Una buena vida

Una buena vida. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos para adultos. Historias de abuelos.

Toda mi vida viví con mi abuelo y siempre lo admiré. Vivíamos en el campo y teníamos una vida sencilla y hermosa. Mi abuelo siempre había sido un referente para mi, desde niño. Su fuerza, su alegría, su tesón. La manera en la que encaraba las cosas, desde las más importantes, hasta las aparentemente nimias.Un día mi abuelo dijo basta y nadie, excepto yo, lo entendió.

Era fuerte, optimista, generoso y trabajador, muy trabajador. Era un buen hombre que le daba a la vida lo mejor que tenía y la vida le devolvía ese favor de transitarla con alegría, dándole salud y el amor de una familia que lo adoraba. Le gustaba sentarse a la sombra de un árbol y mirar su campo y sus animales.

Muchas veces, sus nietos nos sentábamos con él bajo la sombra de su árbol amado y escuchábamos sus historias, siempre entretenidas, siempre aleccionadoras.

Crecí con él y aprendí a conocerlo y a entenderlo, incluso más de lo que yo creía. Amaba ver a mi abuelo todas las tardes sentarse a la sombra de su árbol, que en parte, sólo en parte, también yo sentía propio.

Un día como todos y como ninguno, mi abuelo permaneció más tiempo que el habitual sentado bajo su árbol. Me llamó la atención porque miraba todo de un modo diferente y sentí que era un día distinto. No me equivocaba.

Recorrió con su mirada todo aquello que alcanzaba su vista, pero mucho más aún. Estaba mirando con el corazón, no sólo con sus ojos. Puso sus manos en el césped para ayudarse a levantarse y al tiempo que se incorporaba, dijo en voz alta. “fue una buena vida” y se retiró a su cuarto. Nunca jamás se levantó.

Mi padres estaban muy preocupados y muchos médicos vinieron a ver al abuelo que no parecía tener síntoma alguno de enfermedad. ¿Por qué no se levantaba? ¿Por qué no quería hablar? Parecía dormido y no lo estaba. Estaba cansado, muy cansando.

-Habrá que internarlo para hacerle los estudios que correspondan-dijo el último médico que vino a verlo.

Y mi abuelo habló:

-No quiero ir a ningún lado, déjame aquí por favor-dijo a mi madre.

-¡Imposible! Debemos ver qué tienes. Por algo no te levantas, así no puedes seguir.

Mi abuelo cerró los ojos y mi madre cerró la puerta de su cuarto, dispuesta a llamar a la ambulancia.

-¡No lo hagas!-le dije.

-¿Por qué no lo haría? Tu abuelo está enfermo, morirá si no lo internamos.

-El abuelo no está enfermo, sólo está cansado. Morirá igual si lo internamos.

-No entiendo-dijo mi madre.

-Me doy cuenta –contesté y le conté lo que había visto aquella última tarde que mi abuelo se sentó a la sombra del árbol.

– Es ridículo ¿qué me quieres decir, que se cansó de vivir?-preguntó mi madre entre sorprendida y enojada.

-¿Y si así fuese?-contesté.

Mi madre me miraba como si yo hubiese enloquecido y creo que, nunca, jamás me sentí más cuerdo y con más razón en mi vida.

-Tiene noventa años, déjalo ya. Tuvo una vida hermosa y la vivió a pleno ¿Qué más quieres qué haga? No tiene más fuerzas.

-No voy a ayudarlo a morir –gritó mi madre que seguía sin entender mi postura y por sobre lo que sentía mi abuelo.

Yo tampoco quería ayudarlo a morir, la vida y la muerte son cosas de Dios, no nos competen. Lo que sí quería era entender qué nos estaba queriendo decir.

No era descabellado pensar que mi abuelo sentía que todo lo había hecho y que quisiera descansar ya. Su vida había sido buena, había trabajado y había visto los frutos de ese trabajo. Había amado, criado hijos, cuidado nietos. Había conocido todas las etapas que esta vida nos puede dar, niñez, juventud, madurez y vejez y las había transitado todas con amor y con felicidad.

Había sufrido también, lo suficiente como aprender de ese sufrimiento. Se había equivocado más de una vez, y había podido enmendar sus errores. La vida no le debía nada y él tampoco a ella. Estaban en paz, uno con el otro. Si él sentía que ya era tiempo de partir, sin dudas que así lo era.

Lo encomendé al Señor, sería mejor que entre ellos dirimieran la cuestión. Era un asunto de ellos dos y como siempre se habían llevado bien, no dudé que llegarían a un acuerdo. Mi madre no soltó el teléfono que tenía en su mano, pero antes de llamar a la ambulancia entramos nuevamente en su habitación.

Mi abuelo ya descansaba en paz, su expresión me decía que entre el Señor y él habían llegado a un acuerdo y que evidentemente Dios también consideró que ya mi abuelo tenía que ir a su encuentro. Y yo me quedé en paz, sabiendo que había cumplido su voluntad, que había terminado sus días en su hogar, rodeado de su familia.

Desde la ventana de su cuarto se veía su árbol. Seguramente antes de partir mi abuelo se había despedido de él y una vez más habría pensando que la suya, sin duda alguna, había sido una buena vida.

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Fin

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