La carta de amor perdida

"Cuento dedicado a mis hijos Benjamín y Francisco"

La carta de amor perdida

La carta de amor perdida

La carta de amor perdida. Cuentos de amor.

Isalina caminaba junto a su abuelo por la arena húmeda de la playa, donde solía disfrutar sus vacaciones de verano cada año. Mirando detenidamente las olas, notó algo de vidrio flotando. Mientras su acompañante seguía el paseo, ella se detuvo y observó con atención lo que parecía una botella con algo blanco dentro, dirigiéndose caprichosamente donde ella estaba.

Se arremangó los pantalones hasta las rodillas y partió en busca de aquella curiosidad, antes que el vaivén de las olas la alejara de su posición. Logró tomarla, se devolvió a la arena y la levantó hacia el sol, porque el vidrio era un poco oscuro.

Gracias a la luz, vio un papel en forma de rollo adentro que intentó sacar, pero el corcho estaba realmente atascado. Su abuelo se había devuelto unos metros, preguntó qué era esa botella y le ayudó a destaparla sin éxito. Sosteniéndola en la mano, la miró con admiración por el diseño y lo antiguo de la etiqueta. Tanto era así, que le trajo a su memoria el vino francés que tomaba su padre, cuando él era un adolescente.

Ambos continuaron el paseo por la playa y al regresar a casa, le mostraron el hallazgo a la abuela. “Si no es el mapa de un tesoro pirata, podría ser un mensaje de alguien que está náufrago en una isla, esperando un rescate. ¡Qué emocionante!”, dijo Isalina. “Mmmmhh… a juzgar por la edad de la botella, esto no llegó a tiempo a quien debía recibirla”, reflexionó la abuela que también estaba contemplando la sorpresa del día.

El abuelo fue a la cocina, tomó un sacacorchos (descorchador) y destapó la vieja botella. Isalina la puso boca abajo y la sacudió suavemente, metiendo algunos de sus finos dedos por el gollete para deslizar el papel hacia afuera. Con toda delicadeza lo sacó completo y lo extendió sobre la mesa del comedor.

Estaba muy marchito, sucio, quemado por efecto del sol con el vidrio, pero no impidió develar que era una carta antigua escrita en francés. “Estamos fritos, ¿quién de nosotros entiende este idioma?”, preguntó la abuela. “Internet es la clave; navegaré en un buscador, transcribiré el texto de la carta en un programa de traducción y veremos qué pretende la autora que se despide como… ¿Valenière?”, dijo Isalina. “Valenière”, confirmó el abuelo mirando con sus anteojos de Viejo Pascuero, el final de la carta.

La niña estuvo como dos horas a cargo de esta difícil tarea de detective lingüístico, debido a los extraños tildes, apóstrofos y la famosa letra ç que Isalina desconocía. Al fin, logró traducir la carta a su propia lengua, la imprimió y bajó al comedor con la copia para mostrársela a sus abuelos que estaban tomando sopa. Leyendo lentamente, todos ahí comprendieron que quien escribía era una mujer francesa que declaraba su amor incondicional y eterno a un joven soldado norteamericano en tiempos de la Segunda Guerra Mundial en la Francia recién liberada.

Había breves alusiones acerca de un cuidado en un hospital de campaña, de heridas por sanar, de compañía en tiempos difíciles, de sincera amistad y momentos románticos, de promesa de volverse a ver en cuanto la Guerra en el Frente Asiático llegara a su fin.

La historia conmovió a la pequeña familia y era obvio que ahora Isalina quería más: la segunda etapa de la investigación. “¿Estarán vivos todavía?”, se preguntó la niña. “Los hechos demuestran lo contrario.

Por lo viejo del papel, por el tiempo que ha pasado, es poco probable que estén con vida”, contestó el abuelo. Conociéndola, los viejos ya sospechaban cómo venía la cosa. “Sé que tienes curiosidad por saber más de esta linda historia, pero no te vayas a desilusionar si ambos enamorados han fallecido”, complementó la abuela. “No queremos verte triste después”. Isalina pasó todo el día siguiente en internet averiguando como una verdadera periodista. Fue descubriendo de a poco y con desgarradora certeza que la mujer había muerto hacía diez años atrás en su pueblo natal.

También supo que el hombre era un ex combatiente que vivía en un Hogar de Veteranos en la costa Atlántica de Estados Unidos, es decir, ¡estaba vivo! La alegría la embargó, se emocionó y se fue gritando entusiasmada hacia el dormitorio de sus abuelos para darles la excelente noticia. “¡Qué buen trabajo hiciste, querida nieta”, exclamó el abuelo abrazándola. “¿Qué harás ahora, Isalina?”, preguntó la abuela, preocupada por el desarrollo de estos acontecimientos tan poco usuales.

A estas alturas de la conversación, la nieta tenía sus ojos húmedos de emoción. “¿Acaso no es evidente? ¿Dejarían ustedes a este hombre sin saber que su amante francesa le declara su amor? ¡Hay que partir a Norteamérica ya mismo!”, contestó ella.

A sus abuelos no les parecía racional que lo decía. “Pero Isalina, piensa bien. Puede que ese señor se haya casado y tenga todavía a su esposa con hijos, nietos y toda una familia feliz, la cual tú irás a interrumpir su vida”, respondieron sus abuelos.

Ella sentía un poderoso deseo de ir allá y mostrar la carta al anciano. Tenía pena que él muriera y nunca supiera la verdad. Al contar la historia a sus padres, consiguió el permiso y el dinero, siempre cuando los abuelos la acompañaran en este loco viaje. “Queridos abuelos, sé que soy impulsiva, pero las mujeres tenemos un sexto sentido. Esta botella llegó a mí por algo y además, se lo debemos a esta romántica Valenière, para que realmente descanse en paz”, replicó ella con entusiasmo desbordante. Isalina navegó en internet para averiguar la dirección exacta del hombre amado, para comprar los tres pasajes de avión y reservar un hotel para la estadía.

Hicieron las maletas y partieron al aeropuerto al día siguiente. Es que no había tiempo que perder. Viajaron durante unas doce horas hasta llegar a un Estado de la costa Atlántica. Descansaron un par de horas y se dirigieron al Hogar de Veteranos de Guerra de la capital estatal. “Nietecita, ¿qué sucede si ellos no nos quieren recibir?”, preguntó el abuelo, como último recurso para evitar el encuentro. “No hay problema, ya que les escribí previamente por correo electrónico y esperan nuestra visita”, respondió la preparada nieta. Ella sólo respondía con un beso para cada uno y el ritmo seguía siendo la de ella: veloz. “Más despacio Isalina, que ya no estamos para estas aventuras”, alegaban los abuelos.

Ellos le tenían una paciencia enorme por amor a su única nieta consentida, así que todos los caprichos se satisfacían con resignación y sonrisa. Pero este capricho, no era para hacer sonreír a nadie, porque era bastante delicado.

Cuando los tres llegaron al Hogar, el administrador los recibió amablemente y le advirtió que el anciano era un hombre solterón que nunca hablaba de su vida privada y que era insoportablemente cascarrabias. A Isalina, eso no le importó, ya que traía un mensaje para él que debía leerse.

En un principio, él no quiso recibirlos y su enfermera tuvo que disculparse, pero la niña tenía una impetuosidad tan impresionante que se las ingenió para escabullirse sin permiso entre pasillos, salas y jardines. Preguntando a otros veteranos, ella llegó donde estaba sentado el viejo soldado enojón. “¡Hola, Paulohn!, ¿cómo estás?”, saludó la entrometida niña. El viejo la miró con el ceño fruncido.

Al anciano no le quedó otra que responder al saludo, totalmente descolocado. Muy pocas veces le habían llamado por su nombre propio; siempre era Sr. Cannon. “Eres bien buenmozo”, continuaba Isalina con una personalidad desbordante, pero simpática.

Poco después entraron el administrador, la enfermera, sus abuelos y un guardia, quienes se deshicieron en disculpas. El viejo dijo que no era necesaria tanta alharaca, pues era un agrado tener a Isalina con él. “¿Qué te trae por aquí, dulce impertinente?”, preguntó el ex soldado. “Te traigo una carta de tu amada Valenière, Paulohn. La encontré en una botella de una playa de mi país y te la traje para hacerte feliz”, dijo la niña con una inocencia sorprendente.

En ese momento, todos tragaron saliva y cruzaron los dedos, por miedo a que el viejo estallara de ira o decidiera demandar al Hogar. El ex soldado abrió completamente los ojos, a pesar de sus arrugas y dejó de fruncir el ceño.

Ella estiró su bracito con la botella y la frágil carta en francés, dejándolas de modo delicado sobre las manos del anciano. Isalina sacó la copia impresa de su mochila y le preguntó si quería leer él o lo hacía ella. “Espérame un segundo”, contestó el veterano. Él llevó su mano evidentemente temblorosa al bolsillo de su camisa, sacando una foto antigua de una joven y guapa mujer que debía ser Valenière.

La tomó con la mano izquierda y con la mano derecha tomó la carta viajera… como si se estuviera preparando para un momento especial. La cara que ahora mostraba el hombre era de una felicidad que tenía impresionados a todos los que lo conocían. Básicamente parecía ahora una persona agradable.

Daba la impresión de ser un niño chico que le traen un juguete nuevo. Un resplandor parecía iluminar su cara. “Procede a leer, niña”, continuó el anciano. A medida que Isalina leía, la vista del viejo intentaba seguir las líneas correspondientes. Ella, inteligentemente, hacía una pausa importante en cada párrafo para que Paulohn no se perdiera en la lectura. Sus ojos estaban tan emocionados que le salieron un par de lágrimas.

A continuación pidió un pañuelo para sonarse. Isalina se detuvo. Había un silencio muy respetuoso. Él la miró profundamente a los ojos y ella comprendió que debía seguir la lectura. Cuando terminó el texto, el viejo rompió a llorar de emoción, no de pena, sino de alegría indescriptible.

Los testigos del hecho se habían emocionado también. Paulohn estiró su brazo para tomar la mano de Isalina, besó la foto de Valenière y con el rostro más feliz que haya visto la historia del amor, el ex soldado cerró los ojos y falleció en paz. Quienes estaban ahí tenían la intuición de su muerte, pero nadie se atrevía a acercarse a él para verificar.

Todos estaban en estado de shock cuando Isalina soltó un llanto de profunda pena y abrazó a sus abuelos. “Lo maté, abuela”, exclamó la niña. “¿Qué hice? ¡Le quité la vida!”. El administrador le contestó sabiamente: “no, niña, al revés. Le diste vida”.

Cuando se hubo calmado la tensa y extraña situación, todos secaron sus lágrimas, y él continuó con su tranquilizador discurso: “Le diste vida, porque él pasaba sus días como un hombre muerto. Estando vivo, el Sr. Cannon permanecía en la oscuridad, prisionero de su propio drama, del que tú le ayudaste a escapar”, continuó el administrador. “Entonces, ahora él está con su amada, gracias a Isalina”, dijo su abuela. Isalina entendía todo lo que le decían… ¡pero se había muerto un hombre frente a ella!

Era sólo una niña y estaba viviendo un momento fuerte que no estaba en sus inocentes planes, a pesar que sus abuelos le habían advertido de consecuencias inesperadas. El personal tenía sentimientos encontrados; se habían deshecho de un viejo malhumorado que le hacía la vida imposible a quienes le rodeaban y ahora resulta que era un tipo muy sensible, cuyo amor nunca lo pudo concretar en vida; de ahí su frustración convertida en malhumor.

Eso provocó en la gente alrededor una sensación de comprensión… hasta de aceptación. Isalina le dio un beso cariñoso en su frente todavía tibia, le hizo cariño en las pocas canas que le quedaban en la cabeza y pidió algo por él, mientras volvía a meter la carta en francés dentro de la botella: que enterraran a Paulohn en su ataúd con su carta en la mano derecha sobre su corazón. “Así lo haremos, querida niña”, continuó el administrador. “Si desean, pueden quedarse para el funeral y el entierro”, dijo un funcionario. “Considero que esos momentos son más apropiados para la familia de él y sus amigos. Nosotros preferimos regresar”, dijo la abuela.

La niña volvió a su país triste y feliz, al mismo tiempo, con sus abuelos con-solándola todo el tiempo. Con el correr de los días en la playa del hallazgo fortuito, ella miraba hacia el Cielo y creía ver a Paulohn con Valenière tomados de la mano, dándose besos y mirando hacia abajo, agradeciéndole por haber permitido que el amor triunfara, renaciendo entre ambos.

Fin

¿QUÉ ENSEÑANZA NOS DEJA LA HISTORIA?

Las personas apasionadas deben estar conscientes que su impulsividad traerá consecuencias, generalmente fuertes, para todos alrededor. Además, y definitivamente, el amor trasciende todo lo imaginable en términos de barreras, brechas, fronteras o tiempo.

Todos los derechos reservados. La carta de amor perdida.

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La carta de amor perdida es uno de los cuentos con moraleja del escritor Juan Pablo Fuenzalida Betteley sugerido para niños a partir de diez años.

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