Comodín, un pajarito holgazán

Comodín, un pajarito holgazán. Escritora Argentina de cuentos infantiles. Cuentos para reflexionar en familia.

Tema del cuento: La pereza

– ¡Mami tengo hambre! Se escuchó gritar desde el interior del nido.
– Calma hijito, no puedo volar más rápido. Contestó  mamá gorriona mientras se apresuraba a juntar con su pico todo el alimento que podía para sus pichones.
– ¡Es que tengo hambre mami! volvió a decir Comodín el gorrión.
– No entiendo porque no salís vos mismo a buscar tu alimento en vez de esperar que te lo traigan. Lo retó Picudita, su hermana mayor, quien iba y venía en busca de alimento para sus propios hijitos.
Comodín, ya no era un pequeño pichón que no podía salir del nido. En realidad, era un joven muy, pero muy perezoso. Sabía que su mamá lo consentía demasiado y que podía pedirle toda la comida que quisiera y así no tener que levantar vuelto.

Nuestro joven gorrión casi nunca volaba, decía que se cansaba mucho. A Comodín todo lo cansaba, lo único que le gustaba hacer era holgazanear en el nido.
A su padre le molestaba mucho la actitud de su hijo, pero la mamá, cometiendo un grave error, le daba todos los gustos.

Cada día que pasaba la situación era peor. Comodín crecía y crecía, pero seguía en el nido como sus hermanitos menores, quienes sí realmente eran pichones a los cuales había que alimentar en la boca.
– ¡Por todos los cielos! ¿Hasta cuándo te quedarás en este nido? ¡Ya no hay lugar para nadie Comodín, nos terminaremos cayendo todos! Rezongaba su papá.
El gorrión hacía oídos sordos a lo que le decía su padre. Era cierto que cada día ocupaba más lugar y todos estaban muy incómodos, pero a Comodín no le importaba. Mientras estuviera en el nido, seguiría sin hacer nada y su mamá lo seguiría alimentando como cuando era muy pequeño.
Finalmente, lo que el papá del gorrión había dicho sucedió.
Un día el nido no soportó el peso. Había cinco pichones pequeños, Comodín que ya tenía un tamaño considerable y los papás que iban y venían trayendo comida.

De repente, cuando Comodín se disponía a dormir una siestita… ¡zas! Se cayó el nido, con tanta mala suerte que rebotó en la rama del árbol y salió disparado al aire.
En ese viaje impensando, todos aterrizaron en diferentes lugares. Los pequeños pichones quedaron en la copa del árbol, los padres en un árbol vecino y el pobre comodín en otro jardín.
Con los pequeños no hubo problemas, pues los papás volaron presurosos para rescatarlos y colocarlos en el nido que ahora estaba en otra rama lejana a la anterior.
La situación de Comodín era muy diferente. Había quedado en otro jardín, lejos de su familia. Por primera vez, tendría que arreglarse sin ayuda y no sólo para poder alimentarse, sino para reunirse nuevamente con los suyos.
– Caramba, caramba. Decía Comodín mientras se frotaba su pancita con las plumas. Parece que he comido demasiados cereales y semillas. Al fin y al cabo papá tenía razón.
Lo lógico hubiera sido que el gorrión saliese a buscar a su familia, pero se sintió cansado de haber volado por los aires y se dispuso a dormir una siesta.
Cuando se despertó había empezado a anochecer. Los papas habían salido a buscarlo sin éxito, por lo que Comodín seguía en el otro jardín.
– Bueno, será cuestión de volar y volver al nido no más. Dijo el gorrión y comenzó a prepararse para el vuelo de retorno.
No pudo elevarse. Su panza pesaba demasiado y las plumas estaban entumecidas por no haberse movido en tanto tiempo.
Comodín insistió un par de veces más, pero como de costumbre,  se cansó y se tendió en el piso. Una vez más se quedó dormido, pero su sueño esta vez no duraría demasiado.
– ¡Mirá mamá un pollito marrón!
– ¿Marrón? No hay pollitos marrones hijo, dijo la mamá gallina, quien daba un paseo con su hijo, cuando ambos encontraron a Comodín plácidamente dormido en el pasto.
– ¡Que es un pollito mami! Tiene plumas, tiene pico, es un pollito oscurito y muy gordo no más.
Mamá gallina no sabía qué hacer primero, si convencer a su pequeño hijo que el ave que dormía en el paso no era un pollito, o despertar al gorrión que dicho sea de paso roncaba mucho y desafinado.
Cuando por fin lograron despertarlo, Comodín les contó lo ocurrido y cómo había llegado hasta allí.
– Debes volver con tu familia, estarán muy preocupados. Dijo mamá gallina.
– Si he tratado de levantar vuelo, pero me cuesta no estoy acostumbrado.
– Te dije mami es un pollito por eso no sabe volar. Agregó el pequeño que no terminaba de entender.
– No amiguito- respondió Comodín- soy un gorrión y debería poder volar, pero no lo he hecho en tanto tiempo, que ahora se me hace realmente difícil.
El pollito se sintió decepcionado al saber que se había equivocado, estaba realmente convencido que nuevo amigo era un pollo hecho y derecho.
– ¿y por qué no vuelas? Preguntó mamá gallina.
– Es mucho trabajo, mucho esfuerzo. Levantar vuelo, recorrer distancias, ir en búsqueda de comida. En fin, no es para mí.
– Pues deberás esforzarte si querés volver con los tuyos. Le dijo muy seria la gallinita.
Así fue que Comodín decidió quedarse un tiempo con la gallina y sus pollitos, mientras se ponía en forma para poder volar.

Los problemas no tardaron en llegar. Comodín esperaba a que mamá gallina lo alimentara en la boca, cosa que por supuesto nunca ocurrió. Empezó a tener que procurarse su propio alimento. Papá gallo lo despertaba muy temprano con su  canto para hacer ejercicio y bajar de peso. Su vida, ya no era cómoda como antes.
Comodín veía como cada uno en la familia hacía su tarea, como se ayudaban entre sí y como cada uno también procuraba su alimento o lo que necesitara. De todos modos, él seguía prefiriendo no hacer nada y como esa forma de vida no le convencía, se fue.
No tardó mucho en darse cuenta que no se puede vivir holgazaneando, que sin esfuerzo, trabajo y voluntad nada se consigue, ni comida, ni refugio, ni volver a su hogar.
Ya nadie le alcanzaba el alimento, no tenía su abrigado nido donde descansar y extrañaba a su familia.
Por primera vez Comodín se puso a pensar cómo había llegado hasta allí. Primero le hecho la culpa a la rama en la cual rebotó el nido, haciendo volar a la familia por los aires. Luego se dio cuenta que, de no haber estado él allí, gordo por no hacer nada, eso no hubiese ocurrido. Ahora estaría con su familia y no solito y sin saber qué hacer.

Es bueno aprender de los errores y Comodín lo hizo. Para empezar, decidió volver con la familia de la mamá gallina, se puso a las órdenes de papá gallo, quien lo entrenó con mucho gusto. Ayudó a los pollitos a conseguir comida, a cuidar a los más pequeños y un montón de cosas más.
Tanto se esforzó y trabajó que en poco tiempo estuvo en forma para volar con su familia. Le dolió mucho despedirse de sus amigos, quienes más allá de compañía y ayuda, le habían dado una lección que Comodín jamás olvidaría.

Cuando su familia lo vio llegar, no podía creerlo. Comodín estaba delgado, ágil, volaba como nunca antes y como si esto fuera poco traía el pico lleno de comida para ofrecer a los demás.
Desde que regresó, nuestro gorrioncito no paraba de trabajar y ofrecer su ayuda a los demás.
Ahora sabía lo que es sentir el inmenso placer de valerse por uno mismo y había aprendido que pollito, gorrión, gallo o gallina, todos nos sentimos mucho mejor cuando hacemos algo, que cuando no hacemos nada.

Enero 2009. Hecho el depósito de ley 11.723. Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial. Nro. Expte. Direc. Nac. Derechos de Autor 727098

Para pensar un poquito:

– ¿Cómo sos para tus cosas: las hacés solito o querés que las hagan por vos?

– ¿Sos cómodo, como el pajarito del cuento?

– ¿Qué crees que es mejor poner voluntad para hacer las cosas o dejar que los demás las hagan por vos?

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– ¿No crees, como nosotros, que uno se siente mejor cuando hace cosas, que cuando no hace nada?

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