De un color diferente

joven negra

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De un color diferente es uno de los cuentos de amor de la escritora Elízabeth Lencina sugerido para adolescentes.

En su país hubiera ganado el primer premio en un concurso de belleza. Elevada estatura, cuerpo escultural, cabello largo, abundante, labios carnosos, bien formados, nariz recta, ojos enormes. Dulce, amable, inteligente, amada por todos.

En sus quince años, jamás hubiera imaginado que su padre sería capaz de semejante locura: aceptar un trabajo en la Argentina, arrancando a toda su familia de sus raíces, en Sudáfrica. ¿No podía haber esperado hasta que ella terminara la escuela secundaria? ¿Y su madre por qué lo apoyaba en ese delirio? ¿No estaba cómoda trabajando en lo suyo, en la ciudad que la había visto nacer?

Era consciente de lo que le esperaba. Sentía que viviría en el infierno los tres años siguientes, como mínimo. En un futuro, su inserción laboral, entre blancos, no sería sencilla. Pero su vida como estudiante sería una tortura. Comenzó su duelo el mismo día en que su padre dio la noticia.

Era la cena de año nuevo. Mientras el mundo entero celebraba, Wendy no podía parar de llorar, sola en su habitación. Había apagado su celular y no pensaba encender su computadora hasta que no estuviera en condiciones de compartir con alguien el intenso dolor en su pecho, en su mente, en todo su ser.

Durante tres meses se comportó como una extraña en su propia casa. No podía mirar a los ojos a sus padres, porque sentía que les daría una bofetada y luego de eso, la relación con ellos se cortaría para siempre. Se despidió de cada uno de sus familiares y amigos como quien está sentenciado a muerte por una enfermedad incurable.

Todos intentaron animarla, haciéndole ver que su situación económica haría posible que viajara al menos dos veces por año. Y, sin dudas, la comunicación podría ser diaria. No escuchó a nadie. Siguió alimentándose de la angustia que le quitaba el sueño. Su madre intentó convencerla para que fuera a unas sesiones de terapia. Pero fue inútil. Cada día se alejaba más de ella.

Wendy tenía un solo propósito: continuar siendo una excelente alumna, para una vez terminado el secundario, regresar a su país. Dominaba el español a la perfección. No obstante, se entrenó conversando con amigos virtuales de habla hispana. También leyó sobre geografía e historia argentina. Y, por supuesto, buscó información sobre la situación actual del país y visitó diariamente las páginas de los periódicos de Buenos Aires.

Cada noche escribía en su diario. Era una forma sencilla de desahogarse, sin involucrar a nadie. El primer trimestre del año transcurrió rapidísimo. Las valijas estaban listas. Los muebles quedarían allí, en su sitio. La vivienda quedaría a cargo de la hermana mayor de Wendy, de veinticinco años de edad, que hasta entonces había ocupado un pequeño departamento, cerca de su casa natal.

Confiaba plenamente en ella. Sabía que cuidaría cada objeto y que encontraría todo en perfectas condiciones, a su regreso. Un delincuente condenado a la horca, no se habrá sentido peor que Wendy, cuando se despidió, aquella primera mañana de marzo. Se sentó en el avión, con un libro en la mano. No habló una sola palabra en todo el viaje y apenas probó bocado. Un automóvil de la empresa los estaba esperando en Ezeiza.

Cuando llegaron a Buenos Aires, Wendy comenzó a observar cada calle, cada edificio, sin dar opinión alguna, mientras sus padres se maravillaban con la ciudad. Se instalaron en una confortable vivienda de dos plantas, en un barrio alejado del centro porteño. La habitación de la joven era grande, aireada, luminosa.

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Se encontraba en el piso superior y daba a la calle. Sus paredes estaban pintadas de lila y violeta y las cortinas y la ropa de cama combinaban con ellas. El tamaño del placard le permitía tener todas sus prendas ordenadas y a mano. Sobre el escritorio, una computadora de última generación, que sería estrenada por ella.

Faltaban pocas horas para el inicio de clases. Sus nervios iban aumentando minuto a minuto. Fue una noche difícil, donde las pesadillas atormentaron a Wendy y no la dejaron descansar. Ella no estaba acostumbrada a sentirse discriminada. En su lugar de origen, lo común era pertenecer a la raza negra y estaba orgullosa de ello.

Se levantó a las cinco. Se dio un baño de inmersión, para intentar aflojar su cuerpo. Luego se arregló, como lo hacía siempre. Estaba impecable. Después se fue a la cocina y se encontró con un abundante desayuno que había preparado su madre. Ella tampoco había podido dormir. Tomó su bolso, en el que solo llevaba elementos básicos y caminó diez cuadras hasta el colegio. No quiso que sus padres la llevaran en automóvil.

En el trayecto se cruzó con pocas personas. Tal vez estarían algo dormidas y por eso pudo pasar desapercibida. Una vez en la escuela, fue diferente. Los diez minutos hasta que sonó el timbre de entrada, fueron eternos. Las miradas de cientos de adolescentes se depositaron en ella. Algunos saludos, de parte de profesores y auxiliares; palabras de bienvenida, de preceptores que estaban al tanto de su historia.

Cuando llegaron al aula se quedó inmóvil, intentando decidir dónde sentarse. Una chica rubia, de ojos claros, que parecía una niña pequeña, la invitó a ocupar el último banco, junto a ella. Wendy aceptó, agradeciendo y dibujando una sonrisa por primera vez en mucho tiempo. Entró el preceptor y luego de un breve relato, todo el curso le dio la bienvenida con un cálido aplauso.

Los primeros días como estudiante no fueron sencillos. Cuchicheos y miradas que le hacían recordar que no solo era diferente al resto, sino que era la nueva. Su compañera de banco, Juana, había llegado a la conclusión que algunas chicas la hacían a un lado por envidia, porque Wendy era la mejor. Y no por el color de su piel. No solo era la más hermosa, sino que se había convertido en la mejor alumna y excelente compañera.

Semanas más tarde, alguien se incorporó. Alto, delgado, cabello castaño oscuro, ojos verdes. Wendy lo encontró parecido a un actor de cine, del que no recordaba el nombre. Emmanuel era un chico del interior de la provincia de Buenos Aires, que por razones familiares había tenido que mudarse a la gran ciudad. Fue instantáneo.

Sus miradas se cruzaron en el mismo instante de su ingreso al aula. Sin consultar, él se sentó en el penúltimo banco, delante de Wendy. Tal vez fue porque sus historias tenían similitudes o porque los dos eran nuevos en el curso, quizás fue obra del destino. A Wendy nunca le importó demasiado el motivo. Sus planes habían cambiado. Ya no quería huir de su nueva vida. Había conocido el amor. Era feliz.

Fin

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