Los zapatos de blanca

MIKEL MONTERO

Los zapatos de blanca es uno de los cuentos con valores de la colección cuentos infantiles de la escritora Ana Matías sugerido para niños a partir de ocho años.

Hace muchos años ocurrió algo mágico en un pueblo del sur de España. Lucia tiene ahora noventa años y me contó esta historia en primera persona. Algunos dicen que es una leyenda, yo creo que es real. Lucia y su madre abandonaron Galicia y se trasladaron a un pequeño pueblo del sur cuando ella tenía diez años.

La primera vez que pisó aquella tierra notó que había algo raro en el ambiente que no le hacía sentir bien. Su madre le trataba de convencer de que necesitaba tiempo para adaptarse, pero ella sabía que no era eso.

Su primer amigo fue Diego, un niño simpático y amable del que todos se reían en el colegio porque usaba gafas. Lucia no entendía por qué se comportaban así con él. Fue el único amigo que tuvo durante mucho tiempo.

Tampoco entendía por qué la gente despreciaba a Adolfo, un anciano que se pasaba la vida pidiendo dinero en la calle, y al que nadie se acercaba porque decían que estaba loco. Una tarde, al salir del colegio, Lucia empezó a hablar con Adolfo. Una de sus profesoras la vio, y la reprendió duramente diciéndole que no había que hablar con los mendigos, y que además ese hombre era peligroso porque estaba mal de la cabeza.

En el colegio, si no se mofaban de Diego se mofaban de cualquier otro niño que tuviera algo distinto a los demás. Lucia cada vez se sentía más triste en aquel lugar. Su madre le dijo que ella también había notado que nadie se preocupaba por los sentimientos de los demás.

– Pero mamá, ¿no saben que Diego se va a casa llorando por lo mal que le tratan? ¿Y por qué dicen que Adolfo está loco?

– Cariño, lo saben, pero no les importa, porque no se ponen en su lugar, sólo piensan en ellos. El señor Adolfo no tiene dinero para vivir, y pide ayuda en la calle. A veces se le olvida donde está, y hay veces que olvida cómo se llama…Eso no es estar loco, ni ser peligroso, solamente es un señor mayor que no tiene dinero para vivir, y que a veces olvida cosas, porque su mente está muy cansada, y nosotros debemos ayudarle, y debemos respetarle por encima de todo. No hay dos vidas iguales, cada uno tiene su historia, y no somos nadie para juzgar a los demás. No lo olvides nunca Lucia. Lo que falta en este pueblo no es otra cosa que empatía.

– ¿Empatía? ¿Quieres decir simpatía?

-No cariño. Empatía, entre otras muchas cosas, es saber ponerse en el lugar de los demás, saber escucharles, comprenderles, y no juzgarles. Tú empatizas con Adolfo y con Diego, y por eso te duele lo que les hacen tus amigos.

– ¿Y qué podemos hacer, mamá? Yo no quiero vivir aquí…

– Pues yo creo que el destino hizo que viniéramos a este lugar. Debemos ayudarles a que cambien, porque así nunca serán felices. Te lo aseguro. Lucia, creo que ha llegado la hora de contarte un secreto sobre nuestra familia…Tu tatarabuela era…un poco meiga…

– ¡¿Qué?! ¿¿ Mi tatarabuela era bruja??

– Si… Se llamaba Blanca, y siempre estuvo al lado de los más necesitados. Trabajaba en hogares de acogida para personas que no tenían a dónde ir. Y tu tatarabuelo era zapatero.

– ¿Y por qué dices que era meiga? Yo no veo nada raro en lo que hacía…

– Porque Blanca era muy sensible, y trató de convencer a la gente de que no se podía marginar a nadie, ni por el color de su piel, ni por su condición social, ni porque fuera distinto en algo… Ella siempre decía que todos somos igual de valiosos, que nadie es más que nadie. Un buen día lanzó un hechizo en la zapatería del abuelo, y los zapatos se volvieron mágicos…

– Pero… ¿para qué quería que fueran mágicos?

– Verás, había zapatos de todos los modelos que usaban en el pueblo en aquella época. Guardó todos los que pudo en una bolsa. Un día, un par de chiquillos pasaron al lado de un vagabundo, y comenzaron a reírse de él, Blanca inmediatamente sacó de su bolsa dos pares de zapatillas como las que llevaba el vagabundo, y les pidió que se las pusieran. Los chicos accedieron, ya que pensaban que se trataba de un juego. En cuanto terminaron de calzarse sintieron una tristeza inmensa. Le preguntaron a Blanca por qué se sentían así, ella les contestó que se habían puesto en los zapatos del mendigo, es decir, se habían puesto en su lugar, y en ese momento estaban sintiendo lo mismo que él sentía cuando se burlaban de él. Y también les dijo que debían tratar a los demás de la misma forma en que les gustaba a ellos ser tratados… Los chiquillos, se descalzaron totalmente aturdidos, y Blanca siguió caminando por el pueblo y haciendo lo mismo con muchas otras personas. Ella consiguió que la gente comenzara a sentir empatía. Y desde entonces, la expresión “ponte en sus zapatos” se usa para decirle a alguien que se ponga en el lugar de otra persona…

-Mamá… ¡eso es fantástico! Me hubiera encantado conocer a la tatarabuela Blanca, y que ahora estuviera aquí para que hiciera lo mismo en este pueblo…

– Ella siempre dijo que en la familia alguien más seria meiga…Tú eres igual de generosa, intuitiva, y sensible que ella… Ahora, ve a tu habitación y mira lo que hay encima de tu cama, creo que alguien te ha dejado un mensaje…

Lucia salió corriendo hacia su habitación, y encontró una enorme bolsa de zapatos de todos los modelos que podía imaginar.

Día a día fue consiguiendo lo mismo que su tatarabuela hiciera años atrás. Ochenta años después, orgullosa de lo que hizo, todavía guarda aquella bolsa. Me la enseñó, y pude leer la frase que aparecía bordada en ella: “Nunca juzgues a nadie , sin haber caminado una milla en sus zapatos”

Fin

Los zapatos de blanca es uno de los cuentos con valores de la colección cuentos infantiles de la escritora Ana Matías sugerido para niños a partir de ocho años.

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Ilustrado por Mikel Montero

Imprimir Imprimir

Comentarios

[fbcomments width="450" count="off" num="3" countmsg="maravillosos comentarios!"]