Aurelio. Un encanto de mosquito

Aurelio. Un encanto de mosquito

Aurelio. Un encanto de mosquito

Hace mucho tiempo, más del que nos podemos imaginar; vivía a orillas de una gran laguna, una colonia de bichitos muy simpáticos a los que habían apodado “mosquitos”.

Este “Título poco noble”, se lo había dado un buen señor, mientras era picado por más de cincuenta mosquitos a la vez. Éste, asociando cada pinchazo con un flechazo dijo: -¡Mosquitos! ¡Mosquitos!*.-

Mientras corría para esconderse no sabía bien de qué.

¡Ah!… Porque una de las particularidades de estos bichis, ¡es que eran transparentes!

En esta gran familia de bichitos vivía Aurelio. Un mosquito adorable, simpático, cariñoso, muy inteligente e inventor. Había creado el primer propulsor con tela, que le pidió prestado a la araña y nunca se la devolvió. También era inquieto, movedizo y parlanchín. Se la pasaba todo el día de aquí para allá y de allá para acá. Cierto era que a todos le daba gusto charlar con él. Se decía que Aurelio hablaba tanto, que hablaba hasta con sus patas.

La mamá y el papá de Aurelio lo adoraban y estaban seguros de que él lograría muchas cosas en su vida, pero también sabían que tendría que aprender a quedarse quieto cuando fuese necesario y a permanecer callado cuando la situación lo pidiera; era importante para su crecimiento y supervivencia. Sus papis trataban de ayudarlo, se preocupaban y se ocupaban mucho de él. Se aseguraban que su hijo todos los días aprendiera algo, pero sobre todas las cosas, que disfrutara lo que hacía.

Juntos la pasaban genial. Hacían trabajos para la comunidad, jugaban, inventaban historias locas, pintaban, reían y hasta compartían pequeñas travesuras. Por ejemplo: les chistaban a los escarabajos o a la cigarra durante su siesta y después se quedaban quietos para no ser descubiertos.

Pero Aurelio no aguantaba la risa, así que siempre los descubrían muy rápido. Igualmente se divertían a lo grande.

Una tarde, charlando de esto y de aquello, Aurelio le dijo a su mamá:

-Mami, quisiera buscar a esa colonia de mosquitos que vive del otro lado de la laguna, pasando la arboleda, detrás de la loma.-

Aurelio había escuchado por boca de los ancianos de la colonia, que sus ancestros mosquitos tuvieron colores, que no fueron transparentes y que eso se debió a la alimentación. Ellos sostenían que tantos años de alimentarse mal, les había hecho perder el color por completo. Los ancianos contaban que sus tatarabuelos habían sido vegetarianos o algo así. Además aseguraban que, del otro lado de la laguna, pasando la arboleda, detrás de la loma, una pequeña comunidad seguía viviendo como sus antepasados y no eran transparentes como la colonia de Aurelio.

-Mami, yo quisiera tener color ¿Vos qué pensás?

-Aure, son leyendas, solo leyendas.

Esa noche, la mamá y el papá conversando acerca de lo vivido durante el día, se dieron cuenta de que su hijo se había acercado a los dos con la misma inquietud: buscar esa colonia de la que no paraba de hablar.

Los papás se lamentaron por no haberlo escuchado mejor.

-Vieja, mañana voy a conversar con Aure, debe ser muy importante para él esto de tener color y buscar a ese supuesto grupo. –Dijo el papá afligido.

-No te preocupes, a primera hora hablamos con él y más tarde con los sabios ancianos. –Dijo la mamá.

Pero a la mañana siguiente, Aurelio salió muy temprano y decidido. Quería llegar hasta esa colonia de mosquitos de la que había oído hablar tantas noches.

Les contó lo que pensaba hacer a sus amigos: Matilde, Ignacio y Rosita. Ellos, aunque no creían que existiese tal comunidad, acompañaron con alegría a su amigo.

Volaron durante un largo rato, caminaron, volaron, caminaron, volaron y se cansaron muchíiiiiiiisimo. Así es que, se sentaron todos desparramados sobre unos suaves pastos, para reponerse de semejante travesía. Cuando de pronto, vieron pasar a un mosquito igualito a ellos, pero…. con “color amarillo muy claro”. Inmediatamente pasó otro, y otro, y otro y otro más…

Todos se detenían en las flores del jacarandá, chupaban un juguito y se iban.

Aurelio hizo lo mismo. Fue hasta el jacarandá, chupó el juguito y le encantó el gusto dulce y suave del néctar. Sus amigos, con los ojos más abiertos y redondos que nunca por semejante sorpresa, se acercaron y tomaron de esa deliciosa sustancia que les regalaban las flores. Además de gustarles mucho, se sintieron de pronto con mucha energía.

¡Estaban tan contentos! Además ahora, compartían la misma esperanza: no ser más transparentes, poder verse completamente, no como hasta ahora que apenas si se distinguían entre ellos algunos rasgos.

Mientras disfrutaban de esta alegría, volaban por aquí y por allá, por allá y por aquí, cantando una copla recién creada. Decía así:

“Dicen que mucho ando,
Pues andando llegué aquí. ¡JÉY!”

Hasta que Matilde dijo: -chicos, ¿Saben por dónde estamos?-

A lo que Ignacio respondió: -Ni siquiera me imagino. Pero… Vos sabés volver. ¿Verdad Aurelio?-

Nadie tenía la menor idea de cómo regresar a casa. Así anduvieron varios días perdidos.

Pero ¿saben qué? Ellos seguían tomando el néctar de cuanta flor encontraban y cada día que pasaba, por efecto de su nueva alimentación, iban adquiriendo “color”. Estaban cada vez más hermosos, también más tristes porque extrañaban mucho. Por momentos desbordaban de alegría, luego se entristecían y después se enojaban por no poder encontrar el camino de regreso.

En uno de esos momentos de enojos, Matilde, Ignacio y Rosita, se olvidaron de que ya no eran transparentes y se pusieron a hacerle burla a una iguana. Cuando la iguana estuvo a punto de cazarlos. Aurelio voló veloz hacia ella y comenzó a zumbarle muy cerca de las orejas hasta cansarla.

Imagínense como se puso la iguana. ¡Qué cosa molesta que te zumben en la oreja!

Luego se escondió detrás de la oreja izquierda de la, ya malhumorada iguana, se quedó quieto, muy quieto y callado. Tenía que aguantar lo necesario para que mientras la iguana buscaba al autor de ese ruido molesto, sus amigos pudieran librarse y enseguida, también él escapar.

Aguantó, aguantó, aguantó más quieto que rulo de estatua y cuando vio que sus amigos estaban fuera de peligro, Aurelio también voló. Voló lo más rápido que pudo hasta caer en brazos de su mamá, que recién había llegado, luego de una larga búsqueda.

No hubo muchas palabras. Se miraron y se quedaron un largo tiempo abrazados. Para su mamá, los nuevos colores de Aurelio, enmarcaban la belleza que tenía su hijo. Lo vio tan bonito, como siempre lo había visto ella.

Junto con la mamá y el papá, vinieron muchos mosquitos rescatistas, quienes improvisaron un pequeño campamento para pasar la noche.

Durante la fogata nocturna, los cuatro amigos contaron sus aventuras y cómo Aurelio los había salvado con su astucia.

Papá y mamá mosquito estuvieron muy felices por estar nuevamente junto a su querido hijo y saber que había aprendido muy bien una lección que le salvó la vida a él y a sus amigos:

“Hay un momento para cada cosa: Un momento para reír, un momento para jugar, un momento para saltar, otro momento para hacer chistes; pero también hay momentos para callar y momentos en los que estarse quietos puede ser de ayuda a nosotros y a los demás.”

Antes de dormirse, Aurelio les dijo: -Mamá, papá, perdón por irme sin avisar.

Ellos le contestaron: -Te queremos Hijo, que tengas dulces sueños.-

Las miradas de mamá mosquito, papá mosquito y Aurelio, se unieron en un silencio amoroso y luego volvieron a desearse buenas noches.

Así fue, como a partir de ese momento los mosquitos comenzaron a alimentarse del néctar de las flores y a adquirir color. En un principio eran multicolores, como el caso de Aurelio, debido al cambio brusco en la alimentación. Luego fueron atenuando sus tonos, hasta el día de hoy en que se los ve generalmente en tonos marrones.

Eso sí, las mamás no pudieron cambiar su alimento, porque necesitan alimentar a sus larvas y éstas necesitan proteínas para desarrollarse.

Si alguna vez escuchan a un mosquito cantar, pongan mucha atención, podría ser la copla de Aurelio que fue pasando de generación en generación. Y dice así:

“Dicen que mucho ando,
Pues andando llegué aquí. ¡JÉY!
Cuida siempre
Tu alegría,
Te ayudará a crecer así. ¡JÉY!”

¡Colorín, colorado, este cuento ha terminado!

Fin

 

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