El niño de la ventana abierta ❤️ “Gracias a él, creo que conocí por primera vez el amor”

Por Antonio García del Toro. Cuentos de amor entre niños

El niño de la ventana abierta es una hermosa historia de amor infantil del reconocido escritor, director y dramaturgo puertorriqueño Antonio García del Toro, quién por primera vez publica una historia en EnCuentos. Es un fascinante relato recomendado para todas las edades pero principalmente para jóvenes y adultos.

“El cuento presenta la historia de una niña que sin saber qué significa, conoce el sentimiento llamado ‘amor'”.

Antonio García del Toro

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El niño de la ventana abierta

El niño de la ventana abierta - Cuento de niños enamorados

Nunca lo había visto antes. Estaba allí detrás de la ventana y me miraba. Yo estaba en el jardín de mi casa, y como todos los días por la mañana jugaba con mis muñecas. Tenía tres. La mayor era rubia y de ojos azules. El mismo día que me la regalaron la llamé Juana Jacinta del Valle y Flores. Así se llamaban mis dos bisabuelas: Juana del Valle y Jacinta Flores. Me duraron poco. Tenía yo menos de tres años cuando se murieron. Fue triste, aunque no lloré. Las vi muy poco. La verdad es que a la abuela Jacinta la conocí solo en fotos, que mi abuela Milagros tenía de ella.

Fue Juana Jacinta la que me dijo con sus ojos, porque deben saber que las muñecas no hablan… Fue ella la que me dijo que el niño de la ventana me estaba mirando. Es tan observadora. Lo ve y lo comenta todo. Pues cuando la miré para regañarla porque estaba haciendo travesuras, travesuras de muñecas, sus ojos me dijeron que alguien me estaba espiando. No dijo espiando, eso lo añado yo para dar más misterio a la historia que les cuento.

Lo miré. Le sonreí y seguí jugando con mis muñecas. Sol Luna estaba llorando y corrí a su lado. Tampoco corrí porque estaba a mi lado, pero corrí suena mucho mejor… más… ¿cómo se dice?, dramático. Sí, como dicen en las novelas esas que mi mamá ve cuando está aburrida y también cuando no lo está. Sol Luna, mi segunda muñeca, estaba muy triste esa mañana. Así que no tenía tiempo para mirar a niños que se asoman por las ventanas y no dicen nada.

Estaba triste porque se le había roto su vestidito azul celeste. Era un vestidito que le había cosido la abuela Tula cuando me la regaló. Venía desnudita en una caja muy grande. La abuela Tula dijo que no podía estar desnudita y en un dos por tres le cosió el vestido azul cielo. Desde entonces pensé que era un ángel y que vivía en las nubes. Por eso le puse Sol Luna, porque el Sol y la Luna están en las nubes.

¿Qué podía hacer con su vestidito?

Mamá no sabía coser, así que no podía pedirle que me lo arreglara. A la abuela Tula, tampoco. Estaba de viaje. La abuela Milagros ya no vivía con nosotros. Se había mudado muy lejos. Dijo que para no oír más las peleas de mamá y papá. Total, papá poco después se fue a vivir a otra casa. Lo veo poco, pero me llama casi todos los días… Bueno, de vez en cuando. Mamá dice que ya se olvidó de nosotras.

¿Qué hacer con el vestidito? Mis ahorros eran pocos. Así que no podía comprarle uno nuevo. Tuvo que dejar de llorar y conformarse con su suerte. Así dice mamá que tenemos que hacer los seres humanos cuando no podemos resolver algún problema. Yo casi nunca me conformo.

La situación me puso triste a mí también, pero Sinboca estaba llorando porque tenía sed y tenía que darle agua. Sinboca era mi otra muñeca. Se llamaba así porque nunca la había visto hablar con nadie, ni con los ojos. Cuando, antes de darle agua, miré la ventana. Estaba cerrada. Se había ido. Así son los hombres, dice siempre mamá. Y el niño de la ventana, aunque pequeño, era un hombre.

Como tenía demasiados problemas ese día… un traje roto y una muñeca con sed… decidí entrar a la casa, dejar las muñecas en mi cuarto, descansar de ser mamá y ponerme a ver los muñequitos en la televisión. Sin pensarlo mucho, lo hice.

Cuando estaba sentada comiendo unas ricas galletas que mamá había hecho la noche anterior, sentí un deseo muy grande de mirar por mi ventana para ver si el niño estaba allí, en su ventana. Dudé, pero finalmente la curiosidad pudo más y me levanté. Al asomarme, lo vi. Nuevamente estaba allí y me estaba mirando. Ahora no podía ver bien sus ojos como los vi el día antes.

¿Por qué estaría allí, solito?

Mamá dice que los niños que se pasan solitos en casa se aburren y se pasan mirando siempre por las ventanas. No es cierto. Eso no lo dice mi mamá. Me lo inventé yo. Es la forma que mejor encontré para contestarme la pregunta que antes me había hecho. ¿Estaría solo en su casa? Los niños nunca se pueden quedar solos en sus casas. ¡Eso es muy peligroso!

Yo nunca me quedo sola en casa y eso que ahora soy grande. Él no podía estar solo. Estaba aburrido y por eso miraba siempre por la ventana, pensé. Aburrido o castigado. ¡Claro, eso fue! Se había portado mal y la mamá —si es que vivía con la mamá, con el papá o con la abuelita— lo había castigado.

– “Como te has portado mal, no podrás salir al patio y mucho menos jugar con tus amiguitos” -dijo el adulto con que vivía.

Nunca supe quién vivía en aquella casa. Hacía mucho que estaba cerrada y hacía poco que la habían ocupado. No sabía si me estaba mirando. Así que lo saludé con mi mano. ¡Me estaba mirando! También me saludó con la mano. No quise continuar aquella conversación muda. Regresé al piso para seguir viendo los muñequitos y comer las galletitas de mamá.

Cuando regresé, ya los muñequitos habían terminado. Estaban dando las noticias. No me gustaban y aún no me gustan las noticias. Entonces me levanté para apagar el televisor. Algo me detuvo. Hablaban de un niño que había desaparecido de la casa de sus papás. Me senté nuevamente y traté de escuchar los detalles que estaban diciendo sobre el niño. Tenía unos cinco años, como los que tenía yo en ese momento, como…

¿Cuántos años tenía el niño de la ventana? ¿Cinco?

Apagué el televisor porque no me gustó para nada lo que estaba pensando. Mamá dice que vivo en un mundo de fantasías. Cuando tenía cinco años, vivía en ese mundo todo el tiempo. ¿Será él?, pensé. Claro, tal vez se lo habían robado. Hay tanta gente mala. Tenía que cruzar la calle, tocar a la puerta de la casa y… En aquel momento, estaba llegando a la locura. Yo, una niña de cinco años iba sola a cruzar la calle, iba yo sola a tocar en la puerta de una casa extraña. ¡Ni soñarlo! Pero sí lo soñé.

Esa noche no hice otra cosa que soñar con el niño de la ventana abierta. Pero mi abuelita Jacinta, aquella que nunca conocí pero que siempre se me aparece en sueños, me dijo que el niño de la ventana no estaba verdaderamente allí, que era una ilusión mía. Así que me desperté peor de como me había acostado. ¡Una ilusión, un fantasma! Eso no era cierto. Yo lo había visto. Me lavé la boca y la cara, me vestí, me desayuné rápidamente y salí al jardín sola. Claro, si era el niño que se habían robado era mejor no meter en eso a mis queridas niñas. Las tres se impresionaban mucho con esas cosas.

La ventana estaba cerrada. Llegué hasta la acera y la ventana seguía cerrada.

– “Pequeña, aléjate de la calle” -gritó mamá desde la ventana de la cocina.

Me alejé un poco triste, bastante triste. ¿Qué había pasado con el niño de la ventana? Yo estaba allí en el jardín a la misma hora del día anterior. ¿Qué razón me daría por no haber acudido a la cita? ¡Cita! ¡Cuántos disparates una dice cuando es pequeña! Bueno, en aquel momento yo lo consideré como una cita. Además, tenía que saber si el niño de la ventana era el niño del que habían hablado por la televisión, o no lo era.

Me senté en el balcón y me puse a esperar que la ventana se abriera.

No se abrió. Triste, mucho más triste que antes, entré y me puse a ver los muñequitos. Estaba loca porque terminaran para que dieran las noticias. Quería saber más sobre el niño que estaba segura no era el niño de la ventana, ahora cerrada.

Niña mira enamorada por la ventana

Segundos después me levanté y corrí a la ventana. Allí estaba y como el día anterior nos saludamos con un movimiento de manos. Nos estuvimos mirando por un largo rato. Cuando mamá entró a la sala, me dijo que me pusiera a dibujar o a ver televisión porque no era bueno que las niñas estuvieran tanto tiempo mirando por las ventanas. ¿Cómo sabía que llevaba tanto tiempo allí? Las mamás lo saben todo, son tremendas. Esa noche dormí bien.

Pasaron muchos días y siempre que iba al jardín por las mañanas allí estaba en la ventana abierta. Me miraba, lo miraba. Me sonreía, le sonreía. Una mañana cuando llegó el muchacho con el periódico me lo dio. Aún no sabía leer, pero me senté en el balcón y me puse a hojearlo para presumir y que pensara que estaba leyéndolo.

¡Qué susto! Había en una de las páginas la foto de un niño.

Y cuando miré la ventana, el niño había desaparecido. A través de las persianas de la ventana nunca había podido ver bien la carita del niño. ¿Sería el mismo de la foto? Corrí a la cocina y le pedí a mamá que me leyera el periódico, lo que decía del niño que estaba en la foto.

– “Qué hermoso niño, ¿verdad? ¿Qué quieres saber?”.

– “¿Qué dicen de él?”.

Mamá me leyó la noticia. El niño de la foto sí era el niño de la televisión. Su perro lo había encontrado dormido en un parque. Había salido solo de su casa y se había perdido. ¡Cuánta razón tiene siempre mamá cuando dice que los niños no podemos salir solos a la calle!

En ese momento, sentí una gran alegría. No era el mismo. Dejé a mamá con el periódico y corrí a la ventana de la sala. Allí estaba mirando hacia mi ventana. Así pasamos todo el verano. Mirándonos, haciéndonos señales con las manos. Conociéndonos cada día más.

Una mañana de agosto escuché el motor de un carro encendido. Parecía estar frente a la casa. Estaba terminando de vestirme. Lo hice lo más rápido que pude. Cuando salí al jardín, la ventana estaba cerrada y un niño se estaba montando en el carro encendido que sí estaba frente a la casa. No pude llegar a verlo bien.

Nunca más volví a ver al niño de la ventana abierta, pero gracias a él, creo que conocí por primera vez el amor.

Fin.

El niño de la ventana abierta es un cuento del escritor Antonio García del Toro © Todos los derechos reservados.

Sobre Antonio García del Toro

Antonio García del Toro - Escritor

Antonio García del Toro es natural de Mayagüez, Puerto Rico. Estudió en la Universidad de Puerto Rico donde obtuvo su Bachillerato en Artes con concentración en Drama y Estudios Hispánicos; en la Accademia Nazionale D’Arte Drammatica “Silvio D’Amico”, en Roma, asistió a cursos de dirección escénica; en la Universidad de Puerto Rico se graduó de Maestro en Artes, y posteriormente, de Doctor en Filosofía.

Sus trabajos sobre crítica literaria y de creación han sido publicados en varias revistas especializadas. Fundador y presidente de la compañía teatral Epidaurus. Por más de cuarenta años ha participado activamente en el teatro profesional puertorriqueño; como director, productor, actor, escenógrafo, diseñador de vestuario, utilero.

Destacan sobre todo su excelente ejecutoria como director y su fructífera obra como dramaturgo. García del Toro acaba de jubilarse de la Facultad de Estudios Humanísticos de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, donde por más treinta años enseñó cursos de redacción y composición, de literatura puertorriqueña, italiano y teatro.

Web de Antonio García del Toro: http://myfaculty.metro.inter.edu/agarciadeltoro/

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2 comentarios en «El niño de la ventana abierta ❤️ “Gracias a él, creo que conocí por primera vez el amor”»

  1. Me pareció un poco largo porque yo narro historias cortas, pero igual lo leí *todo*, me resultó rápido, muy bien escrito, sin palabras demás y con lenguaje fácil, accesible para quien escucha.

  2. Una historia de uno de los amores más tiernos que se puede conocer, en la voz interna de una niña a quien la curiosidad logra enamorar. Así nos pasa a muchos, aún siendo adultos, solo hay que abrir una ventana.

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