Laly la tortuga


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Laly la tortuga. Cuentos de animales para niños. Cuentos de tortugas.


Todavía recordaba con nostalgia los días en que alegre se divertía, dando saltos con sus hermanos y amigos, en las heladas aguas del lugar donde vivía. Pero, desde que fue atrapada, Laly la tortuga sólo se había convertido en objeto de diversión, entretenimiento y burla.

Una tarde, se celebraba una fiesta en la casa donde ahora habitaba; por ello fue sacada del lugar donde se encontraba prisionera para ser mostrada a los invitados. Un momento después, la atención cambió hacia la música, el baile y el licor. Hasta los niños estaban distraídos. La puerta permanecía abierta. Ésta, era una  buena oportunidad para tratar de buscar su ansiada libertad.

Salió. Había caminado varios metros cuando de repente, vio un grupo de niños avanzando  en dirección a ella. Sintió miedo y optó por quedarse inmóvil. Su intento de escape quizá llegaba a su final; así pensaba al verlos cada vez más cerca. Mas los niños pasaron raudamente y no se dieron cuenta de su presencia. Respiró profundo y avanzó sin detenerse. Después de un tiempo, llegó a un hermoso río.

Se arrojó  al agua, nadando  para alejarse de la cercanía del pueblo. Llegó a un lugar donde encontró tranquilidad, aunque se le veía siempre triste por estar sola. A veces, permanecía por largas horas dentro de su caparazón, saliendo sólo para darse un  chapuzón en las frescas aguas del río.

Meses después, cuando las aves alegraban el atardecer, alguien llegó a aquel paraje donde vivía Laly. En ese momento, ella tomaba un baño. Al salir, notó algo extraño en el ambiente. Se dio cuenta entonces que alguien se ocultaba detrás de un árbol. Rápidamente, regresó al agua y desapareció. Era un hombre que salió de su escondite con un saco en la mano.

Pasado un tiempo, cuando volvió la calma, Laly salió del agua. Ni bien puso sus cortas patitas en la orilla, el hombre la capturó. Ella se estremeció al recordar sus días de cautiverio. Desesperada, comenzó a gritar:
– ¡Déjame libre!, ¡no me lleves!
– ¿Qué dices?, te atrapé y ahora me perteneces – le dijo el hombre.
– Ten compasión de mí, también soy un ser con sentimientos.
– ¿Tú?, tú no eres más que un animal insignificante, pero me servirás como entretenimiento y cuando me aburra podré matarte o venderte.
– Por favor, no me hagas daño, quiero vivir libremente.
– No sigas hablando, torpe animal, porque si lo haces te daré una paliza.
La tortuga se echó a llorar ante la actitud indiferente del hombre. Escondidos detrás de unas hierbas, una ardilla y un zorrillo habían escuchado la conversación. Por ello, rápidamente idearon un plan. Fue entonces que el zorrillo apareció frente al hombre y le dijo:
– Esa tortuga está encantada. Suéltala o los amos del río te capturarán y devorarán.
– ¿Amos del río? ¿Quiénes son ellos? -preguntó asombrado el hombre.
– Los amos del río son el Lagarto de Oro y el Tapo; pronto oscurecerá y ellos aparecerán.

El lagarto de Oro era un devorador de hombres, en especial de aquellos que les gustaba practicar la maldad; y el Tapo, un ágil animal con cuerpo de pato y cabeza de sapo, de enormes y filudos dientes. De los dos se contaban historias terribles y espeluznantes. Además tenían algo en común: eran los habitantes más antiguos del caudaloso río Chira. El hombre se notaba ahora sorprendido y dudoso.

– Tratas de engañarme.
– Yo que tú correría en busca de refugio –dijo en tono de advertencia el zorrillo.
– Pero, ¿qué te pasa, piensas que creeré en tus mentiras?
– ¡Mentiras!, o sea que me crees un Pinochito, ya veremos que dirás cuando te estén devorando.

De pronto, el silencio se rompió,  comenzaron a caer piedras, acompañadas por unos gritos disonantes y aterradores.
– Me voy. Debe ser alguno de ellos, después no digas que no te lo advertí -dijo el zorrillo.
-¿Es el Lagarto o es el Tapo? -interrogó el hombre asustado.
– No lo sé, pero mejor me voy de aquí.

El zorrillo huyó velozmente. El hombre asustado, arrojó el saco y se alejó despavorido. La tortuga permanecía quieta y aterrorizada por lo escuchado. Cuando alguien abrió el saco, su pequeño corazón estuvo a punto de estallar. Felizmente, eran el zorrillo y su amiga ardilla que reían alegremente por el engaño que le hicieron al hombre.

Luego, los dos le contaron todo a Laly. Desde aquel día, antes de irse a bañar al río, la tortuga jugaba con sus amigos y nunca más volvió a sentirse sola, pues ahora tenía con quienes compartir sus sueños, penas y aventuras.

Fin

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Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú 2007-04332 – Prohibida su reproducción total o parcial (Extraído del libro Laly la tortuga y otros cuentos)

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