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Cupido

cupido
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Cuentos de ángeles. Sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Lanza sus flechas en todas direcciones y todo el tiempo. No puede hacer otra cosa, para él lanzar flechas es como para ti o para mí respirar, o parpadear.

Claro que para Cupido disparar sus flechas es divertido, mucho más de lo que para nosotros es respirar o parpadear. Es como una especie de divertido juego. Afortunado él, que disfruta tanto haciendo su trabajo.

El trabajo de Cupido es hacer brotar el amor: donde él dispara alguna de sus flechas surgen corazones, flotando como burbujas alrededor de los heridos de amor, y se dice que hubo un “flechazo”.

Y a los heridos no les queda más remedio que enamorarse, aunque no quieran. Pero… hay un problema, y es que Cupido es ciego. Muchas veces, antes de disparar sus flechas se frota los ojos, creyendo que tal vez así consiga ver aunque sea un poco y no disparar a ciegas, pero no. Nunca lo consigue.

Encuentra a las personas y dispara sus flechas tan rápido que no lo vemos, y es que tiene mucho trabajo: de él depende que en todo el mundo se formen parejas de chicas y chicos, que se enamoren y se casen, y que se formen así las nuevas familias. Que haya nuevos niños en el mundo. Así que tiene que ir de un lado a otro, o, casi, casi, estar en dos o más lugares al mismo tiempo.

Cierto día, Cupido se detuvo un momento a pensar. Generalmente lanza sus flechas sin ningún cuidado ni reflexión, y tal vez eso esté mal. Tal vez a eso se deba que el mundo funcione tan mal; si dispara sin saber ni a quién, las parejas así formadas tienen que ser, pensó, muy disparejas.

Probaría a tratar de fijarse un poco más… Aun si no puede ver, por lo que oye, el tono de voz, lo que dicen las personas, el aroma que despiden sus cuerpos… Todo eso quizá le diga algo sobre cómo son y, por lo tanto, con quién pueden entenderse mejor. En lo que pensaba un poco en ello, en lo que trataba de poner atención a su alrededor para no elegir sus víctimas tan a ciegas, dejó de disparar.

En lugar de ir de un lado a otro tan rápidamente como siempre, se quedó pensativo unos momentos ahí, sentado bajo un árbol. Tan caviloso estaba que ni siquiera se dio cuenta de que podían verlo. ―¡Un momento! ―escuchó que alguien le gritaba―. ¿Qué hace usted ahí? Cupido enmudeció.

Estaba callado, pero se quedó más callado aun. No sabía cómo explicar que él era Cupido y lo que hacía, ni ahí ni en otro lado. ―¡Acompáñeme a la comisaría! ¡Ahora mismo! ¡Está usted arrestado, por portación de arma blanca! Claro, las flechas son un arma peligrosa. ¿Cómo explicarle que esas flechas no hacían daño a nadie? Al menos eso creía él, que enamorarse no puede ser peligroso, no puede ser malo para nadie.

Como quiera que no existía ningún demandante, ni tampoco había testigos de que hubiera estado disparando aquellas flechas, lo dejaron ir. Pero mientras tanto, en la comisaría tuvo oportunidad de disparar algunas de sus flechas: esa tarde salió enamorado el jefe de la oficina de su secretaria, y un agente de la señora que barre la oficina, y otro agente, de una criminal a la que habían llevado detenida.

El paso de Cupido por esa oficina dejó su huella, menos mal que nadie sospechó que él era el culpable: nadie supo que él era Cupido. Pero seguía intranquilo, ¿cómo saber si lo que hacía estaba bien o no?

Decidió buscar a alguna de sus víctimas anteriores, para observarlas y aun interrogarlas. Tuvo que hacer memoria para recordar a alguien a quien hubiera disparado hacía poco; eso no era fácil, ¡disparaba tantas flechas cada día! Finalmente lo logró, se acordó de alguien.

Era un muchacho rico y muy trabajador, muy guapo y con una gran personalidad; lo había emparejado con una muchacha también rica y muy linda. Él no sabía nada de eso, pues es ciego.

Pero casi al momento de flecharlos, había oído decir que eran una pareja preciosa. Eso oyó que dijeron los papás de él, y los papás de ella, y los amigos de ambos, así que tenía que funcionar. Por eso se acordaba: no siempre las opiniones sobre su trabajo son tan favorables. Así que fue a buscarlos para saber cómo iba todo.

Cuando los encontró estaban sentados, juntos pero sin verse, espalda con espalda y con cara de enfurruñados. Ingenuamente, Cupido pensó presentarse con ellos para levantarles el ánimo. ―Soy Cupido ―les dijo―, yo soy quien los hice enamorarse…

No lo dejaron continuar, ambos se levantaron como si su silla hubiese hervido de repente. Ambos hablando a gritos y manoteando, se lanzaron sobre él para golpearlo.

El pobre Cupido apenas tuvo tiempo de elevarse y sentarse arriba de una columna, y desde ahí preguntó:

―Bueno, ¿qué les pasa a ustedes dos?

Nuevos gritos, los dos a la vez.

―Uno por uno, por favor… ―pidió Cupido, pero no funcionó.

―¡¡Eres un…!!

―¿De dónde sacaste tú que…?

―¡Cupido!, ¿eh? ¡¿Estás loco?!

―¿Cómo creíste que nosotros…?

Tardó mucho en empezar a entenderles.

Al fin, ella estaba tan furiosa que se le atragantaron las palabras y tuvo que enmudecer, con la cara morada, mientras él siguió gritando. Pero como ya era él solo, Cupido pudo entenderle.

―¡Vaya!, así que el uno para el otro, ¿eh? ¡Sí, cómo no! Nada de lo que a mí me gusta hacer le gusta a ella, y nada de lo que a ella le gusta me agrada a mí, ¿cómo se supone que vamos a pasar el tiempo juntos? ¡Ella sólo piensa en bailar o en hacer deporte, y yo quiero trabajar, leer, estudiar! ¡A ella le encanta la música fuerte y rápida, y a mí la música clásica! ¡Ella quiere ver telenovelas, y yo reportajes o cine de arte!

Se detuvo unos instantes, Cupido pensó que ya había terminado, pero sólo estaba pasando saliva, y luego continuó:

―Ella quiere los muebles y las cortinas de color amarillo y anaranjado, y a mí me gustan el azul o el verde. Yo quiero hamburguesas y tacos, y ella dice es vegetariana. Ella… Y continuó.

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Fue una larga, muy larga lista de las cosas que no funcionaban porque él era muy distinto de ella.

―¿Es que no ves lo que haces…? ―terminó.

―Exacto ―respondió Cupido. Al fin lo dejaban hablar―. No, no veo, soy ciego…

―¿Ciego o tonto? ―otra vez ella, ya se le habían desatragantado las palabras.

―¡¿Cómo que ciego?! ―preguntó él, indignado―. ¿Y a quién se le ocurre darle a un ciego semejante ocupación?

De pronto, el muchacho y su esposa se miraron por un instante. No dijeron nada, pero al parecer se comprendieron bien.

―Ven, vamos a arreglar eso ―dijeron a la vez.

Lo llevaron en el auto, él no supo a dónde sino hasta que llegaron. De hecho, lo supo bastante después, porque como es ciego no pudo ver el letrero que había afuera del consultorio: “Oculista”.

Los esposos pidieron al oculista que revisara los ojos a Cupido, para que no cometiera más errores.

El médico lo hizo sentar en un asiento especial, luego sacó sus instrumentos y se asomó a ver los ojos de Cupido.

―¡Uhhm! ―dijo después de ver el primer ojo.

―¡Oooh! ―exclamó luego de asomarse al otro.

―¡Aaaah! ―regresó a ver el primer ojo.

―¡Vaya, vaya! ―concluyó luego de revisar el segundo ojo por segunda vez.

Los muchachos sólo miraban, y luego preguntaron, casi al mismo tiempo:

―¿Es grave, doctor? ―¿Cree que tenga remedio?

El doctor se quitó los lentes especiales para ver el interior de los ojos, se sentó y se retorció los bigotes, antes de responder:

―Bueno, eso depende de cómo se vea el asunto.

―¿Cómo…? ―¿Qué quiere decir, doctor?

Sin dejar de retorcerse los bigotes, el doctor explicó:

―Verán, lo que puedo ver… A mi entender… lo que pasa es que Cupido tiene que ser ciego.

―¿¡Quéee!? ―Y eso, ¿por qué?

―Claro, si Cupido pudiera ver a las personas antes de emparejarlas, lo que vería es que nadie está hecho para nadie. Nunca encontraría la pareja ideal para ninguno de nosotros, entonces nunca nos flecharía y nunca nos enamoraríamos de nadie.

―Pe… pe… pero…

―¿Y entonces…?

―Pues, entonces, eso significa que el amor nace del modo más inesperado porque este cieguito dispara sus flechas, entre dos personas que, a pesar de sus grandes diferencias, pueden enamorarse y ser felices.

No sabemos qué pasó con la muchacha y su esposo, si consiguieron entenderse o si siguieron peleando, o si se separaron como lo hacen tantas parejas que dejan de quererse.

Lo que sí sabemos es que, en el sillón del oculista, Cupido respiró aliviado y salió a seguir disparando sus dardos mágicos para hacer surgir, muchas veces cada día, en los lugares más inesperados y entre las personas menos parecidas, el amor en el mundo.

Fin

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