Yo también escuché la campanilla. Cuentos de miedo

Yo también escuché la campanilla es un cuento de la colección cuentos de miedo de Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

Hernando era tan impetuoso, tan irreflexivo… Actuaba sin pensar bien lo que hacía y sin medir las consecuencias de sus actos. Y le costó demasiado caro.

Encorajinado una tarde dio muerte a su propio hermano. Claro, su hermano era el mayor de la familia y por lo tanto el heredero y en cambio a él, pobre segundón, no le correspondía más que el nombre y eso con la aclaración de que no era el primogénito.

No se necesitó más que un día, hechos de palabras, José Alonso se burlara un poco de él y de su pobre condición para que Hernando lo matara.

“¡Qué mal montas, vive Dios!”, fue la provocación de José Alonso. “Y tú, ¿qué te crees? ¿Qué sólo por ser el mayorazgo todo lo haces bien?” “No, pues yo sólo decía que te ves como… Pareces un capataz en lugar del hijo del dueño de la hacienda, vaya”. “O el hermano, sólo eso te falta decir, ¿no? Soy sólo el hermano del dueño de la hacienda, y nada más, ¿no?” “Bueno, pues sí. Menos mal que lo reconoces, el heredero soy yo, tú eres el segundo”. “¡Hijo de…!” “Y que te quede bien claro, de eso no tengo yo la culpa, pero soy el mayor, el heredero de nuestro padre, ¿entiendes?” No dijo más.

Hernando se lanzó contra él con su cuchillo de monte y lo hundió en el estómago de su hermano.

Así fue como comenzó la historia. Hernando huyó, espantado de lo que había hecho y de las represalias que tomarían los amigos de su hermano, e incluso su propio padre. Anduvo por muy distintos lugares, escondiéndose y ganándose la vida como simple peón en haciendas.

Pero, amante de las camorras como era, no duraba en ninguna parte. Buscaba pleito y respondía a la menor provocación, y eso era motivo para que tuviera que marcharse. En fin, genio y figura… Jugando a los dados en cierta ocasión con algunos otros peones, enojado por haber perdido una apuesta en la que, según él, le habían hecho trampa, comenzó una trifulca en la que le tocó la peor parte.

De por sí los compañeros no estaban muy bien dispuestos hacia él, como era el nuevo, y además no se hacía simpático…

“¡Eh, eh! Así no se tiran los dados, amigo. Con qué razón me vas ganando”. “¿Tramposo me llamas?”, increpó su contrincante. “¿Pues de qué otra forma, digo yo, se le puede llamar a quien maneja los dados para que caigan siempre de ese lado?” “Lo que pasa es que vas perdiendo y eso no te va, ¿verdad?” “Estaría bueno perder limpiamente, pero no le llamo perder si se trata de jugar con un…” “¡Tente de la lengua, por Dios!”

Comenzó la pelea en la que Hernando llevaba las de perder: era él solo contra varios que no lo querían bien. Herido en el tórax con un machete ahí lo dejaron, desangrándose. Alguien alcanzó a llevarlo primero a la hacienda donde trabajaba y luego el patrón, temeroso por saber que era hijo de familia noble, decidió trasladarlo a algún hospital y salvar así lo que le hubiera de responsabilidad.

Al Hospital de San Pedro lo llevaron más muerto que vivo. Días y días pasó en que no supo de sí.

El capellán, celosísimo de sus deberes espirituales para con los pobres enfermos y moribundos del hospital, estaba bien al pendiente del momento en que el herido que estaba en el fondo de la sala volviera en sí para que se confesara; no se fuera a morir sin confesión.

Finalmente, cuando un día abrió los ojos, el enfermero llamó deprisa al buen sacerdote que se apresuró a acudir junto a Hernando. “¿Confesarme? ¿Yo? ¿Como si me fuera a morir…?” El enfermero y el capellán se miraron, compadeciéndose del joven que no tenía, por lo visto, noción de su gravedad.

Apenas podía hablar, pero bien tuvo fuerzas para despedir al hombre de iglesia con una mala palabra. Y murió sin confesión, esa misma tarde. Cuando estaba el cadáver en la cama, cubierto con una sábana, llegó el capellán y lo roció con agua bendita, por lo menos…

* * * * *

Unas semanas después empezó a ocurrir algo muy extraño. El enfermero escuchó una campanilla al fondo de la sala, de las que comúnmente usaban los enfermos para llamar cuando tenían alguna necesidad.

Acudió diligente como siempre, y al buscar quién lo había llamado no encontró a nadie: todos estaban tranquilos, incluso durmiendo, y nadie lo había llamado. Esa noche el catre del fondo estaba vacío.

Esto se repitió desde entonces varias veces, cada vez con mayor frecuencia, sucediendo además que al acercarse al catre donde Hernando había muerto parecía haber alguien acostado, envuelto en la sábana, aunque estuviera vacío. Se le podía ver en la penumbra, a la luz de las lámparas de aceite con que se iluminaba la sala por la noche. O durante el día, a la escasa luz que penetraba por los tragaluces del techo.

Pero siempre, al acercarse el enfermero, nadie sabía quién había tocado la campanilla y además la cama estaba vacía. Al siguiente enfermo que ocupó aquel catre hubo que quitarlo de ahí rápidamente: por las noches alguien lo empujaba o le movían la cama, la enderezaban súbitamente como si quisieran tirarlo.

Una noche la cama estaba casi vertical mientras el hombre que la ocupaba gritaba de terror. Se llevaron la cama y el lugar quedó vacío, pero no por eso dejaron de escucharse los llamados de la campanilla y ocasionalmente hasta ronquidos o quejas. Eso duró mientras la sala estuvo llena de enfermos.

* * * * *

Se llevaron el hospital a otra parte y quedó vacío el hospital, con eso el asunto pareció olvidado.

Pero la bodega llena de libros y papeles que estuvo en ese lugar durante algunos años siguió siendo escenario del misterioso tañer de la campanilla, acompañado a veces de lúgubres quejidos. Y luego, convertida la enfermería en sala de un museo, todavía se escucha a veces el sonido de una campanita que nadie sabe de dónde viene.

Es Hernando, que llama al capellán para que venga a confesarlo; a su ánima en pena, que no puede descansar, parece que se le va haciendo largo el tiempo…

Fin

Relato sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

Yo también escuché la campanilla es un cuento de la colección cuentos de miedo de Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

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