé tan sorprendida de que mi padre pudiera conseguir un objeto de la historia del cuento que me había contado, que en aquel momento se tornó para mí en una especie de ser mágico, extraña condición que no ha perdido jamás para mí.

Olvidé la historia durante años pese a que siempre guardé y llevé la carpeta conmigo, de casa en casa, de ciudad en ciudad, de país en país.

Mi madre se casó con un embajador, mi padre desapareció. Ahora que yo misma soy un dragón bajo las aguas del lago, sé que no existen las despedidas y que siempre queda una página más en el libro del dragón.

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Fin

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