El alma de Soledad


Por Ian Welden. Cuentos de amor

El alma de Soledad es un impresionante cuento sobre un amor que comenzó en la escuela y que se mantuvo toda la vida. Es una historia de amor del escritor chileno-danés Ian Welden. Cuento corto especialmente recomendado para jóvenes y adultos.

El alma de Soledad

El alma de soledad - Cuento de amor

Un amor me sorprendió desprevenido en mi temprana infancia.

Tenía aproximadamente seis años de edad cuando en el colegio conocí a Soledad. Era alumna nueva. La profesora la sentó a mi lado y en ese instante milagroso algo inesperado y perturbador ocurrió en mi vida: desde que me sonrió y me preguntó mi nombre y me dió la mano, jamás volví a ser el mismo de antes.

Sin tener realmente a quién pedirle consejo acerca de este fenómeno tuve que dejarme guiar por mi intuición: me había enamorado.

Yo jamás había pensado que amar sería tan doloroso y confuso.

No podía concentrarme en clases, hacer mis tareas, jugar con mis amigos, comer o dormir. Lo único que me calmaba era estar cerca de ella. Y armándome de valentía y valor, se lo dije…

Para mi sorpresa y profunda alegría, Soledad me confesó que a ella le sucedía exactamente lo mismo. Y sin saber que hacer con nuestro amor decidimos solemnemente que nos casaríamos cuando fuéramos adultos y que hasta entonces jugaríamos siempre juntos.

Esto ocurrió en la década de los cincuenta en la ciudad de Birmingham, estado de Alabama, USA.

Y cuando mis padres decidieron irse a vivir a Santiago de Chile, nuestro universo se derrumbó estrepitosamente cual castillo de arena.

Más de medio siglo ha transcurrido ya desde nuestra despedida.

No ha habido un solo día sin pensar en ella. Soy ahora un viejo contento y la vida me ha regalado una suculenta porción de problemas y alegrías, hijas y amigos. Y amores para siempre.

Pero jamás como Soledad.

Hoy iba caminando por mi barrio, la Calle Larga de Valby, con mi bastón y mi perro, cuando una hermosa mujer de aproximadamente mi edad se me acercó y me dijo:

– «Ian, espera… ¿no te acuerdas de mi?».

Una profunda serenidad me invadió la existencia. Era ella. Yo sabía que tendría que ocurrir un día. Su aparición no me sorprendió porque yo la estaba esperando.

Nos sentamos en un banco de la plaza. Soledad parecía tener prisa.

Me dijo «…voy a cumplir ya sesenta años de edad, Ian. Soy feliz como tú. Vengo de Birmingham a verte por última vez porque me estoy muriendo. Estoy muy enferma. Jamás he dejado de amarte y si tu aún lo quieres, te propongo que cumplamos nuestra promesa de niños, ¡casémonos!»

Reímos y lloramos y volvimos a reir. Ella me pidió que le mostrara mi barrio, mi ciudad, mi vida, todo.

– «Te voy a mostrar mi vida, Soledad«.

La Calle Larga de Valby estaba bullendo de milagros. Tanya, la hechizera de Constantinopla estaba sacando planetas y soles de las nubes y Pedro Sotomayor, el malabarista chileno, jugaba football con ellos. Los hermosos y brutales hombres vikingos exhibían sus relucientes escudos y armas de hierro mientras que las mujeres recitaban versos de Pablo Neruda a los transeúntes. Fátima, Amira y Adeba y todas las otras niñitas somalíes sacaban música multicolor del aire y Per, el organillero finlandés, producía sombras de cristal cada vez que giraba su manivela.

Luego fuimos al famoso Café Ciré, donde Piérre, el célebre garzón francés nos saludó con amables «Sa va, monsieur Ián, madame. Tres bien, tres bien… bienvenue…».

Café Ciré - Copenhague

En el pequeño escenario cantaba el fantasma de Sitting Bull y en torno al bar las siluetas de Kirkegaard, Kafka y Kandinsky discutían solemnemente.

En fín, la eterna rutina del Café Ciré, que a mi ya no me sorprende pero que fascinó a Soledad.

Al día siguiente cumplimos nuestro juramento.

Fuimos a la Iglesia de Valby, donde un querido amigo mio, el pastor Hans C. Andersen, nos casó.

Pasamos nuestra luna de miel conversando. Me habló de su cercanía con la «muerte». «Porque yo ya tengo mi alma allá», me dijo misteriosamente. «En el universo».

Al amanecer del tercer día me susurró «Debo irme, Ian. Sé que seguirás siendo feliz. Te estaré esperando…»

Nos despedimos con un profundo beso y se fué caminando por la Calle Larga de Valby hasta desaparecer en el horizonte.

En ese instante el mundo pareció desparecer nuevamente bajo mis piés. Hasta que comprendí.

Sin perder un minuto más y con mi uniforme escolar y mis libros destartalados bajo el brazo corrí a alcanzarla. Le regalé una manzana y nos fuimos caminando tomados de la mano hacia el colegio.

Fin.

El alma de Soledad es un cuento enviado por el escritor chileno-danés Ian Welden.

Sobre Ian Welden (1948-2013)

Ian Welden - Escritor

«Nací en la otrora tranquila Ciudad de Santiago de Chile en 1948. Mi infancia feliz consistió en trepar los maravillosos bellotos y sauces de mi barrio para inspeccionar nidos y huevos de misteriosas aves; enamorarme de cuanta niñita encontraba a mi paso y escribir y dibujar cuentos y ‘comics’.»

«La adolescencia me sorprendió siendo un estudiante que jamás estudiaba pero que ganaba todos los concursos de cuento y poesía del Liceo número cinco de hombres, José Victorino Lasrtarria

Ian estudió publicidad, artes plásticas y comunicación de masas en la Universidad Técnica de Santiago y en 1974 organizó su mochila con lo estrictamente necesario y voló a buscar consuelo a la maravillosa Ciudad de Barcelona.

Un año mas tarde caminó hasta Escandinavia, Copenhague, donde desempacó y clavó para siempre su bandera chilena.

«En realidad toda mi vida me la he pasado escribiendo, haciendo gráfica y componiendo música, pero jamás he publicado.»

«En Dinamarca trabajé en los campamentos para refugiados de la Cruz Roja Danesa. Entre otras labores, escribí «tomos» de poemas y relatos acerca del destino de refugiados de casi todos los países del mundo. Coleccioné también sus escritos e historias e hice una exposición de mis artes gráficas acerca de la guerra civil en Yugoeslavia (‘Guerra Mundial Tercera Fase’).»

«Ahora ya viejo, descanso en los banquitos de las plazas de la Calle Larga de Valby (Valby es mi barrio en Copenhague); visito por las noches al Café Ciré y escribo estos ‘milagros’.»

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